El sagrado arte de ganar finales

El sagrado arte de ganar finales

Antonio Rodríguez

Pierre Oriola anotaba un triple desde la esquina para abrir el marcador. No parecía ser algo que estuviese en ninguna apuesta inicial, pero así sucedió. Tan bien encarriló el panorama para la Selección Española ese lanzamiento, que resultó ser el principio de un 14-2 como parcial de bienvenida. Estábamos en la final.

Faltando 5 minutos para la conclusión del encuentro, Argentina intenta cuajar una reacción, hilvanando varias canastas consecutivas hasta un 78-66 en el electrónico que, al menos, les hace sacar la cabeza del agua. Ricky Rubio anota dos tiros libres y en el siguiente ataque, Facundo Campazzo corre la pista en el afán por vencer en velocidad al monstruo que vaticinaba la derrota e intenta un triple sin mucha oposición… que falla. Y se convenció que no era el día. “El Facu” culminó un 1/5 en triples que, sumándolos al resto de sus compañeros, se quedaron en un pobretón 7/27 desde más allá de los 6,75. Uno de los mejores jugadores de la competición, asume que tocaba arrodillarse.

Fueron dos momentos, dos suertes dispares, separadas una y otra por treinta y cuatro minutos. Todo un mundo como para que el destino sonriese a unos y citase a la gloria en una futura ocasión a otros. Dictando sentencia: 95-75. ESPAÑA, CAMPEONA DEL MUNDO.

Y es que, algo hay en nuestro Equipo Nacional con Sergio Scariolo al frente, que saben de ganar finales. Bendita sapiencia, que aparta a escobazos probabilidades adversas a base de trabajo a destajo. Cuando nuestros representantes saltan a la pista, con el reflejo dorado de las medallas iluminando el parquet, no se falla: Katowice’09, Vilnius’11, Lille’15 y Pekín’19. Hasta cuando la final es por la medalla de bronce, también se gana (Río’16 y Estambul’17). Incluso si se pierde esa final (Londres’12), el regusto es a medalla de oro. Saber ganar finales. Todo ello ejemplificado en horas de sueño sacrificadas por los asistentes, buscando la infinidad de detalles que el seleccionador exige y dirige, para que todas las posibilidades estén anotadas.

La preparación previa a la gran final ha sido extraordinaria, hay que reconocerlo. De ahí los éxitos año tras año. Y los jugadores la siguieron como un guion cinematográfico, sin saltarse un solo paso en la actuación, sin que ninguna sonrisa estuviese forzada ni los sobresaltos resultasen artificiales. Todo bajo control. Y cuando eso sucede, cuando la unión de todo crea algo perfecto, difícilmente una final puede perderse, ni tan siquiera estar igualada. Sucedió en 2006 y volvió a suceder ayer. El ya mencionado 14-2 de inicio marcaba las directrices como para que, Argentina, en ningún momento tuviese el liderazgo en el marcador. Con dos triples consecutivos de Nico Brussino, se animan e igualan. Corren después de un robo y el contragolpe lo finaliza Campazzo. Roban otro balón, corren una segunda vez y el contragolpe lo finaliza Garino … hasta el tapón de Juancho Hernangómez. Ocho tapones en total recibieron. Por allí no se pasaba.

Confianza ciega

Hay momentos que explican por qué tanta confianza en lo que se está haciendo. El amenazante 14-13 en el electrónico se fraguó con un mal pase de Sergio Llull, el segundo consecutivo, cristalizando el error con la culminación de canasta más tiro adicional de Gabriel Deck. En ese momento, Sergio Scariolo sienta a Ricky Rubio y pone como director en pista a Llull. En ese preciso momento. Dos pases, dos pérdidas en la reciente saca. En la siguiente posesión española, Llull hace llegar el balón a Marc Gasol en el poste alto, a pesar de la fuerte oposición, para que Marc asistiese y Pau Ribas convirtiese un triple. Ni complejos ni miedos. Si añadimos dos triples más de Rudy Fernández, con la obligación de hacerlos tras bote, España -y nosotros entre saltos-, nos vamos a un 31-14. Seguir las baldosas amarillas.

