El Real Madrid, de nuevo en la Final Four

El Real Madrid, de nuevo en la Final Four
Facundo Campazzo, determinante en la serie.

Antonio Rodríguez

Estaban todos alineados llenando un pequeño pasillo, ataviados de sus chándal y mochilas, con la despreocupación que da tener 17 años y la satisfacción de ganar el encuentro que acababan de disfrutar. Mientras nosotros esperábamos entrar en la oficina, recién llegados, a recoger nuestras acreditaciones, vistos cara a cara aquellos chicos, parecían ser bajitos para un equipo de baloncesto de nivel internacional. Todos con el marcado escudo de la selección argentina en sus pechos. Al día siguiente, cuando ya desde las gradas, tuvimos ocasión de verlos, el más pequeño de todos, también de los más dicharacheros, era el exponente de aquel grupo. No llegaba al 1,80 de estatura, pero era rápido. No era un consumado tirador, pero en palabras de los españoles que nos citábamos en las gradas, “el cabrón es duro”. Como sus compañeros, era todo un gladiador. Facundo Campazzo atizaba una y le devolvían dos. A la siguiente daba una más de las que recibía. Y a seguir en la batalla. Los neozelandeses no sabían la forma de frenar el ímpetu de aquel base. Alguien, repasando la guía, alzó la voz “pues hoy cumple 17 años”. Era 23 de marzo de 2008.

Facundo Campazzo, en el OAKA, volvió a adueñarse de la pista y de todo lo que pasaba en ella. 16 puntos, 10 asistencias y un triple que dio la puntilla final, solo muestran unos números ya por sí notables. Finalizado su trabajo, con el balón en su poder, fue a estrechar la mano a Rick Pitino, como muestra de respeto y cerrajón a la serie: el Real Madrid se había impuesto 3-0 al Panathinaikos, en los cuartos de final de Euroliga. Los blancos habían culminado su pase a la Final Four de Vitoria con una sobresaliente actuación, derrotando a los helenos en su afamado OAKA, por 82-89. Un recinto muy hostil, que en esta ocasión fue más amable que nunca, ovacionando a los suyos en los últimos segundos del encuentro, reconociendo el cambio de rumbo de los dos últimos meses y el esfuerzo por acumular tantas victorias como para merecer estar en los Playoffs.

Campazzo ha sido amo y señor, como único base puro en el plantel madridista. Sus números dicen poco para todo lo que ha hecho. A Rick Pitino le ha traído en jaque, pues el daño que siempre ocasionaba atacando el centro de su defensa, rompía cualquier coraza que pudieran disponer los helenos. Cuando se sentaba y debía ser Prepelic el director, ni la circulación ni la agresividad era las mismas y había que buscar el recurso de mayor movimiento de balón por el exterior y el daño, no era el mismo. En defensa se ha tenido que ocupar de bases y escoltas, pues la estrategia impuesta por Pablo Laso, de poner a Jeff Taylor durante muchos minutos en la marca de Calathes, diversificaba las asignaciones. Daba igual para el argentino. Ha brillado como la estrella que es.

Los hombres de Laso han estado más que notables durante los tres partidos de la eliminatoria, como para finalizarla por la vía rápida. A excepción de los últimos minutos del primer enfrentamiento en Madrid (75-72), en el resto han tenido una capacidad de concentración y ejecución que, simplemente nunca les dieron opciones al rival a ser ellos mismos. Porque Panathinaikos ha estado sin rumbo en la mayor parte de las ocasiones. Desde el minuto 1 hasta el 40 en el segundo envite de Viernes Santo (78-63) y superados en ritmo y en sensaciones en su propio recinto atenienses, incluso cuando iban por delante en el marcador.

La hombrada de ganar en el imponente OAKA 

Minimizar al rival

El Real Madrid supo ver que la estructura rival de un base estrella, Nick Calathes, junto con unos pívots que culminan, Iannis Vougioukas y James Gist, son el inicio y el final de su contrincante. Y frenando la aportación de ambos (algo muy fácil decir) les haría perder cualquier continuidad. Todo lo demás, serían arrebatos puntuales, como la gran actuación de Keith Langford en la primera parte del encuentro inaugural, como la de Matt Lojevski anoche (16 puntos) o Deshaun Thomas en toda la serie (con 12 puntos, el máximo anotador verde en estos playoffs). Pero la raíz fue extirpada y matada su solidez. Rick Pitino desesperó en la banda por la falta de acierto en sus jugadores (37,7%  en tiros de campo, a lo largo de toda la serie).

