Dino Radja, el toque final para un gran comienzo de Euroliga

Dino Radja, el toque final para un gran comienzo de Euroliga

Antonio Rodríguez

              Puede que a Dino Radja le doliesen ya demasiado las articulaciones de sus rodillas o que su maltrecha espalda le dejara dormir poco y mal. Pero el “seguir dándole” es una sensación que pretendía continuar exprimiendo. Sentirse útil en una cancha de baloncesto, poder regir los designios de un equipo, al menos en las zonas, era un deseo cuya ausencia sería más dolorosa que las consecuencias de su castigado físico. En este caso, optando por Olympiakos (todavía con “k”) como nuevo escudo, tres años después de ser campeones de Europa. Y aunque sus carreras ya eran limitadas y anteponía su sabiduría a la explosividad, seguía siendo Dino Radja. Y el escenario, por su relevancia, era inmejorable.

              El 16 de octubre del año 2000, un martes concretamente y en la Ciudad Deportiva del Real Madrid, se daba el pistoletazo de salida a la nueva Euroliga, regida por la ULEB, la Asociación de equipos que dieron la espalda a la FIBA, que sería buena traducción. Tras el cisma, las polémicas y las acusaciones, con un poco de baloncesto,   encontrábamos la tranquilidad perseguida y el aficionado disfrutaba del juego que quería ver. Era algo realmente atractivo esto de la Euroliga. A excepción de Efes Pilsen, Panathinaikos, Maccabi Tel Aviv y CsKA Moscú, que eran los cuatro grandes que se postularon como “amigos” de la antigua competición FIBA, la selección de los 16 participantes en años de “buenos dineritos”, de bonanza económica y fichajes de relumbrón, nos otorgaba ilusiones y esperanzas.

Con Olympiakos, en la primera temporada de Euroliga.

              Hoy, siendo la Turkish Airlines Euroleague la mejor competición que jamás ha existido en el Viejo Continente, de la que nos congratulamos de ella en cada una de sus jornadas, es curioso y agradable echar la vista atrás, recordar todo lo que intuíamos y confirmar que ha cumplido sobradamente con lo predicho. Pues sí, aquel Real Madrid-Olympiakos se adelantó dos días al resto de la primera jornada a modo de “premiere”. El campeón de la Liga Endesa frente a los históricos griegos. Y entre ellos, Dino Radja.

              Este pívot de 2,10 de estatura, que cumplió 53 años este 24 de abril, ha llegado a ser Hall of Famer, una de las distinciones más altas en el mundo de la canasta, sin ser estadounidense, lo que otorga más mérito si cabe. De sus inicios en la cantera de la prolífica Split, se ha hablado en infinidad de artículos. Líder interior de la mítica Jugoplastika, capaz de ganar dos Copas de Europa consecutivas hasta aceptar las mareantes cifras de la Virtus Roma, hemos de decir que ningún jugador alto en la historia del baloncesto europeo ha corrido la pista a la velocidad y coordinación que él hacía. Prototipo perfecto del ala-pívot noventero, con excelso juego de pies en poste bajo, maravilloso “touch” para tiros cortos, un grandísimo tiro en suspensión, todo eso con mayor o menor pulcritud, lo hemos ido viendo en otros jugadores. Sin embargo, nadie, nadie ha corrido la pista como lo él hacía, jugador de 2,10 comparado en velocidad con un hombre bajo y unas privilegiadas manos para poder atrapar balones por encima del nivel del aro y anotar sin en menos de un pestañeo. Sí, el Eurobasket de Zagreb’89 significó el engrandecimiento de la leyenda de Drazen Petrovic. Pero él también estuvo enorme. Y claro, todos los estadounidenses que estaban en las gradas y que veían ya una realidad en el inminente desembarco de todos aquellos jugadores en la NBA, suspiraban por este pívot de Split.

Dos juveniles Toni Kukoc y Radja, a orillas del mar Adriático.

              A Dino Radja, los aficionados de Boston Celtics tenemos mucho que agradecerle. En los peores años de la franquicia céltica, cuando mayores decisiones erróneas llegaron a tomarse desde su gerencia (M.L. Carr como entrenador, vive dios), él sostuvo aquella histórica nave con la mayor dignidad. Acompañado de un veterano Dominique Wilkins, pudo llegar a los Playoffs en 1995 (única ocasión en su carrera). Pero sobre todo, cuando peor venían dadas, cuando sus compañeros componían un plantel casi indigno para aquella NBA tan competitiva, apretó los dientes, corría más que nadie y se esforzaba como el que más: 19,7 puntos y 9,8 rebotes promedió en la temporada 95/96.

Un portento que tuvo bien claro que para competir al máximo nivel durante 82 partidos, al ritmo y exigencia de los mejores jugadores del mundo, su físico cada vez era más limitado. Y era el 100% o nada. Y por ello volvió su vista de nuevo a Europa, donde se jugaba a los 30 segundos de posesión más que nunca. Y dos tiradores históricos, uno en Europa, Lefteris Subotic como entrenador y otro en la NBA, Byron Scott como compañero foráneo, lo convencieron para regresar, en este caso al Panathinaikos.

              Dando luz al OAKA, fue vital para las dos ligas conseguidas en sus dos años de permanencia. Pero en la 98/99, que parecía el año señalado para el coronamiento como campeones de Europa tras la reciente adquisición de Dejan Bodiroga, la Fortitudo Bolonia les apeó en octavos de final. En el club buscaban alguien tan bueno, pero más sano y pensaron en el relevo natural perfecto: Zeljko Rebraca. Dino Radja, tras un curso en el Zadar de su Croacia natal, volvió a Grecia para debutar con Olympiakos en la apertura de aquel invento tan coqueto, como era esta Euroliga.

              Superar a los pívots por velocidad, ser el rey de las fintas, correr como el mismo demonio la pista, es algo que aportó belleza al baloncesto. Radja, en sus últimos días como jugador, dio el testigo a las jóvenes promesas de esta competición recién nacida, como relevo generacional. Un ‘yo he hecho mucho por el baloncesto de este continente, ahora os toca a vosotros’ que bien debe ser consciente esta competición.

Muestra de sus carreras y contragolpes, este en el Eurobasket del 89.