La penúltima sonrisa de Carmelo Anthony

La penúltima sonrisa de Carmelo Anthony

Antonio Rodríguez

 

 

Esta temporada, su decimoséptima en la NBA, en su revival con Portland Trail Blazers, logró sobrepasar a Paul Pierce como el 15º máximo anotador en la historia de la NBA, llegando aquel día a los 26.398 puntos. Lugar reservado al Olimpo de la mejor liga del mundo. Travesía que, por otra parte, pocas sonrisas ha arrastrado en su longeva carrera. “Carmelo no es malicioso. No busca confrontación ni es un provocador. Simplemente, hay días que no toca jugar y no hacía esfuerzos para ello. Sabotea su juego por desinterés” era la dura confesión de un general manager de una franquicia de la Conferencia Oeste, que prefirió permanecer en el anonimato, cuando Melo vestía la elástica de los Knicks. “No tengo ni idea de lo que espera Carmelo”.

Sin embargo, si de sonrisas hablamos, nosotros, aficionados españoles que hemos sabido apreciar junto a la NBA el fetiche que significan los campeonatos internacionales de selecciones, disfrutamos con su figura, con la del más que probable mejor jugador en la historia de la selección de Estados Unidos. Cuatro Juegos Olímpicos, tres oros y un bronce, su máximo anotador en total y una forma de jugar inconfundible, indefendible. “Él tenía una misión” argumentó con los años su ex compañero de selección, Dwyane Wade. “Tenía que demostrar que, lo que sucedió en los Juegos de Atenas fue porque era demasiado joven. Tras ganar las medallas de oro que vinieron después, un ‘esto es lo que soy ahora y esto es lo que fui entonces’ es un logro por su parte”. Una conversión nada fácil desde las críticas vertidas hacia él, por sus demandas de más minutos de juego al coach Larry Brown, siendo tan solo un crío. Al bronce del verano del 2004 le siguió el también bronce del Mundial de Japón 2006. “Cuando perdimos ese partido -las semifinales frente a Grecia-, sentí como que era el fin del mundo. Cuando llegamos al vestuario, me senté, pero no podía respirar. LeBron se acercó y me dijo que todo iba a salir bien. Que aún teníamos la oportunidad de los Juegos de Pekín de 2008”.

Y cierto, Carmelo fue el máximo anotador estadounidense de aquella cita (19,5 puntos), como fue segundo tras Kevin Durant en Londres’12 (16,4) y Río’16 (12,1). Y aunque en Estados Unidos se tenga más constancia de que un jugador fragua su carrera por los éxitos NBA y no los veraniegos con su selección, justo sería decir que en los conceptos del baloncesto FIBA, terreno farragoso para diversos componentes de los combinados de barras y estrellas, a Carmelo Anthony no le suponían quebradero de cabeza alguno. El seleccionador Mike Krzyzewski entendió rápidamente que sería pilar básico y desde la posición de ala-pívot, con su corpulencia, capaz de destrozar cualquier defensa con su movilidad, juego de poste bajo y tiro exterior. Por encima de Kobe y LeBron, de Wade o Chris Paul. Junto al martilleo a base de triples de Durant, la exposición de Melo en cualquier lugar de la pista, ha sido la mayor amenaza baloncestística en la historia reciente de los Juegos Olímpicos. Que no es poco.

 

La locura de la “Gran Manzana”

Entenderán nuestra fascinación por su elegancia, por su enorme clase, por tener -a nuestro juicio- mayor arsenal ofensivo que el propio LeBron James. Entonces, ¿por qué no ha triunfado como los más grandes? ¿Por qué no ha habido una rivalidad Bron-Melo que marque la década como augurábamos, frotándonos las manos a principios de siglo? Porque nuestro amor incondicional procede de una mentalidad de entrenador/formador de base. Nuestros ojos se recrean en su técnica individual. Nos derretimos por su colocación de pies, de su gesto ejecutor en el tiro, sus reversos en el espacio de un azulejo y la elegancia perpetua cuando entra a canasta, recreándose en la propia suavidad del movimiento sin necesidad de mates. Es la perfección técnica soñada por cualquiera que esté enseñando a jóvenes. Pero ahora entramos en el terreno del baloncesto profesional, en el que entran otro tipo de factores. “Si quieres un anotador, ficha a Carmelo. Pero no esperes defensa o pase o liderazgo” exclamaba un periodista neoyorquino. “Los MVP’s no se borran de los partidos, sino que caen de rodillas luchando” declaraba con total amargura años atrás, uno de los hastiados aficionados habituales del Madison Square Garden.

