EL SELLO PERSONAL DE PICULÍN ORTIZ

            El sky hook de Abdul Jabbar, el step back de Stephen Curry que antecede a sus triples o la prominente lengua de Michael Jordan en los mates de sus primeros años, son sellos de la historia de la NBA, instantáneas que transmiten su grandeza, pegatinas de un momento congelado, un gesto inconfundible. En España hemos tenido también alguno de esos sellos únicos: “la bomba” de Juan Carlos Navarro provocaba, a la par, admiración e impotencia en un grupo de estadounidenses durante la final del Mundial sub 19 en Lisboa, viendo que aquello era imposible detener. A partir de ahí, miren si ha habido “bombas”. El gancho en suspensión que inmortalizó Fernando Martín y que gracias a Lolo Sainz sabíamos de su curiosa denominación, “La morcilla”, que en el fondo tenía la misma finalidad que el tiro de Navarro: la efectividad entre un mundo de gigantes. Y tenemos el tiro a tabla. Herramienta en total uso durante la década de los 70 y 80 que José “Piculín” Ortiz elevó a la categoría de arte en nuestras pistas.

            Quienes vivieron su estancia en España, esperaban desde la grada que Piculín recibiera en poste bajo. Niños apoyados en la barandilla de primera fila, con los ojos muy abiertos, con la incertidumbre que aquel señor ejercitara una especie de superpoder que él tenía. Y el pívot portorriqueño se movía en el espacio de una baldosa delante de su rival, comenzando una sinfonía de mover los pies como un maestro y jugar con fintas y pivotes hasta inutilizar a un contrincante al que ya solo le quedaba una opción final: taponar el tiro. Y no podían. Porque sería ejecutado a tal velocidad, incluso con demasiada fuerza, que saldría a relucir toda la impotencia viendo que aquello, acababa entrando. Tiros más o menos forzados que, con la complicidad de un tablero que parecía amortiguar los tiros más desequilibrados, besaban siempre las redes. Y así lo hizo en Zaragoza, Madrid, Barcelona, Andorra y Málaga en su larga estancia en la ACB. Y tocaba aplaudir a rabiar. Y ahora la complicidad estaba en la mirada del niño al padre, privilegiados testigos en el pabellón de aquello que estaban disfrutando. Un sello personal que engrandecía el baloncesto.

            Numerosos han sido los recuerdos y homenajes la pasada semana, desde la noticia de su fallecimiento, que ha tenido Piculín Ortiz a los 62 años de edad, víctima de una larga enfermedad. Y desde Endesa Basket Lover, con la tranquilidad que da el transcurso de unos días de condolencias, nos unimos al recuerdo de aquel tipo simpático, intentando hacer siempre de su entorno una atmósfera que valiera la pena y que tenía un don para jugar al baloncesto.

¿Cómo nos tomaríamos que recalara en nuestro país la elección número 15 del último draft? No hablamos de alguien venido a menos que, tras un trasiego entre los mejores jugadores del mundo, viera su oportunidad en Europa, sino alguien emergente. Desde la universidad de Oregon State, Piculín tenía muchos focos sobre él y de ahí una elección tan alta. Sin embargo, aquella normativa de no poder jugar más en la selección nacional si recalabas en la NBA y sus deseos personales de jugar los Juegos Olímpicos de Seúl para Puerto Rico, con un equipo joven y muy potente, le hizo declinar esa primera temporada en los Jazz dirigidos por Frank Layden. Así que el escenario se abría a que alguien avispado como José Luis Rubio, presidente del CAI Zaragoza, no si antes arduas negociaciones, acabara aterrizando en nuestro país tras las primeras jornadas ligueras.

¿POR QUÉ NO TUVO ÉXITO EN UTAH JAZZ?

            Tras su año en el baloncesto español, donde alcanzó las semifinales ligueras siendo el máximo referente caísta, llegó la disputa de los Juegos de Seúl. Y un mes después, Ortiz aparece en Utah. Sorprendentemente, en los primeros partidos incluso jugando de titular. La idea de ser el ala-pívot importante de la franquicia era su lugar reservado. Eran curiosos tiempos donde a la estrella de equipo, Karl Malone, se le hacía jugar en la posición de “3”. Tiempos de aleros grandes, como lo eran James Worthy, Larry Bird o Terry Cummings, en la que Utah Jazz buscaba en la posición de “4” un poco más de calidad y puntos de los que daba el currante Marc Iavaroni. Con Piculín, acompañando a aquella montaña humana de 2,24 de estatura, Mark Eaton, completaban un notable juego interior.

            Sin embargo, problemas de salud, desfallecimiento mediante, del entrenador Frank Layden que tan bien trataba a nuestro protagonista, decidieron tras el primer mes de aquella campaña 88/89, sustituirlo por su ayudante, Jerry Sloan. Con él comenzaba una de las trayectorias más longevas en un solo banquillo de la historia de la NBA. Sloan era todo lo contrario a su antecesor. Donde había bromas y chascarrillos, comenzaba la sobriedad y la seriedad. Sloan, all star en sus tiempos de jugador con los Bulls, tenía un baloncesto en su cabeza que pasaba por tener más espacios en la creación de otro sello -¿no hablábamos antes de sellos?- que era el pick&roll entre Stockton&Malone. Karl Malone pasaría a ocupar la posición de ala-pívot, con toda la importancia y la carga de minutos que eso conllevaba, con lo que Sloan variaba la posición de Ortiz a la de pívot nato. “Yo me veía muy delgado para enfrentarme a los jugadores que había entonces”. Todas las noches, el examen era de aúpa. Cuando no era Pat Ewing, era Moses Malone o Abdul Jabbar, Olajuwon, Kevin Duckworth, Brad Daugherty… Aquella NBA estaba poblada con bastantes de los mejores centers de la historia.

