Juan Carlos Navarro, un canto a lo imposible

Juan Carlos Navarro, un canto a lo imposible

Antonio Rodríguez

Juan Carlos Navarro es levantarse del sofá de un bote -que hablamos de baloncesto-. Eso es Juan Carlos Navarro. Podemos buscar todas las metáforas, sinónimos y adjetivos a sus parabienes. Sin embargo, el mejor calificativo que podemos dar, es ese. ¿Recuerdan la final olímpica de Londres? A golpe de cada uno de sus triples, la Selección Española se mantenía en sus inicios por delante en el marcador ante Estados Unidos. ¿Cómo vimos toda esa sucesión? Era retar a lo imposible, superarlo… y no poder creerlo. Eso es Juan Carlos Navarro.

 

Icónico y grandioso. Con toda la sencillez que daba su talento. Tan sencilla como esta instantánea. La de un jugador que no parece jugador, la del hombre que no parece líder. Sin embargo, siempre mirando al frente, siempre liderando. Llegué a oír detractores decir que un jugador que es todo talento, que no había tenido el sacrificio como máximo exponente, no podía ser líder. Ya ven. Otros agoreros que, con la llegada de Dusko Ivanovic, pretendían ser agoreros “con un tipo como Ivanovic, lo va a pasar mal” y acabó liderando la nave blaugrana. ¿Cómo no iba a hacerlo en los mejores años de su carrera? Parece que con esa disimulada sonrisa burlona, quisiera responderles a todos.

 

Navarro ha sido el jugador de los tiros imposibles. Su legado más poderoso quizás haya sido ese, más acentuado que en cualquier otro jugador que hayamos conocido en Europa: que podía anotar de cualquier forma posible. Porque su físico obligaba a, consciente de sus limitaciones, anotar de formas imposibles. Y lo hacía.

 

De hecho, su tiro más conocido, el que quedará para la historia, es uno de ese tipo de tiros imposibles. ¿Saben que en Grecia, a esta jugada, lo llaman “bomba”? No se pueden ni imaginar lo llamativo que resulta oír comentarios griegos en un partido y de repente, cuando alguien lanza un tiro corto por elevación, el narrador televisivo canta “bomba” y sigue con su repertorio -inentendible para nosotros- heleno. Hasta ese punto. La primera vez que lo pudimos ver en directo, pensamos que era un accidente. A la siguiente, más asombrados aún, en aquel calurosísimo pabellón Rosa Mota en Oporto, miramos al de al lado para cerciorarnos que lo visto, era verdad. Era el tiro corto por elevación para evitar el tapón, a una pierna -que amplía la dificultad-, pero tres metros más atrás, a la distancia de una suspensión. Un imposible hasta ese momento. Dicen que hoy los chicos lo entrenan pacientemente. Les recomendaríamos que no lo hiciesen. A esa distancia, la suspensión corta es el tiro más efectivo del baloncesto. Y las cosas de los genios, son para genios. Pero este consejo caería en saco roto, porque en eso consiste el legado: se mantendrá, porque se intentará imitar hasta la saciedad.

 

Este gesto ha sido uno de los más gratificantes y más dolorosos en la historia del deporte del S.XXI. Vean su mecánica. Supuestamente, no es lo más ortodoxo o eso dicen ¡Qué necedad! Vemos un gesto instintivo, traído desde la infancia hasta nuestros días, con algún retoque de sus primeros entrenadores. Gesto correcto, no perfecto. Para nada académico, pero sutil en su ejecución, fácil y con la suavidad del genio. Como si lo hiciera un niño. Quizás de ahí la cercanía con ellos, la facilidad para hacerlo todo, lo que sueñan años antes de encarar infinitas horas de trabajo. Por eso se veían reflejados ante él, de una manera más nítida que ante cualquier otro. Sus caras en el campus que Navarro organiza a principios de verano, en Andorra, en este caso y cuando fuimos testigos, en 2011, era para verlas. Al final de la sesión de tarde, finiquitando los diferentes ejercicios, sobre aquellas canastas portátiles de pequeños y redondeados tableros, transversales a la pista, Navarro anotaba suspensiones, cada una un paso más atrás, ante la admirada atención de los niños. Y Juan Carlos se reencontraba con el infantil reto de enfrentarse a la canasta, a cada tiro, un paso atrás. Y otro paso atrás. La locura era ver el acierto y desde qué distancia. Y la naturalidad para hacerlo.      

 

Sus amigos, su escaparate. Horas de vivencias y experiencias ante los que posteriormente se llamaron juniors de oro y que posteriormente, cada uno diversificó su camino. Medallas de oro para ilusionar a un país que veía jugadores de “pico y pala” haciendo esfuerzos ímprobos por arrancar una medalla de plata en París ese mismo verano. Y lo más curioso es que, entre aquel grupo de chicos sobrados de talento, los picos y palas los utilizaban para posar delante de una cámara. ¿Recuerdan aquella fotografía de “Los buscadores de oro”? Metal precioso traído por otros medios con el juglar de Pedro Barthe, a los gritos en su micro.

 

Una camiseta con la inscripción de Navarro motivaba los sentimientos más profundos. Para fans y rivales. Muy marcados en todos los casos. Jugador que llegó a rozar la perfección, que dejando a su defensor atrás con su gran primer paso, se predisponía a… lo que fuera. Cómo en un cuerpo de un jugador sesentero, setentero, ochentero, triunfa. Pudiera haber sido compañero de Kucharski, de Buscató o Emiliano, de Epi o Margall. Pues tiene la desfachatez de aparecer en el siglo XXI, con un cuerpo del siglo XX y talento de siglo XXII.

 

Y ganar. Ganarlo casi todo. Conducir a ello con su carácter y abrazar trofeos. Uno tras otro. 8 ligas, 7 Copas del Rey, 2 Euroligas y una Copa Korac con el F.C. Barcelona. 5 oros con la Selección Española (tanto los 2 en categoría junior, como los 3 en categoría senior). 4 platas, 2 bendiciones olímpicas y otras dos masculladas con hiel en Eurobaskets y otras 3 medallas de bronce. Dejar huella no solamente en nuestra memoria, sino también en los libros de palmarés y reconocimientos individuales.

 

Ser defendido hasta el límite y no perder nunca la mirada hacia su objetivo: la canasta. Entre medias, toda la magia posible. Nunca olvidaremos en una entrada, sobremarcado por la selección USA que posteriormente arrasó en el Mundial de Turquía’10, no tener el más mínimo hueco ante los brazos de Tyson Chandler e inventarse un tiro a una mano con la izquierda, muy separada de cualquier sentido del equilibrio, contra tablero, casi irreal.

 

Juan Carlos Navarro nos deja. A pesar de los pesares, aquí le tienen, entre estandartes de números retirados y delante de todos, liderando la historia de su club, el F.C. Barcelona. El mejor de todos, el mejor de siempre. Su juego ha sido un canto a lo imposible. Como desde Endesa Basket Lover no podemos cantar, sirva este álbum al ídolo, al creador de sueños y toda la fantasía sobre una pista de baloncesto. Juan Carlos Navarro será por siempre una visión fascinante sobre el parqué.