La perfección hecha jugador de baloncesto. La genética puesta a disposición de los sueños. Los sueños a disposición de un parquet, un balón, un cesto… y la herramienta que los domine. Tener a Ralph Sampson delante era petrificarse ante aquella figura que, por perfecta, parecía ser estatua cincelada por un genio. Estatua de 2,23 centímetros que, como el David de Miguel Ángel, obligaba a mirar hacia arriba para abarcar toda su grandiosidad..
Rafael Vecina: “Le llamaban ‘el albatros’. En mitad de la zona, abría los brazos y las manos sobresalían por fuera de la pintura”.
Anicet Lavodrama: “Miraba las fotos del “Sports Illustrated” y él estaba siempre más arriba que el resto”.
Afamada publicación estadounidense que se rindió ante el atractivo de un chaval, una marcianada más que un humano, con aquella coordinación y dimensiones. En diciembre de 1979, recién descubierto para el mundo NCAA, fue protagonista de la primera de sus cuatro portadas, realizando un gancho, adjunto a un largo titular acuñado en letra pequeña. Porque simplemente, no se podía acotar. “Damas y caballeros, les presentamos al único e incomparable Ralph Sampson. ¡Él machaca! ¡Pone tapones! ¡Bota el balón por detrás de la espalda! Mide 2,23… y todavía creciendo”. En la foto interior, el brazo rendido de un rival, imposibilitado ante el vano intento de puntear un tiro en suspensión de Sampson. “Realmente, me gustaría ser un base de 2,23” comentaba en aquella primera entrevista, con la timidez de quien le cuesta hablar de sí mismo. Esbelto, ancho de hombros y una gracilidad para su inmensa estatura. Arrebatos de una naturaleza tan caprichosa como generosa a veces, que nos brinda tales ofrendas.
Anicet Lavodrama: “Tenía una movilidad, una destreza y una coordinación perfectas. Recuerdo unas declaraciones de Magic Johnson cuando vio aquella famosa canasta de Julius Erving agarrando el balón con una mano a aro pasado, diciendo que no sabía si hacerle una foto o pedirle que lo hiciera otra vez. Pues Sampson era así. Lo veías llegar y poder botar delante de un base, hacer un crossover… era maravilloso. Un prodigio”.
Terry Holland (entrenador de Sampson en la universidad de Virginia. Extraído de la publicación Sports Illustrated publicado el 17 de diciembre de 1979): “Ralph es el hombre más polivalente que jamás he tenido. Es tan bueno jugando a pista completa que decidí dejarle salir al poste alto. Algunos me preguntaban qué demonios hacía con él jugando por fuera. Pero es tan rápido… Y puede tirar y puede pasar”.
Su irrupción como novato en la universidad de Virginia fue tan impresionante como la de las grandes estrellas de la historia NCAA. Y como tal, se le seleccionó para el equipo estadounidense que no disputó los Juegos Olímpicos de Moscú’80, debido al afamado boicot. Arnold ‘Red’ Auerbach, presidente de Boston Celtics, viaja fechas antes hasta su casa para entrevistarse con sus padres. Lo quería reclutar a toda costa y así, junto al rookie Larry Bird -en 1980 tenía hasta tres opciones de primera ronda muy altas- completar un equipo que haga historia. El enfado del máximo mandatario deportivo de los Celtics fue monumental al declinar Sampson la oferta, puesto que pretendía finalizar su periplo universitario en pos de una titulación.
A partir de ahí, es una joya que todos quieren mostrar. El magnate de las telecomunicaciones, Ted Turner, con su recién creado canal de deportes TNT, intenta promocionar su invento, programando un partido de baloncesto entre los dos gigantes del firmamento USA, Pat Ewing y él o, lo que era lo mismo, la número uno del país, Virginia, frente a la número 3, Georgetown. Ningún enfrentamiento de hombres altos, incluida la NBA, tendría tanto tirón como aquel duelo en Estados Unidos. Eran tiempos en los que un puñado de universitarios eran tan estrellas como los profesionales. En la noche del 11 de diciembre de 1982 lograron convertirse en uno de los choques con más audiencia de la historia del baloncesto estadounidense, promoción mediante. Ante la oposición del jamaicano, Sampson consiguió 23 puntos, 16 rebotes, hasta 7 tapones y la anhelada victoria (63-68).
Un par de meses antes de la suspensión de Michael Jordan para proclamar campeón a North Carolina en 1982, Sampson les endosó 32 puntos y 13 rebotes para doblegarles en la prórroga. En las grandes ocasiones, siempre entusiasmaba. Tres veces siendo el mejor jugador del país de forma consecutiva en la NCAA (1981-1982-1983), llegó a su única Final Four en 1981 perdiendo ante, precisamente, North Carolina en semifinales y en su última campaña, fueron eliminados en las finales regionales -a un paso de la Final Four- por aquel sorprendente huracán llamado North Carolina State en su camino hacia el título, éxito inmortalizado por el tan excéntrico como venerado Jim Valvano. Ni que decir tiene que fue número 1 del draft de 1983 elegido por Houston Rockets, que naufragaban por las pistas NBA desde la marcha de Moses Malone. Ese equipo NBA que entrenaba en las instalaciones de la vecina universidad de Houston Baptist, tenía un estudiante centroafricano de ojos curiosos, privilegiado testigo de todo aquello.
