¿Qué es la generación de Roseto?

¿Qué es la generación de Roseto?
La Selección Española, al completo.

Antonio Rodríguez

Ayer, Juan Manuel López Iturriaga, o “Itu”, o “Palomero”, nuestra conocida y mediática estrella, entre otros programas de ‘COLGADOS DEL ARO’, recordó por redes sociales que, exactamente hace 40 años, lograba junto a sus compañeros, una hazaña en forma de medalla de plata en el Europeo junior de 1978, perdiendo la final ante la todopoderosa Unión Soviética, por tan sólo 4 puntos (104-100). Y cuando algo se recuerda después de tanto tiempo, es porque como él define en el tuit, sucedió “un milagro”.

Epi en entrada a canasta en la semifinal ante Yugoslavia. 

La generación de Roseto era algo que el aficionado en masa al baloncesto español oía, tras el boom de los Juegos de Los Angeles, con la plata olímpica de 1984, sin entender a ciencia cierta de qué se trataba. Poco a poco fue comprendiendo que, muchos de los que estaban en el pódium del flamante Forum de Inglewood, con su más que reluciente medalla colgada en sus pechos al lado de Jordan, Ewing y Mullin, se presentaron en tropel al mundo en un Campeonato de Europa junior en la pequeña ciudad de Roseto (ni llegaba a 20.000 habitantes entonces), al norte de Italia. 

En un pequeño pabellón, con un parquet aún recién pintado y más bien poca organización, aquellos -nuestros- representantes, dejaron una impronta maravillosa e inédita. Los anfitriones italianos (con aquellos arbitrajes, que no, no es nada exagerado lo que puedan oír de ellos), incipientes franceses o yugoslavos, podían ser mirados por encima del hombro. Único en nuestra historia en aquel momento.

Piensen que entre los buenos aficionados al baloncesto, estaban asustados, puesto que nos hallábamos en el punto más bajo de los últimos años. El noveno puesto en el Eurobasket belga de 1977 nos envió a tener que jugar una fase de clasificación de cara a la siguiente cita. O sea, era estar en la Segunda División europea. Ni que decir tiene, que el Mundial de 1978, ni olerlo. 

El primer intento de renovación del Equipo Nacional, con los jóvenes Juan De La Cruz, Josep María Margall, Joan Filbá o Luis Mari Prada, junto a los asentados Flores, Rullán, Corbalán, Cabrera o Brabender, se saldó con el fracaso belga. Sin embargo, quienes trabajaban en silencio con las jóvenes promesas, sabían que se avecinaba un grupo de chavales, todos de la misma camada, todos nacidos en 1959, como nunca antes había dado el baloncesto español. A esta generación, con la posterioridad de su éxito, se la etiquetó como la bendita “generación de Roseto”.

¿Quién componía aquella generación del Roseto?

 

Y ¿qué tenían estos jovenzuelos? Pues primero, talento. La estrella, Juan Manuel López Iturriaga, máximo exponente de lo que hablamos, era un chico bendecido para nuestro deporte. El mejor jugador nacional desde infantil, su temprano fichaje por el Real Madrid y que, desde bien joven ya formase parte del plantel senior -nada de filiales-, hacía que todos pusieran el ojo en él. Segundo, unas cualidades físicas como tampoco vimos antes en un solo equipo. Las piernas que tenía un base como José Luis Llorente, su potencia, resultaba ser más eléctrico aún que el propio Juanito Corbalán. Que hubiese tipos de dos metros con las espaldas de Joseba Gaztañaga, de Pere Práxedes, unido a su movilidad innata, nunca fueron habituales. Aleros con potencia para contragolpes, como “Indio” Díaz, se cotizaban. 

Y para rematar, pívots con la agilidad de aleros, de brazos larguísimos como Fernando Arcega y sobre todo, eso que jamás tuvimos: doscientos trece centímetros, en la estampa de Fernando Romay. Se estaba en esa fina línea de “no sabemos si vamos a conseguir del chico ser jugador de baloncesto”. Sin embargo, y aquí entra el tercer y más importante punto, es que este grupo de chavales trabajaba como cabrones. El poder de sacrificio que tenían, su hambre por triunfar y una mentalidad ganadora hicieron que, efectivamente Romay se convirtiese en un pívot determinante en la historia del baloncesto español y que alguien, tan físicamente dotado como tosco técnicamente, se cincelase a base de horas y horas de trabajo en el idolatrado Juan Antonio San Epifanio, Epi, el mejor de todos ellos.

Fernando Romay, taponando en el encuentro ante Italia. 

Todos se machacaban y para ellos, muchas horas de entrenamiento físico de la mano de Bernardino Lombao, el preparador físico, unido a largas concentraciones, consiguieron que nuestra Selección Española en la pista, acabase aburriendo a contragolpes a todos los rivales. Iniciaron la travesía derrotando a Bélgica (113-86), en una clara muestra de lo que se corría, con 7 de los nuestros anotando 10 puntos o más (el máximo anotador, fue Iturriaga con 16). El coco llegó el segundo día frente a la URSS, donde no se estuvo nada fino, aunque Epi estuviese muy acertado (26 puntos), secundado por Iturriaga (18). Claro, que en físico nos ganaron la partida, con 26 puntos del ala-pívot Nikolaj Derjugin y 20 de su torre de 2.14, Aleksander Belostenny.

