Un Barça Lassa de varios registros

Un Barça Lassa de varios registros

Antonio Rodríguez

La papeleta de ayer del Barça Lassa en el Palau Blaugrana era complicada. Olviden la actual clasificación de Zalgiris Kaunas en la Turkish Airlines Euroleague. Piensen al modo y manera de hace 12 meses, pulsen el interruptor mental del equipo que el año pasado fue Final Four y que, bajo los acordes de las broncas de Sarunas Jasikevicius en la banda, siguen, hoy día, jugando como los ángeles. Con su sincronización defensiva y ofensiva, digna de un elitista ballet clásico. Sí, Saras abronca, pero no culpa. Porque a nadie se puede culpabilizar que, con lo que tienen, puedan fallar una suspensión cuando se creía fácil o que alguien “vuele” por encima de ellos y se sientan impotentes.

Zalgiris Kaunas puede volver loco a cualquier rival. Añadan su legión de cientos de aficionados que se agolparon en las gradas del Palau, donde vitoreaban y arengaban cualquier canasta con la misma intensidad que los locales… que, por cierto, aceptaron ese reto y fue uno de los ambientes más maravillosos que hayamos visto esta temporada en Euroliga, con el dulce estruendo a cada canasta, sea local o visitante.

El Barça de Euroliga, a escena

Por ello, los azulgranas, que no quieren perder comba del cuarto clasificado, Anadolu Efes, máxime cuando sabían de minutos antes, habían derrotado en Estambul a Herbalife Gran Canaria, salieron a instaurar un guion, el personal de sello intransferible. El de las 6 victorias en las últimas 8 jornadas, con ingredientes ya casi recitados en Can Barça. El forzar el juego en la pintura, receta de puchero a fuego lento con el que han ganado muchos encuentros, necesitó de unos minutos para dar resultados, con Ante Tomic protagonizando las primeras canastas (11 puntos, 5 tiros sin fallo, 6 rebotes y 3 asistencias) y Kevin Seraphin a continuación (12 puntos, 5/7 en tiros y 6 rebotes), siendo tal dúo por separado, reyes de sus imperios en tales dominios. Sin grandes moles enfrente que pudieran obligar a tiros más forzados, marcaban el paso. Y vertebrando el juego, como repartidores de cheques gourmet, a partir de ahí, todos comen. De ventajas adquiridas, sueltan el balón y todo es más fácil. Porque ambos pívots tienen la maestría como para saber jugar ante el acecho de ayudas y defensas de la movilidad característica de los lituanos. Y verlos soltar el balón con tal dulzura a dos metros del aro, que anoten dominen, es un regalo para el aficionado.

Es algo con lo que Svetislav Pesic cuenta e insiste en ello. Su cocción de puchero no ponía objeciones a ir debajo en el marcador hasta el empate a 25. Sale Pierre Oriola y la intensidad sube un peldaño más. Tanto como para remarcar el parcial de 11-2 y llegar al descanso con un 45-38, aclaratorio de las parcelas que cada uno domina. Claro, que con los vaivenes de esta competición, toca coger el bloc de notas y usar lo que en otras jornadas funcionó.

Porque el tercer cuarto, las acciones del base estadounidense Nate Wolters (15 puntos) o los triples de Arturas Milaknis (17 puntos y 5/8 a lo largo del choque), engulló a los azulgranas en una especia de tifón, espoleado por los aficionados de camisetas verdes, hasta un 60-62 con el que acabó este período, tras recuperarse de un 48-38. Los mejores minutos, el baloncesto de Zalgiris expuesto en su máxima expresión, sobre el tapete. Los rebotes largos eran lituanos (8 ofensivos) y sobre todo consiguieron lo que no pudieron hacer en toda la primera mitad: correr. En sus quintetos, pueden hacerlo los cinco en pista (incluyendo pívots como Brandon Davies y sobre todo, Aaron White). Pesic consulta sus notas. 

El triunfo, a la fuerza

Ya no funcionaban los pívots dominadores de la primera mitad. La paranoia de circulación de balón y jugadores verdes, esa suerte de los rebotes que iban a cualquier lado de la pista, preferentemente capturados por los visitantes, debía ser contrarrestado. Y Pesic lo hizo. Dejó a sus dos “centers” en el banquillo y volvió a jugar con el trío de ala-pívots Singleton-Oriola-Claver (porque a Claver lo hemos visto jugar así en otros momentos), junto con Adam Hanga.

Hay jugadas que se graban en la psique de los protagonistas en pista, que de una forma involuntaria y no controlable, les marca. Wolters, de cuyas 7 asistencias, muchas fueron en rápidos y certeros pases de “alley-oop”, ve cómo Pierre Oriola corta uno de ellos, un balón bombeado muy arriba, para sacar el consiguiente contragolpe. Y sobre todo, ese saque de banda en el que arriesgan a dar a White, con Adam Hanga presto en defensa. Una maravilla de acción en la que el húngaro extiende el brazo para cortar el pase, sale corriendo en desventaja con el rival, tirarse al suelo como un depredador en pos de una posesión y haciéndose con ella, gesto que supondría mucho más que esa única posesión. Porque tras cerciorarse que tenía el balón controlando, botándolo incluso estando en el suelo, logró levantarse y encaminarse hacia canasta para anotar, con un consiguiente rectificado forzado por la fuerte oposición. De esas jugadas que marcan entre el aficionado, pero sobre todo entre los protagonistas en pista. Con ella, el 75-68 a falta de 01:10, situación irremediable y encuentro sentenciado.

Adam Hanga voló por encima, donde los jugadores de Zalgiris Kaunas no podían llegar y la fuerza del azulgrana podía tener premio. Hanga y Oriola pusieron el umbral físico tan alto, que los lituanos ni lo avistaban. Era la fuerza diferencial. En el momento y en la situación oportunas. El abanico de posibilidades, la cromática y registros de este Barça Lassa, otorgó el premio de la victoria 78-72. Laboriosa, exitosa y para quienes los teníamos delante, tras un enorme espectáculo. Ya son 7 de 9 y con el foco puesto en la cuarta posición, la que otorga el factor cancha en los cuartos de final. ¿Volvemos a hacer el ejercicio de pensar en este equipo y su situación hace un año?