
“¡Mírale! Está como una jaula de grillos”. Pueden reírse, sí, porque esto se dijo en antena, en unos picos de audiencia impensables hoy día. Hasta a los propios aficionados del Real Madrid les hacía gracia, si no fuese por lo dramático de la situación. Era el mismísimo José María García quien, de esta manera, desesperaba mientras veía las casi circenses maniobras de Larry Spriggs en los últimos minutos del partido en Tel Aviv. Malas decisiones y tiros kamikazes en arrebatos por sentenciar él el partido… que se les iba de las manos a los blancos, uno más en la larga lista de decepciones en aquel curso 86/87.
Antena 3 Radio cubría en directo aquel Maccabi-Real Madrid como lo hacía con todos los partidos de nuestro representante en Copa de Europa. Andrés Montes ya era un componente más de la expedición blanca poniendo su voz en aquellas conexiones, como Siro López lo fue un año más tarde cuando el turno fue del F.C. Barcelona. García, junto a Manel Comas o Mario Pesquera entre sus colaboradores habituales, desde su sede radiofónica en la calle Oquendo, 23, dirigía un notabilísimo despliegue. Sí, el de la jaula de grillos es el protagonista de nuestra historia, uno de los tipos por los que más historias locas se oyeron en el año que permaneció en el Real Madrid. Larry Spriggs era un personaje simpatiquísimo y muy especial. Con todos los encantos que puede dar la extroversión en una persona, pero despistado hasta el extremo.
Ala-pívot de 1,98 de estatura que se le fichó como si fuera un alero, ese fue uno de los errores de la Casa Blanca, aunque tuviese un enorme talento. Su habilidad en poste bajo no dejaba indiferente. Gama de pivotes y juego de pies infinito, asumiendo que era pequeño para jugar ahí, usaba su cuerpo y protegía sus tiros mejor incluso de lo que pudo hacerlo Alfonso Reyes años después. Su destreza para soltar tiros desde su zurda, tiros muy rápidos en ejecución con golpe de muñeca magistral, era embaucadora. A campo abierto, era explosivo y terriblemente espectacular, lo que hacía las delicias de su entrenador, Lolo Sáinz y de los aficionados en la Ciudad Deportiva del Real Madrid. A eso, añadan una gran capacidad de pase, tormento rival cerca de la canasta, donde no se cuentan las veces que habrá dado un balonazo en la cara de algunos de sus compañeros porque el “no look pass” es lo que tiene, que no avisa. Hay que reconocer que esa finura a su talento innato, la trabajaría junto a su ex compañero en los Lakers, Magic Johnson. Porque ese era el aval del jugador: que venía de los Lakers. Que un año antes había sido campeón de la NBA, firmando para los libros de historia la primera victoria de los angelinos en el Boston Garden durante la celebración de un partido decisivo en una final. Entre pases de Magic, carreras de Worthy y ganchos de Abdul Jabbar, tras la sentencia en el sexto partido, la celebración en el vestuario fue memorable.
El anillo por aquel título deslumbraba por las calles de Madrid, tanto como su sonrisa. Y es que llegaba a Castellana como una especie de salvador, muy a finales de agosto a pocos días del inicio liguero, a unirse a una plantilla muy diezmada.

Sí, ya se sabía que Fernando Martín se iría a la NBA. Con lo que no contaban es que su hermano, Antonio, viajaría a tierras californianas para jugar en la universidad de Pepperdine (o eso intentó). Y la contratación de americanos según iban pasando fechas, se tornaba tan decisiva como tortuosa. Lo que inicialmente era la pareja de la Benetton Treviso, Audie Norris y Dale Solomon, que no cuajó tras la revisión médica de las rodillas del primero -de esas grandes historias que da el baloncesto-, se pasó a lo que parecía ser la pareja Brad Branson (con el que sí se llegó a un acuerdo) y John Ebeling (con el que no). Hasta se interesaron por Devin Durrant, que acabó fichando por el Guadalajara de 1ª B (aún no era filial blanco, descuiden). Y de la mano del agente Miguel Ángel Paniagua, llegó Larry Spriggs.
