La realidad que nos pertenece

La realidad que nos pertenece

Nada ha sido un sueño y nunca soñamos despiertos. Como humanos, gestionamos las emociones casi en diferido: una pérdida, una victoria, un cambio… El shock de la realidad es la antesala de anestesia que deja paso a la gestión de lo vivido. Poco a poco nos situamos, entendiendo qué ha sucedido y cómo nos hemos sentido; el halo de incredulidad se desvanece para dejarnos ver en la profundidad de nuestras almas.

La pasión no está exenta de ello. Una explosión de alegría que nos inunda y eriza todo el sistema nervioso, y que saca, en muchas ocasiones, lo mejor de nosotros. ¿Cómo no y por qué no perder los papeles en una celebración? Nos acordamos de lo festejado, pero si nos detenemos a examinarlo, nuestros recuerdos se componen de fragmentos impuros de sonrisas, abrazos y llantos.

Lo mismo sucede con el baloncesto y con nuestra Selección Española Masculina: hemos sido tan felices que quizás no nos damos cuenta de cuánto. Pau, Marc, Jorge, Willy, Jose Manuel, Sergio, Berni, Carlos, Juancho, Felipe, Pepu, Juan Carlos, Xabi, Xavi, Alberto, Álex, Serge, Fernando, Víctor, Niko, Quino, Javier, Ricky, Rudy… Nuestra felicidad está compuesta de talento y esfuerzo y no puede ni debe quedar en anécdota ni vagar por siempre en lo efímero.

El grito de Pau desbocado ante Francia, las lágrimas de Pierre en lo más alto del podio mundial, los cánticos de ‘parallel pocha’ en el suelo de Saitama en 2006… Todo ha ocurrido porque ha habido unos grupos humanos extraordinariamente capacitados y constantes detrás. Ellos nos han dado una verdad que debemos preservar como nuestro mejor legado baloncestístico y vital: del sí se puede al lo logramos porque nos lo merecimos.

Seamos dueños de toda victoria y derrota para apreciar bien su relevancia; mostremos orgullo sin soberbia porque la meta ha sido exigirnos lo máximo; disfrutemos de cada instante almacenado para siempre en nuestra corteza prefrontal porque ha sucedido.

Una generación irrepetible de personas nos ha enseñado que soñar es el punto de partida y no el final. Aprendamos de casi 20 años de baloncesto y pongamos en perspectiva la dificultad y el coste de cada hazaña para no tener que decir que vivimos un sueño: esta realidad nos pertenece y se debe a todos ellos.

Gracias por hacernos vivir felices.