
“¡¡… y el rebote de Sabonis!!” Pedro Barthe estallaba junto en la narración televisiva, al tiempo que todo el Palacio de los Deportes madrileño al completo. David Robinson cometió el error de cerrar el rebote, pero no a su hombre. Y Arvydas Sabonis apareció desde la nada, imperial para elevarse por encima del estadounidense y palmear violentamente el balón en un mate que causó estruendo. Curioso cómo los aficionados se decantaron por los soviéticos, aun sin restar cariño a los chavales estadounidenses, pero sus gritos de ánimo de “¡Rusia, Rusia!” -no muy acertados y escasa gracia hacia los lituanos de aquel combinado de la URSS- inundaban el recinto. Una remontada que fue morir en la orilla, pues ganó Estados Unidos en los últimos suspiros con una entrada de Kenny Smith (91-90).
Fue el lazo a una gran final de un gran Mundial en 1986. Y alguien repararía en pensar que el combo “baloncesto” y “Palacio de los Deportes” sonaba como el cocktail perfecto. Con sinceridad, el Palacio de los Deportes de Goya era un recinto infrautilizado. Algún espectáculo navideño circense sobre pistas de hielo, algún meeting de atletismo para críos, como programación televisiva y sobre todo, usado como velódromo (que fue el motivo de su inauguración en 1960). Fíjense que hasta se subestimaba para conciertos (hoy, uno de los puntos neurálgicos de la música en nuestro país), pues si no eran los macros del Vicente Calderón, solían llevarse a discotecas, pequeñas salas y, si acaso, a la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Y eso que sus 12.265 asientos, lo hacían realmente atrayente. Tantas gradas… ¿para qué uso?

El recinto cubierto más grande de la capital que llegados al caso, se le pudo sacar cierto partido, cuando el Atlético de Madrid de balonmano debía remontar 7 goles en la vuelta la final de la Copa de Europa ante la Metanoplastika Sabac. No se consiguió el objetivo, pero se abarrotó y la finalidad, una enorme presión ambiental, sí que dio por pensar del potencial del recinto deportivo. Si se celebraba un Mundial de baloncesto en España (hoy día cuesta imaginarse la efervescencia baloncestística de aquellos años) y la fase final era en Madrid, el único sitio posible era el Palacio de los Deportes.
Durante un año se estuvo adecuando. Vivió su prueba previa en los campeonatos de Europa de atletismo indoor meses antes y a mediados de julio, las semifinales y finales del Mundobasket serían su colofón. Mejoras en las instalaciones, situar un pasillo en el techo, que terminaba en una cabina donde se ubicaran fotógrafos y hasta cámaras de televisión para obtener excelentes planos cenitales y un parquet de madera de haya, en la búsqueda de la excelencia en la práctica deportiva del edificio. Durante cuatro días disfrutamos de una de las remontadas más alucinantes de la historia del baloncesto FIBA (9 puntos en 45 segundos en la semifinal entre la URSS y Yugoslavia), se nos heló la sangre con el trágico dolor de un veinteañero Steve Kerr, al destrozarse la rodilla y donde una final entre soviéticos y estadounidenses, nos enseñaron “la patita” quienes serían futuras estrellas como Volkov, Tikhonenko, ni que decir de Sabonis, David Robinson, Sean Elliott o Muggsy Bogues.
Acabado ese festín, alguien en la alcaldía de Madrid, con todo el criterio, pensaría que el Palacio estaba hecho para el baloncesto. Y se “invitó” a los dos clubes más representativos de la ciudad, Real Madrid y Estudiantes, a que se plantearan lo de ser su nueva residencia. Ver el fervor en las gradas durante el Mundobasket y empezar la liga en el pequeño pabellón de la Ciudad Deportiva (con poco más de cuatro mil espectadores) o el Magariños (menos de tres mil en su aforo), daba bajón. Finalmente, se tomó la decisión que los blancos jugasen la Copa de Europa allí como locales, así como los estudiantiles igualarían la operación, disputando la Copa Korac.

El inicial experimento fue todo un éxito. Ya se intuía. Aquella Copa de Europa para el Real Madrid fue especial, aunque el equipo estuviese muy desguarnecido con la marcha de los hermanos Martín a Estados Unidos y los resultados no acompañasen. Sin embargo, los doce mil y pico asientos se llenaban, eran garantía de fiel afición que estaba deseosa en disfrutar de su equipo en un marco señorial y, por lo tanto, Estudiantes y Real Madrid decidieron verse las caras, ya en liga, un 1 de marzo de 1987 en el Palacio (91-94 para los blancos, con 39 puntos de John Pinone, multiplicándose ante la baja de David Russell).
Son las fotografías que hemos elegido para vestir este artículo. Fíjense no solamente en la entrada de Larry Spriggs o el rebote de Pinone ante Romay, sino en los graderíos del fondo. Hasta la bandera. El baloncesto era un reclamo social importante y ante ciertos espectáculos, los graderíos de los pabellones habituales se quedaban muy pequeños. El baloncesto de Madrid tenía, definitivamente, su nueva casa.

Todo fue evolucionando. Curiosamente, ambos equipos se enfrentarían en cuartos de final de liga en aquella 86/87 y todos asumían dónde estaba el foco de tamaña batalla. Estudiantes tardó algunos meses más en abandonar el Magariños, pero lo hizo. La primera final de Norris vs Fernando Martín vivió capítulos -y codazos- allí, como “la liga de Petrovic”. Pasó el tiempo y exceptuando en grandes ocasiones, la burbuja baloncestista que se fue desinflando poco a poco, hasta el punto que hoy día es impensable asumir que al Real Madrid de Arvydas Sabonis, apenas fuesen tres mil espectadores y una enorme frialdad reinante. El Palacio, ya ven la paradoja, ahora se hacía inmenso y los blancos pensaron volver a su Ciudad Deportiva tras remodelarla, en 1999. Estudiantes se mantuvo en el Palacio, hasta que tras finalizar la liga 00/01, a finales de junio, unos arreglos en el techo provocaron un incendio que arrasó con todo el edificio de Goya y más de una lagrimita derramada entre los aficionados, viendo aquellos restos.
Desde entonces, trashumancia a la Plaza de toros de Vistalegre del barrio de Carabanchel o el Madrid Arena en la Casa de Campo, e incluso La Caja Mágica, para volver en 2011 a un Palacio de los Deportes remozado y lustroso, punto de referencia hoy del baloncesto nacional. Siempre promete notables entradas, rodeado de bares y restaurantes y permanente vida en su entorno, para el disfrute de los aficionados que generan horas antes, una atmósfera muy especial. Es como un punto de encuentro. Entremezclado con decenas y decenas de conciertos cada año (apenas hay noches libres en él), lo que sí tenemos claro que, en Madrid, el hoy bautizado como Movistar Arena, es la casa del baloncesto en la capital de España.
















