La vida propia de un balón en manos de "El Chacho"

La vida propia de un balón en manos de "El Chacho"

Antonio Rodríguez

Sergio Rodríguez dice adiós a la Selección Española. El muchacho, aquel muchacho  que en el verano de 2004 en Zaragoza mostró al mundo lo que Quique Peinado nos reiteraba  una y otra vez a los enviados especiales. Un Campeonato de Europa sub-18 dominado por un  chico de pies enormes para ser un base, con unos brazos espigados e interminables, que  cuando se arrancaba a correr hacía… lo que los rivales pensaban que no se podía hacer y daba  pie a cosas mágicas. Y con la medalla de oro colgada en el pecho en el Eurobasket junior, con  su agilidad mental, nos acompañó en la conclusión que, lo que le faltaba a la Selección  absoluta para llegar al oro, que se nos fue ese mismo verano en los Juegos a golpe de canastas  de Stephon Marbury, era él. Y razón debía tener.

En el momento de la verdad, cuando todas las respuestas estaban en la mesa y se  necesitaba algo más, “El Chacho” apareció en escena en Saitama, para revolucionar el partido  de semifinales ante Argentina y tener la posibilidad de ganarlo. Y sí, al día siguiente llegó la  medalla de oro del Mundial y Sergio la logró con tan solo 20 años.

Comentaba el protagonista, en un mensaje de despedida, que había sido un viaje  fantástico. Dieciséis años de aquella primera vez con la absoluta, diecisiete en total desde su  primera irrupción. Que ya en Mannheim (siempre Mannheim) nos decían que este chaval con  el que logramos las semifinales del torneo, era otra cosa. Que era especial.

Un cuerpo de largas extremidades diseñado para el baloncesto. Pero sobre todo la  realidad -más que una sensación- que, en sus manos, el balón tenía vida propia. Podía salir  propulsado vaya usted a saber: a la esquina, la otra punta del campo, botado entre las piernas  de un rival o paseándose por encima del hombro, reverenciando al mago, en dirección  contraria al aro, porque desde atrás venía un compañero compartiendo generosidad con el  espectáculo. Esa excitación por dar la bienvenida a lo impensable es lo que nos mantenía en el  asiento inertes. Y en la Selección Española, “El Chacho” ha tenido la gran suerte de ser  entendido y reconocido por todos sus compañeros, inteligentes en este juego como para  ganar, como para deleitarse. Convertir el baloncesto más profesionalizado en un juego de  niños. Ese, quizás, haya sido su mejor legado.

Y tal fantasía no tiene por qué tapar que Sergio Rodríguez ha sido uno de los mejores  tiradores exteriores que hemos tenido en el Equipo Nacional en los últimos años y que, cuando  veía un bloqueo en su cercanía, era tal el mundo de posibilidades que se abría, que nos  embriagaba. Y a los adversarios también.

En Endesa Basket Lover nos encantaba ver su convencimiento -se le veía en la mirada-  que los estadounidenses iban a perder la final olímpica de Londres 2012. Y para el recuerdo  nos quedamos que pareció por momentos. Y acumuló el oro de Saitama y el de Francia, la  plata de Madrid y Londres y el bronce de Ljubljana, Río y Estambul. Sin duda, un viaje  fantástico. Y más que para él, para nosotros como aficionados, que disfrutamos de alguien  distinto y muy especial. De cuando un balón adquiere vida propia en sus manos, de cuando el  baloncesto adquiere la parte más infantil, más inocente y más bella. Gracias por tanto, Sergio.