Manu Ginobili, la obligación del agradecido

Manu Ginobili, la obligación del agradecido

Antonio Rodríguez

Emanuel Ginobili no es que sea un tipo sonriente, sino que más bien es, justificadamente alegre. La alegría de alguien agradecido por lo que le ha tocado vivir. Quizás por ello, le hemos visto hacer en las pistas, todo lo mostrado durante más de 20 años. Siempre tuve la sensación que Ginobili ha sido una persona permanentemente agradecida por quién es. Y se ha visto en la obligación, también permanente, de dar las gracias por ello a todo lo que le rodea. Y a su alrededor, casi de forma perpetua, hubo una canasta, un parquet y muchos aficionados.

Es como si la naturaleza le haya otorgado unas condiciones físicas envidiables, como si hubiese emanado en él un talento baloncestístico impropio, un buen compañero de equipo, mezclado con un carácter disfrutón ante ello y, asumiéndolo como un regalo del destino, se ha sentido en la obligatoriedad de mostrarlo al mundo. Como una responsabilidad a ejecutar. Practicado de mil amores. Hasta me gusta pensar que le hubiese agradado retirarse antes. Pero… ¿y si todo su repertorio no había sido aún suficiente? Pues un añito más… y otro y otro. Ayer, hizo balance y pensó “suficiente, ¿no?” Y toca decirle adiós.

Recuerdo como en aquellas cintas VHS que llegaban a nuestras manos de la lejana Argentina, complementaban las retransmisiones de las finales entre Atenas y Boca en 1998, con pequeños reportajes del nuevo fenómeno de Bahía Blanca. Emanuel Ginobili, más que piernas, tenía ballestas. Y sus triples y la valentía para entrar a canasta en un delgadísimo cuerpo aún, otorgaban el asombro y la asignatura de seguirlo en el futuro. Un futuro, el reciente, en Italia, alzándose como líder de la Kinder Bolonia por capacidad, dentro de un plantel donde todos eran figuras. Donde creció, maduró y disfrutó la metamorfosis del jugador al icono. Cada cosa fluía con una -de cara al espectador- inmensa facilidad.

Quizás por ello, los cambios abruptos no fueron con él. ¿Saben lo único que hemos recriminado a “Manudo” a lo largo de su carrera? Verse con otro cuerpo y forzar, por la obligación a seguir siendo el vértice hacia el éxito. Tras su esguince de tobillo en la prórroga de la final del Mundial de Indianapolis 2002, siguió insistiendo y porfiando por hacer ganar a los suyos ante Yugoslavia (o Serbia y Montenegro, que era lo que restaba), intentando olvidar una rémora física que no le dejaba maniobrar. Y forzó tiros cuando no podía y -al margen de polémicas arbitrales- les llevó, casi condenó, a la decepción de la plata, cuando eran un equipo de oro. Lo entendió y en la primera jornada de los Juegos de Atenas, dos años después, realizó una de las canastas de su carrera para derrotar a sus antiguos verdugos. El inicio del camino de una selección que debía bañarse en oro, dejando todo fluir, sin la necesidad de ser el líder. Campeones olímpicos.

Y la NBA, San Antonio Spurs más en concreto, le abrió las puertas en 2002 y en su primera campaña no desentonaba en la finalísima ante los Nets, porque llegó hecho un hombre. Y se proclamó campeón. Era un jugador perfectamente capacitado para ello. En Argentina y en Europa, después de verle jornada tras jornada durante varios años, lo sabíamos. Llegó forjado como una estrella en el Viejo Continente y costaba creer que no pudiese hacer lo mismo en la NBA. Y lo hizo, lo hizo. Y se sumaron highlights de canastas imposibles y sobre todo, títulos. Sin cambios abruptos: con el mismo entrenador, con -casi- los mismos compañeros, en la misma ciudad. Como a él le gusta. Y la gloria de esa conversación a modo de documental junto a Popovich, Parker y Duncan, intentando explicar cómo es la perfección en baloncesto. No nos podían engañar, porque todos lo habíamos visto en sus manos.

Emanuel Ginobili es y seguirá siendo un tipo agradecido. Y por las enormes oportunidades que le ha dado este deporte, a partir de ahora, seguirá manteniendo la naturalidad de la persona corriente y normal, como contraprestación a los altares que el baloncesto le ha hecho vivir. Con letra pequeña, porque arrastra una trayectoria y una fama, pero normal. Como sus frases y sus fotos familiares en las redes sociales. Como sus respuestas sonrientes, alegres. Las del tipo que autoimpuso, por obligación, ser agradecido.