Gregg Popovich y el oro USA, cuestión de tiempo

Gregg Popovich y el oro USA, cuestión de tiempo

Antonio Rodríguez

Gregg Popovich era la persona idónea para dirigir los designios de la selección  estadounidense. Tras el cambio de rumbo, mirar al resto del baloncesto del planeta y aprender  de él, encargo de Jerry Colangelo y tomado por Mike Krzyzewski, la designación del  imperecedero (deportivamente hablando, claro) entrenador de San Antonio Spurs, a ojos del  aficionado al baloncesto FIBA, era la figura perfecta. Una especie de Aleksander Gomelski de  barras y estrellas, muy veterano y hasta con pasado militar, con un duro camino por delante,  sobre todo después de la sombra por la caída a los infiernos en cuartos de final de la pasada  Copa del Mundo de China en 2019.  

Miren, yo siempre he quedado prendado por los torneos internacionales de  selecciones sub-17. Repescado su Mundial en 2010 de nuevo, lo que en mi generación era  llamado categoría juvenil, la selección de Estados Unidos siempre ha mostrado una  superioridad aplastante respecto a cualquier rival, porque siempre ha llevado a sus mejores  jugadores. Con edades superiores ya entran sueños de drafts y NBA y aúnan buenos  combinados pero no los mejores, como en este caso. Y privilegiados nos sentimos en Zaragoza  en 2016 de ver a los estadounidenses con la actual joven sensación de los Knicks, Immanuel  Quickley en su plantel, a Gary Trent Jr., Colin Sexton, la estrella de los Grizzlies, Jaren Jackson  Jr. o Wendell Carter. En edades tan recientes, los chavales dominan por su primer aprendizaje  en su adolescencia y su gran instinto labrado en miles de horas en el playground, por  divertimento. Su físico, técnica e inteligencia individual son tan superiores, que la lectura  intuitiva de lo que pasa, les suele dar el oro de calle. Pues alegando a ese instinto, pero en  categoría senior, Gregg Popovich tuvo en sus manos una plantilla de élite para alzarse con la  medalla de oro. Y lo consiguieron.  

Tambores de nuevo fracaso se oyeron desde Las Vegas, ante las dos derrotas en sus  primeros dos amistosos. Era volver a poner al Team USA en el lugar del verano del 2004  cuando en tierras alemanas fracasaron estrepitosamente antes de embarcar a los Juegos  Olímpicos de Atenas. Ellos, en su tendencia -más bien obligación. Sobre todo este año- de  pocos días para preparar y la mayor conveniencia en jugar partidos que en acumular horas de  entrenamiento, eran un ejercicio de desconexión y cero intuición el uno con el otro en pista.  Aptitudes ofensivas que veían más desajustes de lo normal, con el posterior sufrimiento de  bajar a defender, sobre todo enmarcados en el sistema de cinco jugadores en pista de oficio  claramente exterior y ningún center puro.  

Y llegó el debut olímpico ante Francia. Y los franceses, con mucha más cohesión y unas  sólidas cinchas de haber compartido ya varios veranos, al margen de conocer a sus rivales del  día a día en la NBA, se metieron el primer round en el bolsillo. Pero en Tokio se entrenaba y se  ajustaba, se tenía la oportunidad y el tiempo de entrenar y sobre todo, se dio la bienvenida a  los tres finalistas de la NBA, que intentaban sacudirse el jet lag. Y las jornadas pasaban y las  victorias iban cayendo.  

Y aquí entraba el instinto mencionado entre hombres adultos, de convertir su defensa  en sólida, de presionar al balón y saber que aquí tocaba cambiar de asignación y aquí no; que    la pintura tocaba cargarla aquí y en cambio, allá había que estar atento a las amenazas en las  esquinas. Y en ataque, los desajustes de sus “unos contra uno” ahora sí llevaban a buen puerto  en la posterior sucesión de buenos pases, esto ya sí, recomendación del libreto que Gregg  Popovich intentaba desplegar e imponer. Que todos amenazaban con el tiro exterior y todos  veían el pasillo para entrar hasta el aro. O lo que era mejor y más práctico para este  baloncesto, FIBA, del tiro de dos puntos en suspensión. Damian Lillard, tras el torneo olímpico,  confesó abiertamente que, en la NBA, lo de los 3 segundos defensivos les da un ramo de  oportunidades para lucir a los grandes anotadores, que en el basket FIBA no sucede. Pero eso,  no entraba más que en una mera anécdota entre sus compañeros, puesto que aprendieron  que parándose a mitad de camino y lanzando en suspensión, a cuatro-cinco-seis metros, con  su precisión en el tiro, lograban terminar los deberes de igual forma, con precisión exacta. Y un  tipo como Jrue Holiday, que es todo un experto en el 2 contra 2 y en saber optimizar el tiro en  suspensión de dos puntos ya en la NBA, pues en el parquet del Saitama Arena, no vio impacto  ni cambio de guion alguno, sino que seguía a su faena habitual. Por eso, hoy es elogiado por su  actuación en todos los mentideros. El tercer cuarto en semifinales ante Australia, es la más  clara muestra de todo este compendio de virtudes.  

Y luego, Kevin Durant, claro. En el baloncesto tan estructurado, tan laborioso hasta en  el detalle, el hecho de que haya un jugador al nivel de los mayores monstruos mitológicos en la  historia del baloncesto, como para darle el balón y que él, por sí solo, sea capaz de anotar, eso  parte por la mitad a cualquier enemigo. A este ‘enviado’ del Dream Team originial, le faltaba  un Karnisovas que le hiciese fotos desde la banda. Y cuestionamos si algún rival entre la  comodidad del banquillo, no sacase su móvil y le inmortalizase en alguna instantánea.  

Así que, el día de la final no podían más que llevarse la medalla de oro. Y aunque la  amenaza de Francia fue grande -y el marcador igualado- creemos que en ningún momento  vimos el temor entre los chicos dirigidos por Popovich, para pensar en perder la final. Y por  eso quedaron campeones y entre las gradas vacías, sus sonrisas más que satisfechas del  “vamos para casa, que el trabajo está hecho”, era más que elocuente.  

Un poco de su sapiencia, mezclado con paciencia. Nada era como llegaron y sí como  terminaron. Estados Unidos se alzó a lo más alto en los Juegos Olímpicos de Tokio, en la final  ante el único rival posible que le podía plantar cara, viendo que en esta edición, todos los  demás habían caído en calidad uno o dos peldaños. Pero su papeleta inicial no pintaba fácil y  supieron salir del recinto con el brillo tan especial de la medalla de oro.