Primeramente, porque Nick Calathes en su afán por aportar algo, viendo que con la defensa blanca dejaba huérfanos a sus compañeros de buenos pases, se dedicó a tirar más de lo habitual con un porcentaje pírrico (12 de 46 en toda la serie, un 26,1%). Y a continuación, porque ni Keith Langford, quizás el jugador con más talento en ataque, vio recursos ante la defensa blanca (cuando quiso decidir, se topó con Campazzo el primer día. Y es solamente un ejemplo), ni el resto para atacar las posiciones interiores, que supuestamente era donde querían hacer daño, a pesar de los honestos esfuerzos de Vougioukas y Thomas.

Con esta acumulación de males, se les obligaba a defender casi a la perfección para igualar la contienda. Y tampoco ha sido el caso. Porque el despiste de Georgios Papagiannis -ojo, a estos niveles- es muy grande, como para ser alguien determinante en la zona. Todo lo bien que lo ha hecho Walter Tavares, en el gigante griego se transformaban en errores de colocación que hacían ver a su entrenador notorios ataques de enfado. Eso, o acordarse de la frase de DeMarcus Cousins el día que eligieron al griego en el número 13 del draft en 2016 por su equipo de entonces, Sacramento Kings, con el “Señor, dame fuerzas”. En su pugna personal con el caboverdiano, es que no hubo color, lo que habla muy bien de los clubes de Liga Endesa que han trabajado con él.

Real Madrid, toda una sinfonía

Fueron muchos los soportes en los que el Real Madrid se apoyó para ser superior. Para nosotros y junto a Campazzo, uno en concreto: Jeff Taylor. Magnífico en toda la eliminatoria. Intuíamos que pudiera ser un arma elegida por Laso para defender a Calathes, que fagocita todo el juego en los suyos. Y no nos equivocamos. Estuve formidable atrás para negar al base o cualquier otro que se dedicó a marcar. Y en ataque, al margen de su patentado tiro desde la esquina, su fortaleza física para arrancar en uno contra uno, nos dejaba con la admiración en la boca. Hacerlo con esa facilidad ante un hombre NBA, con físico NBA, como Sean Kilpatrick y culminar las canastas, es para cerrar el círculo del halo casi celestial en el que se vio envuelto el sueco.

Jeff Taylor, todo un talismán para los blancos. 

Walter Tavares estuvo brillantísimo en defensa, porque su gran concentración le hizo saber recuperar su posición en la pintura cuando había terminado su tarea de atemorizar en el exterior a sus salidas. Tiene ya esa maestría de saber cuándo dar miedo a siete metros del aro y cuándo recogerse y volver a sus tareas habituales. El tapón que ayer colocó por detrás (y que tuvo que ser revisado por los árbitros en el Instant Replay, más por incredulidad que otra cosa), fue sublime. Gustavo Ayón tuvo sus minutos deliciosos, finalizando lo que Campazzo iniciaba. Trey Thompkins sacó esa alfombra de seda que suelta hasta el aro y cuyo caminito ya conoce el balón. Y Rudy Fernández, con su actividad defensiva, también ha sabido para a jugadores con físicos privilegiados (Kilpatrick, Langford o Papapetrou).

La estrategia de Rick Pitino era “que nos ganen desde fuera, a ver si pueden”. Pero no supieron retener a los de dentro. Y la muestra de estar con el foco puesto en el objetivo, de no lamentarse por lo anterior, la dio Anthony Randolph, que en un aciago día de 1 de 6 en triples, anotó el último para hacer ver entre las gradas del OAKA, que aquello lo iba a ganar el Real Madrid en los minutos finales. Porque han sido los mejores de cabo a rabo y nadie se acordó de Sergio Llull, hasta que lo veían con su gorra azul al fondo del banquillo. Tendrá que ser en la siguiente cita, porque Vitoria espera para la Final Four.