A los griegos se les vapuleó (90-71), porque se paró muy bien a su estrella, uno de los chavales con más renombre del campeonato, el base Panagiottis Giannakis y la gran machada llegó ante los anfitriones, Italia. Los ‘azzurri’ estaban desencantando en su torneo, sobre todo porque no se merecieron ganar un día antes a Grecia (76-74), a pesar del liderazgo de su mejor hombre, el base Roberto Brunamonti. Aun sufriendo un arbitraje caserísimo, lo de España fue de locura. 

En el día que todo sale, acabando ellos hasta las narices de intentar defender nuestros contragolpes. El marcador puede dar una idea de lo que fue tal enfrentamiento: 102-125. Con muy poquitas rotaciones -habitual en la época- el quinteto titular fue quien llevó el peso de tal hazaña, con 28 puntos de Epi, 22 de José Luis Llorente, 19 de Práxedes, 15 de Iturriaga, 13 de Fernandito Romay y desde el banquillo, otros 15 de “Indio” Díaz. Venciendo a Francia (92-70) se lograba el pasaporte a semifinales, con 19 puntos de Iturriaga y 18 de Epi. El gigante de 2.14, George Vestris, hizo daño (14 puntos), como el atlético Richard Dacoury (14). En contrapartida, se consiguió parar a su estrella, el base Frederic Hufnagel y a los otros pívots que, junto al mencionado Vestris, compondrían el esqueleto interior de la selección francesa en años sucesivos, Jean Luc Deganis (6 puntos) y Philippe Szaniel (4).

Epi y Llorente, dos puntales de esta maravillosa generación.

Nadie podía seguir el ritmo frenético que imprimía Llorente y tanto Iturriaga como “Indio” Díaz, Epi y Práxedes funcionaban como estiletes finalizadores. ¡Ah! Y algo importantísimo para ello, que siempre tendemos a olvidar en el secreto de tales contragolpes, era que Romay, a pesar de sus escasísimos recursos -aún- ofensivos, sí que tras el rebote, sacaba como nadie el primer pase de contragolpe hacia el base. El trabajo sobre él, estaba surtiendo efecto.

En  semifinales, esperaba Yugoslavia, con el posterior entrenador esloveno, Ales Pipan, el padre del “fuenlabreño” Marko Popovic, el base Petr Popovic, Ivan Sunara, Vjeliko Petranovic y el mejor de todos, Pedrag Benacek como pívots. El quinteto que puso Ignacio Pinedo en pista fue sorprendente, con Mardones en la dirección, Díaz e Iturriaga como aleros y Arcega y Romay en los pívots, reservando a Epi y a Llorente en el banco (habiendo sufrido este último un golpe en el muslo en el encuentro anterior y padeciendo un esguince de tobillo). Al poco tiempo, viendo una dinámica adversa, hubo que tirar de ellos para llegar, al menos al descanso, con empate a 42. Costó una enormidad remontar un 0-9 de parcial adverso en la 2ª parte, hasta que Iturriaga con una canasta suya, no logró nuevamente la delantera española (76-75) a falta de 4 minutos. Dos tiros libres del propio Iturriaga (17 puntos) en el último minuto, colocó el electrónico en el definitivo 87-86, porque tras dos ataques posteriores frustrados por ambos equipos, una falta en ataque que provocó Fernando Arcega a la entrada de Ales Pipan, sentenciaron el partido de los nervios. Apoyados en Juan Antonio San Epifanio, que se reivindicó aquel día como perla europea (38 puntos en la semifinal), España, pasaba a la final. El éxito se había logrado.

Incluso en ella, los españoles hicieron soñar a la concurrencia desplazada. El eximirse de nervios, saber que el rival, la Unión Soviética, era muy superior, hizo que se jugase con toda la tranquilidad y lograr el disfrute que puede proporcionar una final. En el minuto 12 todos se frotaban los ojos viendo el marcador: 37-28 para los españoles. 

Pero los soviéticos eran más fuertes, más grandes y mejores. No es que contasen con la torre Belostenny en defensa, sino que su ala-pívot Viktor Bereznhoi era un nuevo concepto de jugador con dos metros de estatura, con la movilidad y potencia de una nueva generación de deportistas. Y como estrella y ala-pívot, alternando con Bereznhoi la posición de alero, otro jugador con cuerpo de pívot (2,07 de estatura nada menos), Nikolaj Derjugin, el mejor jugador del torneo, que con 24 puntos, machacó las aspiraciones hispanas. Él y un escolta de enorme talento, que endosó 18 puntos a los hispanos: Valdemaras Homicius, bastante mejor que un inexperto Heino Enden. España quedó descolgada en los últimos minutos, pero el coraje, mayor presión defensiva y la presión de Llorente e Iturriaga sobre el balón, junto a la habilidad de Epi para robar balones, igualó el choque hasta el definitivo 100-104 y la medalla de plata para España.

Dicen que las primas fueron de 175.000 pesetas para cada uno por la triunfal plata obtenida. Sin embargo, con ellos, lo que se teñiría de plata serían sus futuros. Antonio Díaz Miguel lo vio claro y supo aprovechar lo que tenía en la mano con estos chavales, a los que subió a la Selección Española dos años después. Sin miramientos, a pesar de su juventud. Y empezó otra era. Del noveno puesto de Lieja... al cielo angelino. 40 años de la plata de la “generación de Roseto”. Es como para recordarlo.

La Selección Española, al completo.