Tras aterrizar en Barajas, toca tomar otro avión que en aquella misma tarde debutaba en Cádiz, concretamente en Puerto Real, donde se disputaría el “III Memorial Héctor Quiroga”. Imaginen con qué jet lag y cansancio llegaría a una tierra totalmente extraña para él, donde un chaval que decían que era la estrella del baloncesto europeo, escupió en la cara al árbitro principal y el posterior “¡que mires, coño!” de ese tipo tan tajante silbato en mano, Juanjo Neyro, alertando al agente de la Cibona Zagreb en España, cuando preguntó el por qué de la expulsión de Drazen Petrovic.

Y tras el preámbulo, vamos con las tres aventuras de nuestra historia. Larry Spriggs dio muestras en las tres primeras jornadas de Copa de Europa, de la peculiaridad del tipo. Por eso las vamos a dividir:
1.- Viaje a Kaunas un 4 de diciembre de 1986 para debutar en la competición ante el emergente Zalgiris. El viaje entonces era tortuoso, pues al Madrid-Moscú había que añadirle otro vuelo a Vilna, capital lituana, donde allí se hacía noche. Son conocidas las mofas de sus compañeros -en especial de Chechu Biriukov, que les guio por su país de origen- por meter miedo a nuestro protagonista. Que si es estadounidense, que si de raza negra… Piensen que nos encontramos en la antigua Unión Soviética y aunque la perestroika ya iba causando efectos, todavía estábamos inmersos en los últimos coletazos de la “guerra fría”. Los controles en el aeropuerto de Moscú, lógicamente, eran con mucho celo a extranjeros y a Spriggs no le tranquilizaban. Tampoco la llegada a Vilna, a un hotel de lo más modesto donde, tal llegó a ser el pavor del alero estadounidense, que atrancó la puerta de su habitación de hotel con una silla. Suponemos que poco durmió aquella noche.
2.- Partido en casa, el primero en el Palacio de los Deportes (vean uno de los anteriores “Cuentos de verano” donde comentamos que fue el primer choque oficial en ese recinto de la historia del Real Madrid) ante los franceses del Orthez. Cada uno de los componentes de la plantilla se desplazaban desde su residencia hasta el Palacio. Pues el bueno de Spriggs se monta en un taxi, al que empieza a decir que si un recinto deportivo, que si baloncesto… ni el inglés del taxista era el apropiado y ni hablar del español del yanqui. Añadan que era la primera vez que jugaba el Real Madrid allí. No, pero no es que le llevase al menos al pabellón de la Ciudad Deportiva sino que el taxista, con lo que entendió, le llevó nada más y nada menos que… al Vicente Calderón. “¡Que no, que esto no es!” y a seguir dando vueltas, hasta que alguien les tuvo que socorrer y dirigirles hacia la calle Goya. Llegó ya en los primeros calentamientos del equipo. No hubo multa, pero tampoco buenas caras. Con esas, ¡a jugar!
3.- Siguiente encuentro en Milán. Quedada en el aeropuerto y ¡oh sorpresa!, Larry Spriggs que llega a su hora. Todo bien, control de seguridad pasado (este no era el de Moscú) y a la hora del embarque… que se le había olvidado el pasaporte en casa. La decisión fue que el delegado del equipo se quedase con él y que ambos embarcasen en un billete emitido con toda urgencia para la mañana siguiente, día de partido. Tremendo todo.
Larry Spriggs era bueno, pero no tanto como él creía. Pretendía ganar partidos que él solo no era capaz y decidía cosas que… Y, sobre todo, le faltaba tiro exterior. Eso era lo que necesitaba el Real Madrid, máxime tras decir adiós a Linton Townes, uno de los mejores tiradores que hayan tenido nunca. Pero no fue el origen del mal de aquel año, pues fueron muchos los condicionantes para quedar cuartos en liga, eliminados en Copa del Rey en cuartos de final, eliminados por el recién ascendido Cajabilbao y en Europa su récord fue de 3 victorias y 7 derrotas. Annus horribilis, contrastada con la muy recordada temporada de aquel tipo del anillo de campeón con los Lakers.
