            Y no solo eso. En aquel draft del 88, Utah Jazz seleccionó a Eric Leckner, un pívot de más de siete pies procedente de la universidad de Wyoming, inicialmente para proteger las espaldas de Eaton en sus momentos de respiro, “el tipo con las manos más grandes que he visto nunca” reconocía el propio Piculín, con lo que ya se vería relegado a ser el tercer center del plantel. Y sus minutos se cercenaron hasta la inexistencia. De ser titular (lo fue en 15 partidos al principio de su carrera) a no jugar prácticamente nada, iniciándose así la siguiente campaña 89/90, sin visos de ninguna mejoría en su status. Y así pasó que, tras demostrarse lo infructuoso de sus esfuerzos por ganar minutos, añadido a las dudas que le sucediera lo mismo en otras franquicias que se interesaran por él, llegó la oferta de un club desesperado: el Real Madrid.

LA CONTINUACIÓN DE SU CARRERA EN ESPAÑA

            CAI Zaragoza fue su presentación en nuestro país, la llegada de alguien que partía con la vitola de estrella a no mucho tardar. Con 23 años tocaba bregarse ante el recién llegado Audie Norris y -también el recién llegado, tras su aventura NBA- Fernando Martín. Ya sabíamos de sus pivotes, fintas y los aficionados teníamos interiorizado su tiro contra tabla, sus rápidas transiciones como hombre alto (muy rápido para la época) y una manera en el que le llevaba Ranko Zeravica con enorme practicidad, del que Piculín guardaba un cariñoso recuerdo.

            Tras su periplo NBA y previo a la disputa de la Copa del Rey, el Real Madrid, llorando aún tres meses después el fallecimiento de Fernando Martín y totalmente desguarnecido de pívots (solo contaba con Fernando Romay y Antonio Martín como interiores), apuesta por él para revertir una situación complicada. Y llega un Ortiz mucho más musculado, más potente, con una enorme melena, algo diferente. Imposible era cambiar el rumbo del club blanco entonces, aquel verano -y con el permiso ya que los profesionales NBA podían jugar en sus selecciones- llegó uno de sus momentos cumbres.

            Piculín cambió el gimnasio por su rutina de entrenar y jugar al baloncesto. Sus compañeros eran los de toda la vida en la selección de Puerto Rico: Federico López, Jerome Mincy, un recuperado Georgi Torres y su inseparable Ramón Rivas. Además, entrenados por uno de sus ídolos de adolescencia, el gran Raymond Dalmau. Aquel grupo hizo clic y comenzaron a ganar a todos: a Yugoslavia, a Australia, a Estados Unidos… se presentaron invictos en semifinales. Ortiz vuelve a ser el de antes, con los movimientos de siempre, sin la melena al viento, más rápido y delgado. Alabanzas y admiración de la facilidad con la que jugaba en el poste. El traspié ante la extinta Unión Soviética en semifinales y la mala suerte de perder en la prórroga el bronce ante Kenny Anderson y Alonzo Mourning, no emborronaron la gran actuación del combinado y la suya en particular. Aíto García Reneses insistió en su fichaje como director deportivo, para el nuevo proyecto dirigido por Boza Maljkovic en el banquillo del F.C. Barcelona, en el que permaneció dos años. Junto a Audie Norris formarían otra pareja de lujo.

            Cierto es que no fueron ajenos a la larga lesión de Andrés Jiménez, a las tensiones entre la cúpula deportiva… los resultados deportivos no fueron los mejores, pero dio un notable rendimiento, volviendo a jugar de nuevo la final de la Copa de Europa. Inauguraron el Palau Sant Jordi que llenaban (y miren que era difícil completar sus más de dieciocho mil butacas), enamoraban con la capacidad de pase de ambos interiores (porque Piculín pasaba el balón desde poste bajo como los ángeles) y solo la irregularidad en su juego, producto de algunas lesiones en su segundo año como azulgrana, cortaron un camino que continuó cerca, en Andorra. Ante la falta de patrocinios y años complicados económicamente para muchos clubs, los recién ascendidos andorranos sacaban pecho con el respaldo de cierta marca de relojes, para asentarse en la máxima categoría de nuestro baloncesto. Piculín Ortiz era el foco de todo ese proyecto de nuevo. Y tras ellos, Málaga esperaba. Unicaja comenzaba a pensar en grande. Imaginen los kilates de talento que había en la zona con Ortiz y Claude Riley.

En una ciudad amable como Málaga y en un grupo con caracteres muy parecidos al suyo, Piculín se mostró como lo que era. La vida tocaba disfrutarla dentro y fuera de la pista. Y así hizo feliz a mucha gente, al lado del mar y enormes amistades que sacó allí. Mantener el tren de vida que le gustaba lo podían satisfacer los dracmas griegos en la Belle Epoque de aquel baloncesto a finales de los 90, que eran cuantiosos, donde finalizó su carrera deportiva.

José Piculín Ortiz nos ha dejado, sí. El drama de enfermedades al día de hoy incurables, nos hace estar apesadumbrados cuando pensamos que ya no disfrutaremos de la personalidad de este ídolo de la canasta, del peculiar personaje. Pero nos queda el recuerdo de su juego, imperecedero para nuestros ojos de alguien que, en realidad, no creó nada, pero sí ensalzó su sello personal en la ejecución del simple tiro contra tabla, hasta tenerlo presente como un bello arte.

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