Nos tomamos unos días para poder ver desde la lejanía la actuación de España, Divisar desde la popa una tierra que se aleja, quizás ayude a estas alturas. No soñábamos que fuese prometida, sino un trámite a pasar con mayor o menor brillantez de cara a Riga. A estas alturas, ya apenas lo divisamos y la sensación, tras el enfado inicial en el que no quisimos dar ningún discurso, se va acrecentando cierta indiferencia. Creemos que es lo mejor. No entra la queja, porque con la Selección Española y tras lo vivido, no podemos hacerlo, pero cierto es que la indiferencia es el pasillo más rápido al olvido.
Quiera la suerte que lo más atractivo de este campeonato sean los vídeos promocionales de FIBA de este campeonato, donde adivinamos en algunos flashes imágenes de la actuación de España en el último Eurobasket, el ya lejano 2022. Ese es el termómetro. Una ubicación tan poco lustrosa como Limasol formará, junto a Lieja o Essen, parte de nuestra más negra historia en lo que a Campeonatos de Europa se refiere. Y fíjense que nos remitimos a la década de los 70, nada menos. Hay que viajar 50 años para ver actuaciones que se asemejan a lo que fuimos testigos la pasada semana. Y eso está muy bien, porque en tal travesía, con algún que otro sinsabor, sí lo hemos disfrutado de lo lindo, sobre todo en los últimos 25 años.

- Era muy difícil, a priori, asentar ritmos de juego según el paisaje, con dos bases con 19 años, Sergio De Larrea y Mario Sant Supery. Es como dar el timón del barco a dos grumetes. Lo bueno que la responsabilidad ya de por sí el campeonato, es la única que les hemos echado en sus espaldas. La mentalidad del cuerpo técnico, compañeros y aficionados era la de que todo lo que pudieran dar, era una extra a celebrar. Todo lo que sumasen, sería aplaudido sin ser contrarrestado por críticas en sus errores. Pero, claro, en momentos comprometidos había que sacar aquello adelante, asumiendo sus dudas. Y las han tenido, porque es impensable tratar otro escenario. Las defensas que hemos sufrido en este Eurobasket, por lo general, han sido muy cerradas y había que hilar muy fino, porque las opciones a buenos pases se acortaban a décimas de segundo. Y si no se ejecutaba con firmeza y tino, era empezar desde cero. Es lógico sentir el latigazo gélido de la responsabilidad que recorre la espalda en el momento “D”. Y se duda y no se ejecuta. Y es normal en 19 años. Nos quedamos con su desparpajo robando balones, nos gustó mucho que en un torneo así, Saint Supery tuviese la misma decisión entrando a canasta y, De Larrea, en el que desde siempre hemos albergado muchas dudas en cómo ejecuta el bloqueo y continuación central, le vimos pinceladas más que interesantes en la segunda parte ante Grecia. Bien por ellos. Venga, un dato que nos guste: su ratio asistencias/pérdidas: De Larrea estuvo de notable (4,8 asistencias por 1,2 pérdidas), mientras que Saint Supery cumplió con creces (2,8 por 1,2).
- El tiro exterior. Que ningún jugador haya llegado a 40% en triples (y no, no contemplamos ese único triple que Willy Hernangómez intentó y anotó), es sintomático. Sabíamos que íbamos con un combinado sin un tirador puro, excepto Santi Aldama. Pero es cierto que pudiésemos haber esperado algo más del 32,2% global. Hace décadas, sería casi satisfactorio llegar a la estadística de 1 triple de cada 3 anotados, que tampoco hemos llegado. Eso, en los tiempos que corren, ya no vale. A nivel general, hemos estado muy pobres moviendo el balón en ataque, han cargado mucho las defensas sobre el lado balón y eso ha sido un clavo más en nuestra tumba, sin ver recursos para romperlas. Que Santi Aldama tenga un más que extraño 32,4% o Brizuela un 34,8%, es producto de jugárselas en últimos segundos tras veintitantos previos de no sacar partido de los ataques. ¿Dato que nos gusta? Pues que el mejor porcentaje lo haya logrado el chaval, Sergio De Larrea (38,5%), que sí supo usar situaciones claras.
