Fenerbahçe, la tragedia de las lesiones

Fenerbahçe, la tragedia de las lesiones

Antonio Rodríguez

Porque lo de Fenerbahçe en esta Final Four, ha sido de las historias más dramáticas que hayamos podido ver en los últimos años. A lo largo de la temporada regular en esta Turkish Airlines Euroleague ha batido récords: han sido el mejor equipo de la historia, con 25 victorias y tan solo 5 derrotas, que ni desde que se ha instaurado la liguilla de todos contra todos en 2016, ni anteriormente, si miramos porcentajes de victorias y derrotas en otros formatos, se había igualado. Y llegar a esta Final Four sin sus dos pilares fundamentales, el bregador de las zonas Joffrey Lauvergne y el más que importante Luigi Datome, junto y para colmo, el hermetismo con el que han protegido las lesiones de Nikola Kalinic y Jan Vesely, evidenciaron que solamente tapaban los peores presentimientos: que estaban muy por debajo de sus posibilidades físicas. Muy por debajo.

En la Final Four de Vitoria, ver a Fenerbahçe fue como ver a un águila sin alas. Su porte y presencia, los protagonistas de tan gloriosa temporada regular, eso sí, les teníamos delante. Pero estaban indefensos. Ver evolucionar, en cambio, al checo Jan Vesely era doloroso: apenas podía saltar. Sus compañeros le veían ganar una posición en la zona y le soltaban el típico pase de “alley-oop” que suele reventar en el aro, cuando apenas podía alcanzarlo. Balones que él hunde violentamente bajo el aro, se transformaron en tiros cortos cargados de incertidumbre. Y eso que estuvo muy correcto, con 14 puntos, usando las suspensiones más de lo habitual, cuando su propuesta natural y habitual es un bote y para adentro. Junto a él, Datome y Kalinic son el secreto de todo aquello que en la previa hablamos, sobre ser la mejor defensa exterior de toda Europa. Su movilidad, sus condiciones y su inteligencia, hacían dar tal cerrojazo a los ataques rivales, con sus fintas defensivas, sus cambios de asignación, sus recuperaciones bajo el aro, que no había forma de echarles mano. Nada de eso vimos en la tarde del viernes ante, curiosamente, el ataque exterior con más mordiente de toda la Euroliga.

Zeljko Obradovic, al margen de algunas broncas, se delató como más abandonado a su suerte que exigir conscientemente a sus pupilos. Era el primero en asumir que, con esos mimbres, no podía combatir en igualdad de condiciones. Kostas Sloukas, Marko Guduric, Bobby Dixon y Erick Green (que para lo bien que estuvo en semifinales, con 13 puntos en 21 minutos, ya es mala suerte su lesión en el partido del tercer y cuarto puesto), por sí solos, no podían ante lo que se les venía. La peor suerte en el peor momento. De ser un equipo modélico en su disciplina y su orden, en su trabajo de pases y rotaciones permanentes, a estar tan mermados que dolía verles o mejor dicho, no verles lo que en circunstancias normales pueden hacer.

Obradovic no confió en Duverioglu y mantuvo, aunque fuese arrastrándose, a Vesely más de 30 minutos en pista. Nicolo Melli no brilló y menos, cuando los márgenes de sus vecinos rivales en el electrónico, aumentaban hasta convertirlo en misión imposible. Fue el momento en el que el rojo bermellón de la cara de Zeljko desapareció, se sentó en el banquillo, su tono volvió a la normalidad y esperó a que la tortura finalizase.

Y esa fue la muestra del tres veces finalista de forma consecutiva en los tres últimos años de la Euroliga: intentarlo, conscientes que no podían. Nos quedaremos con los grandes partidos que han tenido en liga regular y esperar a una siguiente temporada. Pero está claro que ante esta tragedia, poco más se podía hacer.