Redescubriendo la belleza de este juego

Redescubriendo la belleza de este juego

Antonio Rodríguez

Son de esas gotas de esencia en mitad de los partidos, de las que no conoces su procedencia, pero embriagan. De ese tipo de jugadoras que el asombro por verlas se multiplica, porque ignorantes de nosotros -bendita ignorancia en ocasiones-, es la primera vez que desfilan ante nuestros ojos. Su impacto es súbito y de hecho, pretendes reafirmar la misma sensación en el siguiente partido, por lo del “y si es flor de un día”. Y se repite la misma situación porque la esencia es pura, nada de ambientador que se diluye entre el aire al poco. No hay fuegos de artificio, sino simplemente puro baloncesto. La jugadora china Yueru Li y la japonesa Himawari Akaho han sido dos de los mayores reclamos para ver baloncesto en estos pasados Juegos Olímpicos en Tokio 2020. Y reiteramos: ver en ellas baloncesto. En su más amplio sentido de la palabra. 

Su procedencia asiática y su permanencia en sus ligas nacionales, complica al aficionado medio tenerlas bajo el radar, aunque algunos medios españoles ya se hicieron eco y veníamos avisados. Yueru Li (usaremos primero el nombre y luego el apellido) ha sido una absoluta bendición en las madrugadas olímpicas. Como reza el título de este artículo, es redescubrir la belleza de este juego. Una pívot de dos metros de estatura, que si ya por centímetros, se cuentan con los dedos de la mano quienes rivalizan con ella, cuando uno se percata de su calidad y aunamos ambas cosas… es que ya sobran muchos dedos. 

Li es inteligencia e intuición al servicio de nuestro deporte. Desde su atalaya en poste bajo, sabe jugar amenazando con la primera lección que reza que el uno contra uno es una situación de ventaja en ella. Desarma a cualquier rival. A partir de ahí, puede esperar que ayuden en su marca y es cuando empieza el baile en modo y forma de circulación de balón. Lo distribuye con el don de saber a qué compañera tiene que ir el pase. Y cuando se deshace del esférico, comienza una sinfonía que suena tan solo en su cabeza, un vals particular que consiste en moverse de manera armoniosa hasta coger posición de rebote de recibir otro balón bajo el aro o de ganarlo para el rebote, intuyendo-adivinando el sitio más correcto para al menos tocar el rechace. Porque toca muchos balones con sus manos, que son una bendición (muy capaz de coger balones difíciles). 

Y verla defender, es pura magia. Todos sus desplazamientos tienen un por qué. A cada paso, ninguno lo hace por inercia. Saber colocarse como para intimidar cualquier intrusismo en la pintura, saber cómo defender conociendo de antemano quiénes son las protagonistas de la jugada. “¡Ah, no! A 7 metros no toca salir ahora” porque su rival, a 7 metros, no es ninguna amenaza. Y espera, chequeando el resto de protagonista. O se posiciona cuando hay un pick&roll, interponerse en el camino para desbaratar la jugada y siempre, siempre, con la vista en tener una fácil recuperación para el rebote defensivo. Es como un ordenador que chequea constantemente dónde debe ir y donde no. Conociendo además sus límites, pues tiene que acondicionar aún su cuerpo físicamente (pesa 100 kilos y deberá trabajar para ir perdiendo peso y ganando fuerza).

Yueru Li es entender este deporte, simple y llanamente. “Cuando no hay partidos, me aburro mucho. No sé qué hacer en mi vida si no hay baloncesto”. Conoció nuestro deporte porque le incitaron a practicarlo por su estatura y fue un amor a primera vista. Sus padres nunca practicaron deporte de mediana competición y le otorgaron en sus genes el don de la estatura, pues su padre mide 190 centímetros y su madre 180. El ‘clic’ para asumir que este deporte lo entiende, vino después. Es algo innato, puro. 

Por eso, las lágrimas que más nos dolieron en esta edición olímpica, fueron las suyas. En el encuentro decisivo de cuartos de final ante Serbia, no sabemos si por algún conflicto con su entrenador, pero la mantuvo casi la totalidad del último cuarto en el banquillo, dejando a las europeas encontrar el rumbo. Y ella, mirando desde la banda que los puntos en la zona se acumulaban sin poder impedirlo, que la brújula en ataque desaparecía y todo un atolondramiento generalizado en sus compañeras crecía, con la impotencia de saberse capaz de ayudar y no poder aportar. Y cuando se consumó el fracaso, explotó y tuvo que llorar amargamente tal desespero, entre logos olímpicos en el parquet. Claro, que sus 22 años le darán la oportunidad de poder redimirse en futuras ediciones. 

Cambiando radicalmente el tercio, nos vamos a la mayor de las satisfacciones. A la celebración por el éxito a cada uno de los partidos, posando encantadas para los fotógrafos tras el esfuerzo. Siendo la selección de Japón la mayor sorpresa en los Juegos Olímpicos, con la más que merecida medalla de plata. Y las heroínas fueron muchas, pero nos quedamos con la jugadora Himawari Akaho, porque ella aunaba en su juego todas las virtudes de su combinado como para dar la gran machada y llegar a toda una final olímpica. 

Akaho representaba la entrega a un nivel máximo a cada partido. Con su 1,83 de estatura, tenía que oficiar como ala-pívot, sabiéndose inferior físicamente a cualquier rival que le tocase en asignación. Pero eso no era una excusa para jugar al límite de intensidad y honestidad. Pocos casos hemos visto de jugadoras que hayan corrido tanto, que se hayan desvivido por ayudar a las compañeras, por estar en el sitio adecuado para ayudar, para ser una pieza más de un complicadísimo entramado de cinco jugadoras moviéndose en sincronía para forzar permanentes dos contra uno a sus rivales, algo que agotaba solo con pensar en tal esfuerzo. Pero nos encantaba verlas. Y no es que se tratase del esfuerzo físico supremo ejercido, sino de la precisión de reloj en todos sus gestos. 

Ha tenido compañeras que han sido la fantasía en el tiro a media distancia. Y mientras Takada, Machida o Hayashi forzaban el asombro generalizado en la televidente concurrencia, Akaho estaba en todas partes para ayudar a su tarea. Y era la primera en correr para puntear un tiro rival desde el otro lado de la pista y la primera en las transiciones para recibir en contragolpes. Infatigable, incansable, era una acción permanente para cortar a canasta, tirar desde el exterior, amenazar… desde todas partes de la pista. Su acierto en mitad de esa exigencia, nos asombraba.

Himawari Akaho sabía entrar muy bien a canasta y su tiro exterior era más que notable. Aunque el valor que más nos gustaba es que podía ejecutar gestos precisos a la velocidad que ella y sus compañeras suelen jugar, un par de marchas más veloces que las demás. No había respiro mientras permanecía en pista y vivía en un continuo movimiento hasta que tenía que decidir. Era la fascinación de ver un partido a cámara rápida. Por eso, de sus sonrisas y sus saludos reverenciales a cada final de encuentro, del desencanto de incrédulas rivales que habían sido derrotadas, quedábamos impactados los aficionados. 

Quizás sea el caso de una jugadora que por mentalidad y por arraigos culturales, cueste verla trasladada en otro baloncesto. Y quizás nos tengamos que conformar con verla en competiciones internacionales cuando represente a su país. Pero que su reclamo es enorme y su magnetismo, superlativo, es más que cierto. 

Yueru Li e Himawari Akaho han sido la exaltación de este juego. Congratularse una vez más con que el baloncesto como un deporte excelso cuando se entiende y se juega con precisión. De ahí su belleza y el valor de ambas.