CSKA Moscú, el triunfo del 'small ball' a la europea

CSKA Moscú, el triunfo del 'small ball' a la europea

Antonio Rodríguez

Fueron los mejores en el evento del año y por ello, CsKA Moscú se proclamó campeón de Europa 2019. En la Final Four vitoriana de la Turkish Airlines Euroleague, los hombres de rojo levantaron el trofeo. Supieron abordar la presión del torneo, de los rivales y de un nombre que lleva implícito muchos millones de petro-rublos detrás. Dimitris Itoudis, su entrenador, volvió a coronarse por segunda vez (la primera fue en Berlín’16), porque contó con una serie de jugadores de excepcional calidad, que supieron, con trazo preciso y sin borrones, operar en pista con la tinta, la escuadra y cartabón hasta dejar un dibujo perfecto. Justo lo que se pretendía desde el banquillo, lo que se desafía a afrontar en los libros.

El triunfo del CsKA Moscú significa a grandes rasgos, el triunfo del tan cacareado hoy día “small ball”. Que no se trata de liarse a tirar triples con todos abiertos, sino que todo lo que se genera en el juego, venga de parte de la línea de exteriores, de los pequeños que implantan una manera de crear y ejecutar a todo el conjunto. Que luego pueda haber hombres altos que superen los 20 puntos, por supuesto. Pero que todo ello venga dado por los componentes de su perímetro.

Dijimos en la previa que, un trío como Nando de Colo, Cory Higgins y Sergio Rodríguez, no existe en Europa a tan alto nivel. Y si ellos mandaban, muy probablemente serían los campeones. En este caso, bien acompañados por el trabajo de Daniel Hackett y la gran sorpresa de esta Final Four, el nombrado MVP, Will Clyburn, capaz de anotar en la final un 4/6 en triples desde la posición de ala-pívot, remarcándolo en momentos puntuales, cuando llegó con un 34% a Vitoria tras los 38 encuentros previos. El mismo lío que hizo a Randolph en semifinales, lo repitió a Moerman. La circulación de balón, las entradas a canasta, el tener dos y tres opciones claras de pase, la paciencia y marcar el tempo y control de partido, lo lideraron más minutos que nadie. Desde el último cuarto en semifinales ante el Real Madrid hasta la finalización de la gran final, fue todo discurrir en esa balsa. Y eso marcó las diferencias.

En el último encuentro de la temporada, vieron cómo Anadolu Efes cometió el pecado de creer que podía afianzar su juego en la explosión ofensiva del uno contra uno, tras unos primeros minutos mágicos de acierto. El primer cuarto fue una locura de juego y anotación (29-20). Shane Larkin (el mejor jugador de esta Final a cuatro) y Vasilje Micic volvieron loca a la defensa moscovita. Sin embargo, los rusos, jugando con la misma baraja del ‘si de meter puntos se trata, allá vamos’, les sacaron 9 de diferencia. Ergin Ataman, entrenador de Anadolu Efes, con más fuerza y mayor urgencia que Dimitris Itoudis, planteó a sus jugadores entre cuarto y cuarto el “¿qué es eso de defender solamente en uno contra uno?” viendo la calidad reinante en pista. Se tensaron amarras y con nueva disposición defensiva, el marco cambió (15-12 fue el parcial en el segundo cuarto).

A diferencia de lo realizado por el CsKA, los turcos seguían apilando monedas en las casillas de la inspiración individual, del talento intrínseco de sus jugadores para pensar, evolucionar y ejecutar. Y sí, asombraron (sobre todo Shane Larkin, con 29 puntos), pero un 2/9 en triples de Micic les hizo no llegar. Su valía está fuera de toda duda, pero hay tardes y tardes. Y el acierto de los otomanos en los triples se quedó en un 11/30 (36,7%), en la mayor parte de los casos tras un bloqueo directo, mientras que el de los moscovitas se disparó hasta un 14/22 (63,6%), con el bonus de un manufacturado trabajo de movimiento de balón anterior al tiro.

Entre todo ese protagonismo de la línea exterior en los rusos, Othello Hunter y Kyle Hines (porque el papel del otro pívot, Joel Bolomboy, se redujo a seis minutos en toda la Final Four) hicieron el trabajo acostumbrado, de sacrificio, dureza, concentración y sobre todo, conocimiento del juego para ser el pegamento defensivo en todos, compitiendo con torres mayores. Y es que ser inteligentes, por encima de la condición atlética y estatura, cada vez tiene mayor valor aquí, en el baloncesto que gusta jugar en Europa. ¿Recuerdan a Maceo Baston en Maccabi o a Michael Batiste en Panathinaikos? En este caso, los dos símbolos en la zona del CsKA: un reserva de Greg Oden en Ohio State y un pívot enano desde la pequeña North Carolina Greensboro, se han encumbrado en Europa siendo vitales. Uno, usando el trampolín del equipo ACB con menor presupuesto de la historia, el Blancos de Rueda Valladolid 12/13 y el otro, desde el modesto Prima Veroli italiano, de Lega Due. La calidad, como sea, florece y su inteligencia y constancia, les ha servido para ser cotizados en el Viejo Continente y que su marca sea sello de éxito.

Férrea disciplina en defensa y en ataque, cuando tocaba plantear el juego desde el 5 contra 5. Porque los hombres de Itoudis han tenido otro registro, pues son uno de los planteles que más han corrido en toda esta Euroliga. Dejar la impronta de ser peligrosos a los 7 segundos de posesión y a los 23. Una tarjeta que provocó la derrota del Real Madrid y el no fallar en la finalísima, para proclamarse nuevamente campeones de Europa. Merecido y trabajado. Para la historia quedará las canastas en el momento oportuno y la pureza de fundamentos de Nando de Colo, que miren que ya hemos visto baloncesto y nos sigue dejando con la boca abierta. La anotación de Sergio Rodríguez para quedar campeón de la Euroliga con un segundo equipo y con el carisma de un tipo, tan silencioso como matador, de elegancia infinita, llamado Cory Higgins.

Con “small ball” al modo y forma europeo, este CsKA ha alcanzado un lugar en la historia. ¡Enhorabuena!