Y es que, la hambruna del Garden fue tal, que propició en una de las etapas de lesiones de nuestro protagonista, el encumbramiento de alguien como Jeremy Lin, que tras una fiebre entre los fans, que se fue tan rápido como vino, regresó al “anónimo proletariado” del que procedía, aunque sigue manteniéndose en la NBA. “Este equipo lleva desde el año 2000 sin ganar una sola eliminatoria de Playoffs”, era el amargo lamento de Frank Isola, del Daily News. “¿De qué se supone que tenemos que escribir?” haciéndolo extensible a todos sus colegas periodistas de la metrópolis.

Carmelo, el de cabeza gacha y fuga mental de los partidos cuando se topaba con algo que le molestaba, fue feliz en el estado de New York en su único año de college: en la universidad de Syracuse. Y su entrenador, Jim Boeheim, sabía manejar esos momentos. De hecho, él siempre lo vio feliz, pues fue componente del staff técnico de Krzyzewski durante los Juegos Olímpicos. “Carmelo es un anotador. Él sale a la pista y anota. Y no creo eso de que no haga a sus compañeros mejores, puesto que con los dobles marcajes que le hacen, los demás acaban sacando ventajas. Y con ellas, todos viven mejor. Pero es un anotador. Kevin Durant también hace lo mismo y no es criticado por ello”. Quizás, a un tipo de la categoría de Anthony, los Juegos Olímpicos era cosa fácil: saltaba a la cancha, se marcaba un buen carro de puntos y se sentaba. No había problemas de liderazgos ni de arrastrar a los compañeros.

 

“Patrick Ewing se ganó a la ciudad de New York” replica Frank Isola. “Él llegó a entender que si perdían, tendría que aguantar mucha mierda y si ganaban, nunca tendría el crédito que se merecían. Él tuvo eso. Stephon Marbury, por ejemplo, nunca lo entendió”. Y nuestro protagonista, ¿llegó a entender eso?

Los Knicks son un equipo que perdió la brújula desde hace tiempo. No hay rumbo, porque lo que el aficionado espera no es el camino por el que navega la gerencia, con el polémico James Dolan a la cabeza. Baile de entrenadores, baile de jugadores y sobre todo, baile de rumores… que nunca cuajan. El aficionado neoyorquino quiere llegar a su asiento y gritar “de-fense, de-fense” con toda su alma, porque desea ver la reencarnación de John Starks dejándose la piel o a “brick” Mason con el codo del rival sobre su barbilla, sin ceder ni un centímetro en la pugna por la posición. Con esa receta, excelentes jugadores y química de grupo, ganaron dos títulos, de los que solo se conservan pósters en los pasillos del Garden y varios estandartes colgados del techo. Poco más. La gerencia busca estrellas presentes o futuras, estas últimas vía draft, sin pensar cómo conectarán con sus compañeros o si están dispuestos a sacrificarse en el “de-fense”. Y en ese caos se manejaba Carmelo Anthony, sin tener el sacrificio defensivo y entendiendo con el tiempo lo que era liderar, esos sí, en escasas dosis. Él, que permaneció en la Gran Manzana desde el 2011 hasta 2017, demasiado para la tempestad que supuso (entre otras razones, por esa clausula de no-traspaso impuesta por su contrato), intentó desde sus inicios como knickerbocker, que su tiempo de permanencia se recordaran con algún éxito. Un año de Playoffs, con un equipo cargado de veteranos, con Jason Kidd, Tyson Chandler y Amar’e Stoudemire entre ellos. Poco más.

“Me encanta un jugador como Tyson Chandler. Pero no podían jugar con él y Amar’e en el mismo quinteto” especifica Jim Boeheim. “Carmelo no tenía espacios para jugar. Con un solo hombre alto y los tiradores en las esquinas, se le abren un buen número de posibilidades. Con los dos altos en pista, a los defensores se les dejaba una gran ventaja si se cerraban en la zona”. La cartera de entrenadores que conoció Melo desde su llegada con Mike D’Antoni en el cargo (y unas nuevas exigencias, que aceleraron su destitución), fueron Mike Woodson, Derek Fisher, Kurt Rambis y Jeff Hornacek. Solo mencionarles, da para un ramillete de pesadillas entre sus aficionados.

