Una Copa para no olvidar

Una Copa para no olvidar

Antonio Rodríguez

Informaciones, comunicados, contracomunicados… y más polémica. No sería baloncesto si no la hubiese. No sería deporte profesional si no se alimentase en los medios. Y en el siglo XXI, lo que sí hay son medios de expresión social. En fin, que en Endesa Basket Lover hemos preferido esperar al martes, al día después del día después de todo, para referirnos a esta Copa del Rey 2019 con calma, por una razón obvia. No es cuestión de girar la cabeza y ver lo que tenemos inmediatamente detrás, con los ramales de pinchos puntiagudos que acabamos de pasar. Es más cosa de acabar de subir el montículo, sentarnos en el pasto y divisar el extenso prado. Que es una hermosura.

Sobre un maravilloso récord

Miren que algo nos olíamos. En la mañana del jueves fuimos testigos en el pabellón de Canal del entrenamiento matutino del Divina Seguros Joventut. Más relajado que el de día de partido a puerta cerrada del viernes, vimos a unos jugadores divertirse, reírse, entre demandas de un entrenador en ejercicios de transiciones que hacían retar y disfrutar del infantil “¿y ahora, eres capaz de …?”. Desde eso, hasta el “¡toooooma!” de Carles Durán en el vestuario tras la victoria ante KIROLBET Baskonia (89-98), medió un excelente partido en los verdinegros y una de las exhibiciones individuales más increíbles que jamás hayamos visto en una Copa del Rey (que, regidos por la estadística de valoración, es la mejor).

Los 36 puntos de Nico Laprovittola (12/17 en tiros de campo, 4/6 en triples y 8/8 en tiros libres) arrastraron tras él un increíble 58,6% en tiros de campo y 9/17 en triples colectivo, rematando una actuación que tanto bien hace a la Copa del Rey. Cuando un recital individual sobresale de esta forma, se encuentra un referente en lugar y persona en la historia de la competición. No era un asunto de ser una máquina de anotar, que para ello sí tenemos a los ex caístas Mark Davis y Leon Wood, con 44 puntos como récord. Es sobre esa maravillosa facultad de un director de juego, de llegar a dominar todo lo que pasa en la pista mientras está él (+25 puntos de diferencia). Verse perseguido por los rivales mientras tenía el control de la pelota hasta soltarla en las circunstancias más adecuadas, la templanza del toque en tiros cortos, poner su cuerpo para molestar en el momento preciso a Vildoza, en clara optimización de esfuerzos cuando estaba fatigado y envolver a todos sus compañeros en esa aura de acierto y sobre todo, de credibilidad, nos sumergió a los aficionados en un mundo de Peter Pan, en el que todos a su alrededor, podíamos volar.

 

La imagen del sacrificado, captada para siempre

Para unos, exagerada. Para otros, necesaria. El momento en que Txus Vidorreta se postra de rodillas en la banda, brazos en alto, reclamando clemencia tras la protestada falta de Nico Brussino en semifinales, es de las imágenes que pueden llegar a definir una Copa del Rey. Junto a multitud de fotógrafos, las cámaras de las retransmisiones de Movistar+ capturaron el momento y lo difundieron en directo. Era otra guirnalda en la cobertura televisiva, magnífica un año más. El uso de la tecnología en diversas cámaras, para llegar a contar la historia que se desarrollaba en cada encuentro, fue obligación y así se hizo llegar. Y junto a la información, hacerlo estéticamente atrayente a modo de rúbrica.

Un efímero gesto justifica retransmisiones (el plano del ojo hinchado de Rudy Fernández una semana antes). Este es el mismo equipo que, por ejemplo, en la edición valenciana de Copa del 2003, captó el llanto y el lamento de toda una ciudad al ver perder en cuartos de final a su equipo, en la figura de la esposa de Fabricio Oberto. Cerrándose exclusivamente en sus ojos, enormes, llenos de lágrimas, derramando decepción infinita, la imagen contó con tal fuerza, que abrió el informativo de Canal 9 al día siguiente. Esta vez le tocaba a Vidorreta, en lo que pensábamos el sábado, pudiera ser la imagen de esta edición de Copa. Equivocados que estábamos.

 

La facilidad de niños virtuosos

La Minicopa Endesa, ese fetiche que amplios recintos ya demanda, ante la solicitud de aficionados por presenciarlo en directo. Niños con cuerpos privilegiados, que no por ello, dejan de ser niños. Y siempre sorprenden por la tan manida expresión de “desparpajo”. Frescura en su baloncesto y libertad desde sus entrenadores, clave maravillosa para dejar hacer, para hacer disfrutar. Y entre ellos, un ejemplo más, escojamos al MVP de esta edición, el escolta suizo del Real Madrid, Kaya Shona Mutambirwa. Asombro de ver en sus pies, movimientos ya mecanizados, con una sincronía en todo lo que va a hacer, asombrosa. Hace poco un entrenador de élite en Madrid me confesaba que “yo soy partidario de enseñar con la rigidez del reglamento de toda la vida. Lo del ‘paso cero’ y sus ventajas, ya lo aprenderán más adelante”. Y Kaya Shona es un ejemplo que refuerza esa línea en la mentalidad del entrenador. Verle las paradas en un tiempo para las suspensiones, los reversos dentro de un cuerpo grande y virtuoso, con un equilibrio preciso en sus perfectos apoyos, le daba ese aire de lenta elegancia en jugadores mundialmente conocidos como Steve Smith.

