Fran Vázquez, el sincero camino hacia el éxito

Fran Vázquez, el sincero camino hacia el éxito

Antonio Rodríguez

              Escribir sobre Fran Vázquez en el día de su adiós, es muy fácil. Mucho más que sus palabras en sus despedidas, agazapadas en su nudo en la garganta. Y es que, pocas veces nos hemos topado con un comportamiento tan sincero para llegar a la élite y disfrutar en ella. Sin la misión ni meta de llegar arriba, sino por el accidente de empezar a jugarlo con 6 años, más rodeado de niñas en el grupo que futuros compañeros, animado tan solo por el embrujo de la diversión. Simple y llanamente. El maravilloso accidente biológico de llegar a tener unos interminables brazos que obligaron a elegir entre balonmano, voleibol o baloncesto, porque lo de portero de fútbol se quedaba para unos palmos menos. Había que optimizar tal regalo de la naturaleza. 209 centímetros de regalo. Y en tierras bilbaínas, en aquel Siglo XXI de alto rendimiento, percibieron unas posibilidades infinitas.

              Sinceridad en llegar a Unicaja tras un periplo en Gran Canaria donde se confirmaban los “no limits” del chico. Y en Málaga, que suspiraba por su equipo envuelto en sus mejores citas, Fran asumía que los papeles de protagonistas eran para otros. En el Unicaja de los títulos, era una pieza más. Hasta que decidió que el protagonista sería él, tras su undécima elección en el draft de la mismísima NBA. Que por encima del glamour y focos, estaba su vida, su familia y su elección. Y pensó que Girona iba más con él. Así de honesto fue consigo mismo, aunque su indumentaria fuese rasgada con los jirones de las feroces críticas hacia su persona por no intentar la aventura estadounidense.

              Sí, ganó dinero en aquello llamado Akasvayu. Y cuando pretendían catalogar su carrera de “llenos los bolsillos, vacías sus vitrinas”, llegó el momento del F.C. Barcelona. De ser un grande dentro de un grande. Porque lo fue. El “Kevin Garnett” blanco, el de los ganchos desde … ¡uf!, nunca vimos en nuestras pistas sacarlos desde tan arriba, con esas ballestas que tenía como pies y la coordinación de su esbelta y grácil estampa. Hubo que poner muchas gradas supletorias en el BEC bilbaíno para que el mayor número de testigos estuviese presente en su reinado como el mejor de una Copa del Rey, antesala para proclamarse con su club reyes de Europa en 2010. Tocar lo más alto, una Euroliga, entre sus tapones y sus mates.

              Porque era el tipo alto que llegaba a todas partes. Transversalidad por el parquet, maravillosa métrica contando centímetros hacia arriba, alejado del suelo, cercano a los focos. Rapidez y explosividad para acrecentar su tímida sonrisa a cada éxito. Que en la memoria quedará el “23:9, we never forget” de la afición croata, pensando en el arbitraje de unos cuartos de final de un Eurobasket en septiembre del 2005. Nosotros, nos quedamos con su intimidación y sus 22 puntos en la segunda parte, forzando la prórroga y llevando a España a semifinales. Ya ven, un pasaporte a un posterior Mundial japonés que…

              Las semifinales ligueras del 2014. El 3-1 del Real Madrid ante Unicaja que bien pudo ser al revés tras la enconada lucha. 14,3 puntos en 23 minutos de promedio, un sobresaliente 66,7% en tiros de campo y 6,5 rebotes, con la sensación de sacar a relucir la frustración en los pívots rivales, de no saber cómo pararlo. Fran Vázquez había vuelto a Málaga y era un veterano consagrado que sabía empujar a la hora de la verdad. Empujar y liderar.

              Porque lideró sin arranques llamativos, sino partiendo de la humildad. Desde las tácticas enviadas a su móvil. Eso nos fascinó en Endesa Basket Lover, cuando comenzaron las ventanas FIBA y se vio en esa “nueva Selección Española” rodeado de un grupo de jugadores con toda la ilusión y deseosos de tener en la pista el liderazgo que se transmitía desde el banquillo. Vázquez ya no era el de las facultades físicas prodigiosas, pero sus años no habían caído en saco roto. Su conocimiento del juego era excepcional y supo reciclarse con más tiro exterior, facilidad de pase, un posicionamiento perfecto y saber más que los “ratones coloraos”. Por eso lloró en su despedida de la Selección, porque aquello de las ventanas le llegó al alma. Por eso fue decisivo en Tenerife y en Zaragoza hay mucho que agradecerle.

              Y entre toda esta nube viciada del drama apellidado COVID 19, con el futuro incierto de qué pasará, decide decir adiós. Sin ruidos, con el silencio de su habitación y las elásticas que vistió como testigos, en su mensaje de despedida. La honestidad que ha conseguido que seamos, nosotros ahora, los del nudo en la garganta.

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