Una mirada inquieta al mar

Una mirada inquieta al mar

Antonio Rodríguez

Darío Brizuela como siempre, mirada avispada, no mostraba ninguna preocupación, nada de sensaciones negativas, que aún restaba toda una segunda mitad. En su debut con Unicaja el pasado sábado ante Herbalife Gran Canaria, fue aclamado por unos aficionados ávidos de alegrías y noticias esperanzadoras. La irregularidad hace herida, más aún desde la decepcionante derrota en Burgos, alargada por la ausencia de jornada en Europa. Lo que a veces hiere, esta vez hubiese sanado y dado salud.

Darío Brizuela saltó a pista con el espíritu de siempre: la del chico con el toque de rebeldía, mezclada con la autosuficiencia de saberse capaz de cambiar cualquier dinámica negativa, regalada con la ovación a su entrada de unos creyentes nuevos espectadores. Su entusiasmo se tradujo en tres tiros a canasta fallados, una pérdida y dos rebotes en la primera parte. Darío, hombre de sangre caliente, seguro que maldijo en el vestuario su inicio a la vista de sus compañeros, pero nunca regala ni duda ni desespero en los demás. Saltó de nuevo al parquet al calentamiento, previo a la reanudación del choque con su misma mirada inquieta, con la misma determinación.

Orden de Luis Casimiro de aparecer en pista en el tercer cuarto. Con 5 puntos consecutivos, sacó de la angustia a los suyos que perdían por 12 puntos (42-54) e inició un parcial de 10-0 que Jaime Fernández continuó, para llevar al triunfo a Unicaja (79-76) ante unos canarios que se están en mitad de la brega en sus aspiraciones de Copa. Entre la algarabía por salir triunfantes en un partido ajustado, ambos fueron los primeros en abrazarse al pitido final, a modo y forma de una vieja-nueva comunión ya vivida. Algo conocido en otros lares, algo que reinará en una nueva plaza.

Darío Brizuela irradió su entusiasmo en las entradas imposibles a canasta, amortiguando la madera a sus caídas, que parecen venir desde un segundo piso. Sus piernas, sus ballestas, son el aval de una nueva ilusión en el Martín Carpena. Ante el Oldenburg en Eurocup el pasado martes, paso atrás y suspensión muy alta, para anotar un triple a modo de gota dorada que condensa su calidad. Las gradas retumban y el pabellón se conmueve.

Ya son dos encuentros los de un jugador cuyo nuevo club, apuesta en largo por él (esta y tres temporadas más), para que sea alguien de la casa, un sello de fantasía en la afición. Mientras, presencia inquieto todo lo que le rodea, ávido en empaparse de la nueva experiencia que le toca vivir. Mirando al mar, encarando el Carpena, sonriendo a su nueva casa.