Miki Vukovic, su señorío en el recuerdo

Miki Vukovic, su señorío en el recuerdo

Antonio Rodríguez

        Incluso en los malos momentos, su señorío era latente. Miki Vukovic falleció hace días, a los 76 años de edad. Y deja a Valencia un poco más triste. Ciudad y afición que vieron 20 victorias consecutivas para arrancar la temporada, entre ACB y Eurocup, proeza que tardó el club 16 años en superar, hasta las 28 de Pedro Martínez. Triunfador tanto en baloncesto femenino como masculino. O como en Endesa Basket Lover nos gusta decir, triunfador en el baloncesto. Simple y llanamente.

              Teníamos esta cuenta pendiente, pues a pesar de habernos dejado hace unos días, no podíamos pasar este pequeño homenaje. La ilustre Amaya Valdemoro no cansa en confesar que las primeras reglas de disciplina deportiva, tan tajantes como exige su élite, procedían de él. “Se encargaba de recogerme en coche en mi casa para ir a entrenar. A y cuarto clavadas. Y si no estaba a y cuarto, se largaba. Tenía que ser muy seria en eso”. Padre y rector simultáneos. Ídolo y leyenda en la tierra cuando proclamó campeón de Europa al Dorna Godella.

              De aquellas reestructuraciones del baloncesto español, quiso que Pamesa Valencia ascendiera directamente de liga EBA (se suprimió la 1ª B o lo que fue más tarde, la LEB) a la ACB. De un océano de mil corrientes a la exigencia de la competición más fuerte del continente. Y se pudo mantener el rumbo con aspiraciones a ser grande. A campeón de la Copa del Rey en 1998, debutantes y a la segunda temporada tras su ascenso. Y miren que Miki Vukovic no era de regalar palabras, pero sabía que, con su trabajo dictado y el sacrificio de los jugadores, aquello llegaría a alguna parte.

              Con su escaso afán por rotar jugadores y exprimir a su quinteto titular hasta donde creía conveniente, digamos que en él veían un especimen de los banquillos cada vez más extraño. Porque pedía como todos los demás, intensidad defensiva y mucho sacrificio, concentrado en menos hombres. Aunque lo que más pedía, era inteligencia. Repasar los vídeos ahora de aquella Copa del Rey, de actuaciones ligueras y encuentros del equipo en la tan recordada final de la Copa Saporta, que supuso lágrimas en las gradas del Príncipe Felipe zaragozano, es volver a convencernos que su trama era un juego de pensar mucho en cada movimiento que se hacía. Nada se dejaba al azar.

              Se apoyó en baluartes como Nacho Rodilla, Víctor Luengo, Aaron Swinson y posteriormente Bernard Hopkins, auténticos reyes del uno contra uno a campo abierto, como receta del baloncesto más moderno. Para él, como para la mayoría de los grandes entrenadores, solamente existen dos tipos de baloncesto, sin mediar tiempo ni modas entre ellos: el bueno y el malo. Nada más. Y Miki conocía cómo jugar buen baloncesto. Había que abrir defensas, ampliar lo más posible la pista y a raíz de lo que sus unos contra unos conseguían tras movimiento del balón, casi al límite de los 30 segundos que aún existían de posesión, salían soluciones. La capacidad de mejora de sus pupilos era más que palpable. El propio Rodilla pasó de un 22,5% en triples a, durante el último año de Vukovic en La Fonteta, un 46,3%, el mejor porcentaje desde la línea de toda su carrera. Era su guía. “Fula” (su apelativo) para esto, “Fula” para lo otro… como banda sonora en los tiempos muertos y deducimos que también en los entrenamientos, otorgando toda la responsabilidad al base criado en Lliria.

              Incluso cuando vinieron mal dadas, como su destitución del club tras un final decepcionante en el año 2000, nunca cedió al convencimiento de la directiva que, en algunos jugadores, no había predisposición a entregarse al cien por cien. Esas teorías las descartaba por completo. Moría por los planteles de los que se mostraba como cabeza visible, a modo de un respeto innegociable por los sacrificios que él ordenaba hacer. Y, en caso de ser cierta la falta de apretar los dientes, ya tomaría cartas entre el silencio y la intimidad de las sesiones de trabajo. 

              Miki Vukovic nos ha dejado. En Endesa Basket Lover siempre optamos por pensar que si personas así volcaron todos sus esfuerzos en la simpleza de un balón y un cesto, algo tiene que tener este juego para amarlo de esta forma. Y nos lo impregna y aviva en nosotros la llama por seguir aprendiéndolo, seguir queriéndolo un poco más.

              Con su entrañable recuerdo, siempre atento a todos, siempre amable a quien se acercaba, lleguemos a la conclusión que no es que esté Valencia un poco más triste. Es el propio baloncesto quien debe tirar de pañuelo y mostrar ojos vidriosos. La tristeza no se puede ocultar. 

 

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