Anicet Lavodrama: “Los Rockets venían muy a menudo a entrenar porque su pabellón, “The Summit”, era muy utilizado para conciertos. Verle entrenar era sentir una gran admiración. Y no es cierto que su entrenador Bill Fitch se enfadara cuando le veía subir el balón botando y hacía esos cambios de dirección pasándose el balón por detrás de la espalda. Es que, si hacía eso, no se situaba en la posición que tenía diseñada para él. Fitch era muy estricto, pero lo que sí le cabreaba era que si Sampson hacía esas cosas, distraía a sus compañeros que se quedaban embobados admirándole -tampoco es que tuviese mucha calidad aquel grupo-. Y un entrenador no debe consentir eso”.
Rafa Vecina: “Su tiro en suspensión era perfecto y sus ganchos, te aseguro que los sacaba desde muy, muy arriba”.
En la NBA, es nombrado Rookie del Año y logró el MVP del All Star Game celebrado en Indianapolis en 1985, con la complicidad de Magic Johnson, que le surtió durante todo el partido de buenos balones. Como confiesa Lavodrama “sus números se hubiesen disparado con un buen base junto a él”. Y en 1986 consiguió una canasta que entró en la historia de la NBA, cuando tras jugar todo el último cuarto sin la presencia de la otra torre gemela, Akeem Olajuwon, expulsado por una trifulca con un rival, atrapó el balón en el aire a cinco metros del aro al saque de banda y, girando su cuerpo en él puesto que quedaban tan solo un segundo, lanzó una suspensión que anotó, lo que supuso la derrota de los Lakers en su propia cancha, prefacio a la demolición del monopolio Lakers-Celtics en que la que se estaban sustentando la NBA de entonces.
Las malas relaciones con su entrenador, el no encontrar la motivación necesaria en ocasiones e intentar lidiar con cada vez sus más graves problemas con las rodillas -que le obligan a pasar por el quirófano varias veces- finalizan con un traspaso a Golden State Warriors en diciembre de 1987, donde tan solo deslumbra en contadas ocasiones. Una de ellas fue, precisamente, el enfrentamiento directo ante Houston Rockets. En unos convulsos Warriors que destituyen a su entrenador, George Karl, se hace cargo del equipo su amigo Don Nelson y logran inesperados éxitos deportivos. Pero relega a Sampson al fondo del banquillo. El concepto de baloncesto de Nelson, muy actual con jugadores abiertos y muchísimos espacios en la zona, ni cuadraba con las virtudes de Sampson ni sus rodillas le daban tregua como para tener una continuidad. De manera demasiado prematura, los saltos hasta luces del pabellón dejan de ser testimonio en nuestro deporte. Aquellos fogonazos de juego que Sampson hacía de ensueño, se iban apagando.
Anicet Lavodrama: “Él tenía una jugada característica que utilizaba desde sus tiempos de Virginia. Aunque era atlético, pero era delgado, no muy fuerte. Y cuando en poste bajo lo desplazabas hacia fuera, hacía un pivote girando todo su cuerpo hacia el interior, ganando así la posición y la espalda rival para recibir un pase de “alley-oop” a una altura que era inalcanzable para el adversario, claro”.
Promedió 22 puntos, 11 rebotes y más de 2 tapones en sus dos primeras temporadas y tras cinco campañas, esos números empiezan a verse con nostalgia. Su calvario físico era ya un hecho y unos Sacramento Kings necesitados de todo en 1990, le dan su penúltima oportunidad en la liga. Pero su aportación no pasó de 15 minutos y apenas cinco lanzamientos a canasta por envite. Tan vertiginosa como su irrupción en el panorama cestista fue su caída al vacío que dio como última parada los Washington Bullets en la temporada 91/92, en los que disfrutó de tan solo 10 actuaciones antes de ser cortado. Era sorprendente ver a un tipo delgado, de torso definido y musculado, hipotecado por unas rodillas tan castigadas que le impedían moverse con un mínimo de la gracilidad que poseía.
En los días posteriores, se va a entrenar por su cuenta. Su amor por el baloncesto le impedía dar la espalda a las experiencias vividas durante gran parte de su vida. Mientras tanto, en España, un club ACB pasaba por apuros: Unicaja Ronda.