- La defensa: El naufragio en defender nuestro tablero a la hora del rebote (46 rebotes ofensivos de nuestros rivales en 4 encuentros, pues nos negamos a computar el duelo ante los flojísimos chipriotas), ha tapado en algunos casos ciertos buenos momentos defensivos. Se han usado buenas defensas zonales, como la 3-2 ante Italia, terriblemente efectivas (34,9% en tiros de campo entre los azzurri, un gran logro de los nuestros). Se presionaba bien al balón y con el “gracejo” de nuestros chavales para anticiparse a pases, hemos cortado pases que eran canastas fáciles. Pero nos ha faltado dominio bajo el aro. En los sistemas defensivos, cuando nuestros hombres altos tenían que salir, el aro quedaba totalmente desguarnecido. Escasísimas ayudas y camino abierto a los pequeños rivales, que anotaban con demasiada facilidad. Hablábamos antes del torneo que, para paliar esta falta, la apuesta de Sergio Scariolo por los aleros grandes, creando un trío interior casi permanente (tipo Joel Parra o Josep Puerto), pudiera paliar estos males. Pero no fue así. Faltó concentración y dureza y hemos permitido demasiadas bandejas y tiros cortos. De hecho, cuando había minutos en los que no era así, llegaron buenos parciales y remontadas (porque esa era otra: la enorme cantidad de minutos en el que España estuvo por detrás en el marcador en casi todos los partidos).
- Y para terminar, lo que nos ha parecido la madre del cordero y la causa de la gran mayoría de males españoles: la falta de pase. Esta Selección Española ha sido compuesta por un grupo de jugadores con escaso talento en el pase. Y no hablamos de directores de juego, sino del conjunto. Y no hablamos que el balón haya circulado bien o mal, que hayan sido o no desacertados, sino -y sobre todo-, de los pases que no se han dado, por inseguridad y por no dominar este fundamento. Uno, que se crio fascinado por el baloncesto de la NCAA de los 80, sin línea de 3 puntos y defensas cerradísimas, con las mayores estrellas siendo hombres interiores (sean Pat Ewing, Akeem Olajuwon o Wayman Tisdale) esperando recibir el balón, aprendió de esa precisión quirúrgica de dar pase medido y, sobre todo, en el momento exacto, pues las situaciones de ventaja duraban décimas entre aquella maraña en la zona. Que luego vio a la Jugoplastika de Bozidar Maljkovic hacer virguerías… siempre ha valorado extraordinariamente el pase, porque así nos lo inculcaron nuestros expertos de forma machacona. En los últimos años hemos visto ejemplos de lo que puede hacer un buen plantel de pasadores (UCAM Murcia jamás hubiese llegado a una final liguera sin ello). Piensen en este campeonato la cantidad de jugadas en las que sobre el límite de posesión se ha lanzado de manera forzada porque por el camino de los 24 segundos ha habido un hombre abierto, un corte… en el que se ha fintado y no se ha pasado. Faltaba clarividencia e indecisión, por lo que el pase, no se daba. Si los rivales nos han limitado con sus cerradas defensas a no poder apenas tomar ventajas con pases desde el poste, donde Willy Hernangómez lo hace muy bien, tampoco se ha brillado en el resto del juego, en cambios de un lado a otro buscando espacios, en sacar rédito de los pick&roll… Y esto tememos que no es exclusivo de este campeonato, sino que, reiteramos, que no había mucha calidad en este combinado en pasar el balón. Si bien nos hemos lamentado con los tiros libres (un global de 66 anotados de 110 intentados, un 60% digno del jugador que se le da mal lanzarlos, no de un colectivo), y nos preguntamos cómo se entrenan regularmente, también lo hacemos con el fundamento del pase, a nivel global y desde categorías inferiores. Claro, hemos visto a los sub18 ganando el Eurobasket de su categoría pasando como los ángeles (también contaban con un fenómeno como Ian Platteuw, que distribuía de lujo) y, sobre todo, a las chicas de la absoluta que conquistaron la plata… y el contraste es brutal. Y una pena.


















