CUENTOS DE VERANO nº 4: 1992, EL DESCUBRIMIENTO DE UN NUEVO MUNDO

A la conmemoración del V Centenario del descubrimiento de América, a la Expo de Sevilla y a los venideros Juegos Olímpicos de Barcelona, todos unidos con hilos de seda para la ocasión, se presentaba el verano de 1992 como el de nuestras vidas. Los Juegos de Barcelona’92 serían los Juegos del baloncesto. En España, las televisiones autonómicas se encargaron de enviarnos las primeras evoluciones del Dream Team en su torneo Preolímpico americano de Portland, retransmitiendo unos partidos de aquella selección… Es que parecía pecaminoso aunar tantas estrellas y verles jugar así.

               No era en Portland, sino en Zaragoza. Ni verdes escenarios con cascadas alrededor, sino la Basílica del Pilar. Y no se mostraba en cadenas autonómicas de televisión (muy jóvenes aún), sino en TVE. A la par que en las lejas tierras de Oregon, el Preolímpico europeo, en su fase final, todo brillante y deslumbrante, se presenta un nuevo escenario continental, el descubrimiento de un nuevo mundo en el que, a partir de ahora, debiéramos transitar.

Hablamos de la puesta a escena y de largo, de los representantes de nuevos países: Croacia, Lituania, Eslovenia (más Letonia y Estonia que también formaron parte de la fase previa disputados en Murcia, Badajoz, Granada y Bilbao) se concentraron junto a Israel, Alemania, Checoslovaquia (antes de su división), Italia y las nuevas repúblicas no bálticas que, junto a Rusia, decidieron formar una selección de manera conjunta, llamados “Comunidad de Estados Independientes” -o CEI). Veinticuatro partidos de ensueño en el Príncipe Felipe como clara muestra del nuevo concierto internacional. A nivel de baloncesto y debido a conflicto bélico y a las sanciones que FIBA impuso por esas fechas, quedó excluido el baloncesto de Serbia, Bosnia, Montenegro y Macedonia. Aun así, lo que teníamos delante, ¡juás!

La primera vez que vimos a Arvydas Sabonis de flamante verde, orgulloso de vestir -al fin- los colores de su amada Lituania. “Sabonis, dales caña, te apoya toda España” era un sentir muy generalizado en el aficionado español, personalizado en una pancarta durante la disputa de la semifinal olímpica frente a los estadounidenses. Tras tres años en Valladolid y camino del Real Madrid, era ídolo absoluto entre los aficionados de nuestra liga. Sarunas Marciulionis acrecentó su leyenda en tierras NBA, siendo el lugarteniente del “Run TMC”, aquella maravilla que  disfrutaban en Oakland, formada por Tim Hardaway, Mitch Richmond y Chris Mullin. Su potencia, decisión y calidad parecían aún mayores en el escolta que, ahora sí, representaba las aspiraciones del basket lituano. Ni Drazen Petrovic ni Toni Kukoc lideraban ya a Yugoslavia, sino que lo hacían a la selección croata. El potencial había menguado -porque lo de aquella generación de Yugoslavia unificada se sigue recordando-, pero cubriéndoles las espaldas estaban Dino Radja y Stojan Vrankovic. Letras de oro en la historia del baloncesto europeo.

               Privilegiados aficionados en las gradas del Príncipe Felipe que vieron desfilar un baloncesto de muchos, muchos kilates. Detlef Schrempf lideraba a la selección alemana con un porte y una sapiencia baloncestística del All Star que llegó a ser meses más tarde. Era otra dimensión de jugador, un “4” moderno y privilegiado que impactaba mucho más verle en nuestras pistas que los vídeos que nos llegaban de los Pacers, desde Estados Unidos. Él logró entre tanta rivalidad, el pase para los Juegos en su última participación con su selección. Alemania, por cierto, que perdió frente a Eslovenia donde, al fin, podía tener su verdadera cuota de protagonismo quien fuera el base titular de los yugoslavos, mucho más relegado entonces a defender y a dirigir y dar buenos pases a sus estrellas. Ahora, Juri Zdovc podía ser el líder y capo de todos. No llegaron a ser olímpicos, pero su categoría quedaba patente. Verle jugar con libertad era una bendición (así hizo meses después para proclamar al sorprendente Limoges, campeón de Europa).

“¿Y con todo esto deberá lidiar el baloncesto español?”, nos preguntábamos como aficionados. Daba igual. En aquel momento, en aquellos primeros días del mes de julio, lo que veíamos, nos colmaba de manera sobrada. Era una alegoría al baloncesto bien hecho, al talento colectivo basado en algunas de las mejores individualidades que habían desfilado por el Viejo Continente a lo largo de toda su historia. Sí, la gran cita eran los Juegos Olímpicos, pero ya desde aquellos días en Zaragoza, a las máximas estrellas NBA a través de la pequeña pantalla jugando todos bajo la bandera USA, sí, era como descubrir un Nuevo Mundo quinientos años después, lo que se nos venía encima, lo que disfrutaríamos.

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