UN NÚMERO UNO EN LA CORTE DE LA ACB
José María Martín Urbano: “Aquella temporada lo pasamos mal. Tuvimos la mala suerte de perder muchos partidos igualados, por uno, por dos puntos y nos vimos en los últimos puestos de la clasificación, con la amenaza del descenso permanentemente. Aquel año fichamos un colombiano llamado Álvaro Teherán que tenía una pinta estupenda. Medía 2,14 pero nos engañaron con él”.
Alfonso Queipo de Llano: “Nos mandan unos vídeos de él en la universidad de Houston y, claro, en los dos partidos que vimos, fue Player of the Game, veíamos que se movía bien, era ágil y medía 2,14. Lo fichamos. Para empezar, llegó lesionado de un tobillo y no lo sabíamos. Estaba recién operado, no nos lo dijeron hasta que nos lo encontramos allí”.
José María Martín Urbano: “Pero, además, no era lo que necesitábamos. Ni anotaba dentro ni se pegaba por los rebotes. No era lo que se dice un luchador y sus números fueron malos”.
Álvaro Teherán no superó los 10 puntos en 10 de sus 20 actuaciones ligueras, con un 50% de porcentaje en tiros de campo que, para ser un interior, se tornaba como algo escaso. Siete rebotes de promedio para el mayor baluarte interior, dicen muy poco. Tras la marcha del club de Rickey Brown, Joe Arlauckas y Fede Ramiro en temporadas previas, el equipo fue paulatinamente bajando de calidad y de presupuesto. En tal situación, había que dar un giro.
Alfonso Queipo de Llano: “A mí, quien me gustaba era Tellis Frank. Lo conocíamos de Caserta y sabía que anotaba fácil y reboteaba bien. Pero nos pedían 300.000 dólares y eso era mucho dinero para nosotros. En esto, que me llama Norman Carmichael (famoso americano del F.C. Barcelona en la década de los 70, cuya conversión a la nacionalidad española junto con la de su compatriota, Charles Thomas, causó impacto en el baloncesto español), con el que teníamos una buena amistad. Y por primera vez nos habla de la opción de fichar a Ralph Sampson. Que estaba entrenando con él, que estaba en buena forma”.
Rafael Vecina: “El equipo necesitaba un revulsivo, eso estaba claro. Cuando nos hablan de esa posibilidad, yo no me creía que un número uno del draft, con la fama que él tenía, pudiese venir aquí”.
Alfonso Queipo de Llano: “Nos manda algún vídeo de entrenamientos suyos y de unos contra uno con él. Y parecía estar bien, porque además Carmichael nos asegura que sí, que estaba en forma. Imagina cómo era por aquel entonces el cargo de director deportivo, que ni podías viajar ni nada para ver al jugador. Si no hubiésemos hecho, te topas con los problemas en directo. Pero, antes, te limitabas a la fe en un agente y a los vídeos. Total, que se pacta con el agente que le pagamos 150.000 dólares, la mitad de lo que nos pedían por Tellis Frank”.
Curiosidad fue que durante el vuelo de Sampson destino a Málaga, los Denver Nuggets hacen saber de su interés a ProServ, la agencia de Ralph, para contar con el jugador, buscando un sustituto que diera descanso a su rookie maravilla, Dikembe Mutombo, que ya en el mes de enero llevaba demasiadas carreras y las piernas comenzaban a pesar. Tarde.
José María Martín Urbano: “Yo no lo veía muy claro, pero me autoconvencí de que podría ayudarnos. El anterior NBA que tuvimos años antes fue Adrian Branch y metía 25 puntos con la gorra. Mira, con la cantidad de partidos que perdimos de tan pocos puntos, a nada que Ralph nos consiguiera 13 puntos, 6 rebotes e intimidara, nos valía porque los decantaría a nuestro favor”. Unicaja Ronda aquel 1992, José María Martín Urbano y del presidente del club, el otro personaje histórico en el baloncesto malagueño, Alfonso Queipo de Llano, hoy tristemente desaparecidos.
En 2013, en vísperas de Semana Santa, decidimos tomar carretera y manta hacia Málaga, para que nos contaran algunos de sus protagonistas la historia que hoy os trasladamos. Gracias a las fotografías del archivo ACB de Mariano Pozo, siempre tan privilegiado testigo de tantas maravillas, a Antonio Jurado, el fisioterapeuta del club y personaje fundamental de esta historia, Manolo Rubia en calidad de director deportivo, Anicet Lavodrama que, paradójicamente y como habéis leído, fue fiel testigo de las primeras evoluciones NBA de nuestro protagonista y resultó serlo también en su última actuación como jugador, como Rafa Vecina, ilustran este reportaje. Así que, en honor y memoria, sobre todo de los siempre inseparables Martín Urbano y Queipo de Llano, José María y Alfonso, a quien dedicamos este artículo, esperamos que lo disfrutéis.
