Las expectativas en la agencia libre verano tras verano, por el hecho de poner en el pecho de las camisetas “New York” siempre fue máxima. Y ya no es tanto reclamo. O eso parece. La última gran estrella fue Melo. Y esa es otra gran pregunta: ¿qué buscaba yéndose de Denver Nuggets? ¿Prefirió el dinero y un gran mercado a seguir insistiendo en pos de conducir a la franquicia de Colorado hacia el éxito -que bien cerca vieron con la Final de Conferencia de 2009-?

 

A Denver llega una bendición

              Porque del famoso draft del 2003, Denver Nuggets, con un récord de 17 victorias y 65 derrotas, tienen la oportunidad de seleccionar al que parecía un auténtico elegido con 19 años y que transformó ese récord en 43-39 como rookie y billete para los Playoffs en la durísima Conferencia Oeste. El primer duelo con LeBron James fue vendido hasta la saciedad por una NBA ávida de ofrecer esta nueva cara. Y desde Colorado se sacaba pecho, porque el “the chosen one” de Cleveland, no alcanzó Playoffs. Luego se mostró que la capacidad mental, madurez y arranques de James en su tierra natal, le alzó a jugar una mismísima Final NBA con el peor equipo que jamás haya llegado a esta cita. Todo lo que a Carmelo se le echaba en falta, desde que aterrizó en la ciudad un entrenador con la ambición por llegar a lo más alto: George Karl.

              “Cuando llegó Jeff Bzdelik, todos nos preguntábamos cuánto iba a durar aquí”, no tenía Anthony reparos en confesar en su momento. Cuando este entrenador no llegó ni a la treintena de partidos “vino Michael Cooper, con el que estábamos mejor, pero tampoco solucionó nada”. Y tras la experiencia en muchos banquillos, el último en Milwaukee Bucks, apareció George Karl y su “ok, ten la movilidad que te pido en ataque y el sacrificio en defensa. Si no, al banquillo” como filosofía.

Con la llegada de Karl, en nuestro protagonista, ni la colocación de sus pies en defensa era la correcta ni se anticipaba a los bloqueos para saber cómo sortearlos. Y en ataque, tampoco encontraba su norte. “Al principio, yo estaba confundido porque salía a hacer mi juego. Para el coach Karl, o se juega de la manera correcta o no se juega. Y la suya es la manera correcta”. Esa era la sintonía de la estrella con su jugador. “Yo me iba a casa a pensar ‘¿por qué la toma conmigo?’ Pero después, lo pensaba y quiere que yo me haga mejor jugador. Él ha manejado montones de jugadores y de estrellas. Y puedo aprender de él y de todos aquí”.

Contando con veteranos como Kenyon Martin, Kevin Martin, la adquisición de Marcus Camby y sobre todo, con la dirección de Andre Miller, Carmelo tenía la responsabilidad de ser el puntal ofensivo y máximo anotador, pero no la del líder de todos. Y ganaban partidos, a pesar de las discusiones casi permanentes de matrimonio mal avenido entre la pareja. “Antes de llegar yo aquí, me consta que George tenía mala sintonía” nos refresca Earl “lentejita” Boykins. “Si no satisfaces a tus estrellas, ellos te van a matar. Hay muchas estrellas demasiado sensibles en esta liga”. Algo que George Karl sabía anteriormente de sus maestros. “Una vez Pete Newell me dijo que no debería gastar mi tiempo entrenando a mi jugador noveno, décimo y undécimo. Esos son para mis asistentes. Tienes que entrenar a tus estrellas”.

