Marko Popovic, el ídolo perfecto

Marko Popovic, el ídolo perfecto

Antonio Rodríguez

El triple. Ese triple para sentenciar la prórroga, seguía un guion escrito con polvo de estrellas. Porque se necesitaba un preámbulo perfecto a las lágrimas en los tiros libres. Ese gran momento. Ahí nos derrumbamos todos. Ahí éramos conscientes de lo que estaba a punto de acaecer: Marko Popovic, al borde del adiós a 21 años de una carrera que se acabaría instantes después. Luego llegaron los homenajes, la devoción de unos aficionados… con un nudo, que la garganta ya dolía. Él, que pretendía llevarlo con cierta naturalidad. “No quería acabar en ningún otro sitio. Quería acabar aquí, disfrutar de mis últimos días, charlando de todo lo que hemos vivido en los últimos cuatro años”.

Marko Popovic deja el baloncesto y lo hace en Fuenlabrada. No podía ser de otra forma para el ídolo perfecto. ¿Por qué perfecto? Su menuda estampa fue icónica en la ciudad al sur de Madrid, como un escudo. Para la Liga Endesa, uno de sus ídolos. Desde el primer momento, un equipo necesitado de una estrella, era consciente que la había encontrado. Sin embargo, más que la devoción que le profesaron, lo que creció en el Fernando Martín es el convencimiento que Popovic necesitaba una plaza como Fuenlabrada. Para lograr ser él mismo, líder y obrero, para guiar a unas huestes, lidiando entre el éxtasis y el drama, entre Copas del Rey y casi-descensos, sentir las emociones amplificadas como solamente se hacen en ese recinto. Y él puso más piel si cabe, para vivirlo más aún.

De esta maravilla de tirador, nos llegan sus primeras noticias en casa, en Zadar. Allí, hay un base de dos metros y un escolta de poco más de 1,80 que revolucionan la selección croata sub-18. Zoran Planinic y Marko Popovic sostienen a su selección, jugando en casa, en la final del Eurobasket junior en el año 2000, ante la mejor generación francesa de la historia: Tony Parker, Mickael Pietrus, Ronnie Turiaf, Boris Diaw… Excepto el actual base de los Hornets, todos ya retirados. Y es que son 21 años en activo, que ya son años.

Una tarde de septiembre, el teléfono sonó en las oficinas del Montakit Fuenlabrada. Ofrecían una estrella como Popovic. “Pero tengo el dinero que tengo” contestaba Ferrán López, director deportivo del club. No había problema, según aquel agente. Había salido muy satisfecho económicamente del Khimki, le gustaba la Liga Endesa y a su mujer, con una hija recién nacida, no le apetecía pasar más frío. Curiosamente, todo entre el relax vacacional y el semidesconocimiento de nuestro protagonista. “Cuando Zan Tabak y Ferrán López contactaron conmigo, yo estaba en un barco con un amigo. Tras el nacimiento de mi hija Amelia, fue cuando empecé a escuchar ofertas. Y la de Fuenlabrada fue de las primeras. Tabak fue clave para venir aquí.”. Azuzados por su agente, ya vemos. El asistente de Tabak entonces, Jota Cuspinera recuerda que “la frase que más veces escuché esos dos primeros meses en el pabellón, fue ‘dadle tiempo. Vosotros dadle tiempo’ porque llegó fuera de forma”. Y lo necesitó. En las tres primeras jornadas de aquel octubre de 2015, Marko juega 18 minutos, no llega ni a 6 puntos de promedio y lo más escalofriante, sus porcentajes se estancan en un 25%. Su transformación, hasta las vísperas de la Copa del Rey, donde los madrileños consiguen clasificarse gracias a un triple suyo en Zaragoza, fue la de convertir esos números en 17 puntos, 46,5% en los tiros de campo y 42% en triples, entre las jornadas 15 y 18. La victoria ante el Real Madrid y la lograda en Zaragoza, dieron para este club modesto, marchamo de grande, de equipo de Copa. Clubs de Euroliga entonces, tornan las miradas hacia él. Hay interés y consultan. Panathinaikos pone oferta en firme. Pero Marko, que tenía muchos tumbos y destinos a sus espaldas, posee además y desde años, su espina clavada de su discreto paso en Pamesa Valencia, por lo que decide quedarse y ser en nuestra liga lo que no pudo ser allá en 2003. El resto de la historia, ya la conocen.

Marko Popovic deja el baloncesto en activo. Nos deja un poco a todos y sobre todo, a Fuenlabrada. Sus ojos de veterano, de saber lidiar con los reclamos y demandas de los aficionados, han ido pasando al agradecimiento hacia ellos, a encontrar en este rinconcito su “lugar en el mundo”, a sentir como suyos los trozos de parquet desde donde se levantaba para anotar triples, para agitar los brazos y espolear a su gente. Donde elevaba al cielo el sentimiento de sus seguidores, que han sabido saborear día a día lo que es tener a un tipo así entre ellos, entre sus brazos y sus corazones, como el pasado domingo. Él ha sido el ídolo perfecto. Y bien estaría heredar ese sentimiento para futuros momentos de gloria en los años venideros, de arranques y remontadas imposibles, bajo los gritos y acordes desde las gradas, como una referencia ganadora, como un grito de guerra, de ese “¡Po-po-vic, Popovic; Po-po-vic, Popovic!”.