Alternativas frente a las ojeras del cuerpo técnico las dos noches previas. Se llega a la conclusión que uno de los caminos para vencer, es insistir en el poste bajo, porque ahí se puede ganar. Y Marc Gasol jugó más que en ningún otro enfrentamiento, porque es lo que tocaba. Y llega a lanzar 12 tiros libres (de los que anotó 9) haciendo daño bajo el aro. Porque ni Marcos Delía ni Tayavek Gallizzi pueden con el center español, dejando desasistido a Luis Scola, que ve impotente cómo un excelente Willy Hernangómez se une a la fiesta (11 gloriosos puntos en un curso de fintas y pivotes). Los cortes hacia el aro de Pierre Oriola y Juancho Hernangómez con notabilísimos pases, suman y suman, hasta un total de 44 puntos en la zona.

Argentina es un excelso equipo que empieza por un genial Campazzo en la posición de base y acaba en el pívot por una leyenda en pista, Scola. Sin embargo, el ‘Facu’ siente la incomodidad de esa manía de Ricky Rubio de dejarle pasar y defender por detrás, de poner “la manito” justo en la suspensión, hasta resultar ser un incordio exasperante. Luego tocaba Llull, al que por piernas y por conocimiento de su compañero, sigue diezmando en su protagonismo. Y Scola se choca con los pívots españoles una y otra vez (anotó sus primeros 2 puntos de tiros libres transcurridos más de 26 minutos, acumulando por entonces 0/5 en tiros de campo y 2 pérdidas). España anuló los puntos en la zona con un soberbio Gasol en defensa, sin más truco que la agresividad en el uno contra uno y ¡ah!, anulando cualquier línea de pase a hombres cercanos. Por lo que buscando recursos, los hombres de Sergio Hernández forzaron y corrieron lo más posible (18 puntos de contragolpes), aunque no fue suficiente. Les faltó la continuidad, salpicados con errores en los triples que quitaban muchas posibilidades.

Con dominio en pista, sin opción a la remontada

Sergio Scariolo se apresura a pedir tiempo muerto cuando ve, al inicio del último cuarto, pérdidas de balón ante la presión a toda pista rival y 68-56 en el electrónico. España fue capaz de anotar canastas en todos y cada uno de los momentos comprometidos en los que Argentina amenazaba con acercarse a la decena de desventaja, no dándoles alas. A cada arreón americano, una canasta española de respuesta. Sea Rudy, Llull o Ricky Rubio.

Ricky estuvo particularmente brillante (20 puntos, 6/11 en tiros de campo y 7/7 en tiros libres), porque él ejemplificó como nadie esa máxima que, en ataque, había que anotar desde las posiciones en los que más dominio tenía cada jugador. Todos lo cumplieron. Y él lanzó triples cómodos, aprovechó los bloqueos para anotar suspensiones y entró a canasta ante los despistes rivales. Nunca forzar nada. Claro, la estadística es elocuente: 47,7% en los españoles en tiros de campo, frente al 36,1% de los argentinos.

Rubio fue una apuesta por ser de los líderes anotadores desde el principio, algo que ya avisamos desde el debut de en Pamplona, en la preparación. El chico del Masnou al que nunca se le exigió anotar puntos, ahora sí llegaba su momento. Por eso todos destacan hoy su madurez, porque ha sabido tomar tal responsabilidad y acertar con ello. Le ha valido nada menos que llegar a ser el MVP de esta edición de la Copa del Mundo. Y ser campeones. Porque España es campeona del mundo. Si es que, 24 horas después, todavía seguimos en la nube de la incredulidad.

España llamó a la puerta, pidiendo permiso para entrar, ante Italia. Se acicaló su traje y sacó lustre a su calzado ante Serbia y a partir de ahí “miren, vamos a dejarnos de zarandajas, que somos España”. Y tocó dominar. Con convencimiento y mucho trabajo, hasta ganar. Antoni Daimiel confesó en un programa radiofónico previo a los cuartos de final, que le gustaría ver a España nuevamente campeona del mundo antes de fallecer. Suponemos que no se lo imaginaba tan pronto. Ni nosotros, pero ganaron. Y lo seguimos celebrando, porque es una maravillosa gesta. Llegar a la cima y saber ganar finales. Es lo que hay y es lo que tenemos. Da vértigo. Y mucha alegría.