En la Minicopa Endesa hay que disfrutar de sus protagonistas, sin tener por qué hacer el exhaustivo -y exhausto también- ejercicio por adivinar quién llegará a la élite y quién no, muy dado en nosotros. Acentuar nuestra capacidad de sorpresa y fascinación delante de tales peques, es el equivalente al disfrute con ellos. Ver lo bien que han trabajado desde ciertos clubes, buscando en ellos lo máximo que puedan dar, es a lo que sus protagonistas pueden aspirar y nosotros, a recrearnos del “cómo son capaces de hacer eso”. Una vez más, la Minicopa atrajo la atención.

 

Quedada en la plaza Basket Lover

Gran acierto de Endesa, abanderando la importancia de los valores Basket Lover, en remarcar la plaza de Santa Ana como punto de encuentro de aficiones. Recordamos que en la Copa del Mundo 2014, la sede madrileña como fase final, vivió la llegada de aficionados de todo el mundo, pero no completaron un ambiente condensado en ciertos sitios para tener esa idea de vestir la ciudad de baloncesto. 

Sin embargo, sí que supimos que en la céntrica plaza de Santa Ana se congregaban muchos de ellos. Se tomó nota y se eligió, junto al Barrio de las Letras como “kilómetro cero”. Punto de encuentro de aficiones, lo que allí se congregó en la matinal del sábado fue fantástico. El hermanamiento de todas ellas, hace distinción de la Copa del Rey sobre cualquier otra competición, de albergar tanto dentro como fuera de la cancha a las ocho aficiones, cuajó entre fiesta, charanga y al brindis de una cerveza. Sigamos orgullosos de ello.

 

La fiesta de la final, hasta su final

Hablando de orgullo, el broche se puso en su último capítulo. Y debemos enorgullecernos de haber presenciado una gran final que, con los últimos segundos de polémica, parece hemos olvidado. Del nivel de intensidad que ya se puso en la primera mitad, se esperaba una igualdad máxima, juego aguerrido y una extensión a lo presenciado en los 20 minutos iniciales. La segunda mitad sí que entrará en la historia. La locura colectiva en la que se vio inmersa la afición del Real Madrid, viendo a los suyos anotar casi todos sus tiros, coger rebotes ofensivos imposibles y volver a anotar, frente un impotente rival, fue como un huracán teñido de blanco que pareció sentenciar esta gran cita. Los gestos de Llull, de Campazzo, un brazo hacia el infinito de Ayón para capturar un rechace que se perdía y anotar bajo el aro, eran estallidos de unos minutos gloriosos de baloncesto. Un 14-0 de parcial y un 59-41 en el electrónico en el minuto 29, que visto lo acaecido anteriormente, parecía insalvable, era el escenario con el que se iniciaba el último cuarto (exactamente un 61-46).

Que Sergio Llull regresara del vestuario poco después de su marcha, tras cerrar su brecha en la cabeza con un “¿qué ha pasado?”, al ver el choque igualado, es la única forma de mostrar el asombro ante un 0-17 repleto de triples en dos minutos y medio aproximadamente de los azulgranas. Con Claver lanzado y liderando, con Oriola acertado y Thomas Heurtel ganando la mano en la partida a un impensable MVP, que se iba cociendo en aquel momento. La dureza mental del Barça Lassa convirtió todo aquello en un 61-63. De locos.

Un tiro libre fallado de Campazzo, otro de Claver… y Sergio Llull haciendo de Sergio Llull. Algo más de 4 segundos fueron suficientes para una canasta que forzase la prórroga (77-77). Porque era lo pretendido. No hacía falta un triple y ganar. Parecía que todos latían al ritmo de una sensación de búsqueda del empate, que “en la prórroga, no salen vivos”. Pues sí, salieron. Porque lideraron el marcador, porque Tomic, el Tomic que ganó en Barcelona con el Real Madrid una Copa, estuvo sublime y martilleando, hasta que lo vieron ganado, restando 15 segundos y con 87-92 a su favor.

A partir de ahí… Todos vimos lo sucedido y confesiones de “errores graves” arbitrales, tanto del presidente de la ACB, Antonio Martín, como de la Asociación Española de Árbitros. Nos viene a la cabeza aquella célebre frase de López Iturriaga del “sólo faltó sexo, porque hubo de todo”, explicando uno de los mayores escándalos en la historia de nuestro deporte, la final liguera de 1984. En la noche del pasado domingo, todos los ojos puestos en la polémica. Bares repletos, viendo en sus televisiones imágenes de baloncesto en programas donde esencialmente suele primar el fútbol, ya ven. O blanco o azulgrana. El aficionado y el no aficionado, opinan.

Todo quedará en libros de historia. Es lo que ha sucedido siempre. Recuperaremos esta polémica al final de temporada, cuando el año acabe y cuando vuelva una nueva edición de la Copa del Rey. Como también habrá un día en que alguien bata el récord de Laprovittola, den una sorpresa mayúscula como la Penya ante Baskonia, recordaremos los niños de esta Minicopa cuando despunten en profesionales, la televisión nos muestra en segundos concentrados otra nueva “imagen” explosiva y sigamos diciendo “qué bonita es la Copa” cuando volvamos a vernos engullidos por las calles, de aficionados de todos los colores. Porque esto es así. Para no olvidar.