Esa era la curiosa ambivalencia. Una relación entrenador-estrella bastante deficiente, pero el equipo se iba construyendo para destronar el reinado de Suns, Spurs y desde la adquisición de Pau Gasol, los Lakers. Tim Grgurich, asistente de confianza de Karl en Seattle y Milwaukee, acabó oficiando de mediador entre ambos. “Yo hablo con Tim mucho más que con George. Creo que va a ser mejor para los dos”. Aceptó ver más tiempo vídeos con Grgurich y analizar errores, en vez de alzar la voz en entrenamientos de por qué debía colocarse en tal o cual posición. Y la receta funcionó. Ir más veces a la línea de tiros libres, más decisión para atacar a los marcadores en los primeros segundos de posesión, todo ello, arrastraba mayor fluidez y peligrosidad.

Pero bajar desde el pico que aún no se había alcanzado, resultaba duro. Anthony no tenía la madurez suficiente para entender este profesionalismo en el grado máximo que exige la NBA. En su tiempo en los Nuggets, acumuló citaciones por posesión de marihuana antes de coger un vuelo o encontrado en el coche en el que iba con un amigo. Participar en un videoclip, “Stop snitching (Para de chivarte)” junto a un conocido traficante de drogas de su originario Baltimore o denuncia por una pelea en un bar, porque alguien escupió bebida a su prometida. La misma, Lala Vazquez, con la tuvo un hijo, que le fue apartando de polémicas, le indicó un camino sin desvaríos y que siendo ella una de las imágenes de la MTV, quizás le indujo para que acabara en New York en 2011.

 

La penúltima sonrisa

              Acabado su periplo con los Knicks y separado de su pareja, la sensación de Carmelo Anthony es que, no es que sea una ex estrella, sino casi un ex jugador. Aceptables estadísticas y malas sensaciones en Oklahoma City Thunder. Ni tan siquiera las estadísticas en Houston Rockets en la 18/19 y sin equipo hasta que, a principios de este curso, Portland Trail Blazers le ofrece un contrato de sustituto a un lesionado. Y el ‘clic’ fue inmediato. No sabemos por qué circunstancia, si estaba liberado de presiones, de tan solo aportar en una franquicia cuya estructura de equipo ya está hecha, el poso de su madurez…. el caso es que jugando como ala-pívot disputa casi 33 minutos de promedio, dándole tiempo a anotar 15,4 puntos en temporada regular. La sonrisa vuelve. El tiro exterior y sobre todo, el juego en poste bajo que al día de hoy, es el mejor de toda la NBA, también. Quizás el de Joel Embiid se le pueda asemejar. Pero no, no es mejor que el de Carmelo.

              Y llega la burbuja de Disney, donde promedió en los ocho partidos 16,5 puntos, 45,6% en tiros de campo y un asombroso 46,9% en triples. Y si les decimos que en los últimos cuartos, el promedio en triples ascendió a un mareante 64,3%, es cuando nos rendimos y reconciliamos. A sus 36 años podemos volver a verle con los ojos de entrenador/formador y disfrutar con sus movimientos, algo más lentos, igual de perfectos. Ahora sí tiene sentido aquello de su entrenador Mike Woodson en los Knicks, de la búsqueda de la generosidad. “Mike me ha dicho muchas veces que no tengo que buscar la asistencia directa, que debo hacerlo a través del pase de hockey”. Nombre que se le daba al pase previo al pase de canasta. Que no entra en las estadísticas, pero que es en muchas ocasiones, el más importante. Esto y otras tantas cosas. Y entender la armonía que hay a su alrededor y filtrarse en ella.

              Al margen del Carmelo Anthony Youth Development Center, una fantástica instalación creada por él a partir de un recinto abandonado en el Baltimore donde él se crió, Jim Boeheim cuenta con un despacho en otra, el Carmelo K. Anthony Basketball Center, ubicada en el campus de la universidad de Syracuse y en la que invirtió 3 millones de dólares. Desde allí, su viejo entrenador universitario volverá a ver la sonrisa de su ex pupilo y pensará que ha vuelto a encontrar su estado natural, el que siempre conoció.

¿Hasta cuándo? Como las buenas rondas de cervezas con los amigos y a la espera de las negociaciones de la gerencia de los Blazers por ampliarle el contrato para la próxima temporada, digamos que se trata de la penúltima sonrisa de alguien que, incluso en los peores momentos de su carrera, dejando de lado falta de ímpetu o conexión con su entorno, verlo jugar siempre fue una verdadera delicia técnica. Tan perfecto que es imposible enseñar como él lo hace. Hay que tenerlo.