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Mundo Basket
 
 
MOMENTOS ÉPICOS: “SAN RICKEY BROWN”
por Antonio Rodríguez 3 de Mayo, 2017

Final Copa de Europa 91/92: PAOK Salónica 63-65 Real Madrid (17.03.92)

“Siento una satisfacción muy especial. Este triunfo me produce un sentimiento muy fuerte y demuestra que no sólo se juega por dinero, sino para vivir situaciones tan intensas como ésta. En la última jugada, Mark falló el tiro libre y Fassoulas dudó al pasar el balón. Ahí estaba yo para para cortar el pase y lanzar. Nunca podré olvidarlo. ¿A quién dedico el título? A mí mismo. ¿Por qué no?

1992 quedará para los anales de la historia en nuestro deporte. Siempre. De los albores de aquella temporada, tuvimos el impacto y el eco del choque entre el Joventut ante los Lakers, la Final Four de Estudiantes y la Penya en Estambul, en la que Aleksander Djordjevic nos dio un doloroso bofetón en la boca, echando así el cerrojazo de la manera más brillante jamás contada al baloncesto yugoslavo unificado -aunque “la casa” ya fuese una ruina-. Del único e irrepetible Dream Team de Barcelona’92 y por mérito, por grandeza y trascendencia, por la canasta de Rickey Brown, ¿cómo no?

Un robo y un tiro de Rickey Brown que valió un título. Un robo y un tiro de Rickey Brown que valió un título.

Aquel título del Real Madrid en el Beaulieu de Nantes, tuvo la rúbrica del pívot estadounidense, para dar alas y un trofeo más a un club que disputaba su quinta final continental consecutiva y rompía un maleficio de tres años. Una final que se tornó fea en la segunda parte, a modo y manera de los griegos, con el convencimiento que a golpe de triples -casi de videojuego- de Branislav Prelevic, pudo irse a tierras macedonias. Ahí estuvo Brown, San Rickey, para no permitirlo. Una de las páginas de gloria de la historia blanca que, como tal, recuperamos en MOMENTOS ÉPICOS.

El salvador que no lo fue

Turbulentos eran los días en la Casa Blanca, presidida por Ramón Mendoza, que daba tumbos en su sección de baloncesto, de la que el “presi” se acordaba tan sólo para hacerse la foto cuando ganaban. Y entonces, no se ganaba. Y más que marcar un camino a seguir, se iba dando bandazos a golpe de timón. Y los golpes tornaban en bofetadas. Ni la búsqueda del anti-Norris, ni la dirección de Wayne Brabender, ni aquello de Stanley Roberts y Carl Herrera que buenos dólares costó, dieron resultado. Caer en cuartos de final de la ACB a manos de Taugrés era un descrédito, una deshonra y volver con una mirada inquisidora hacia Mariano Jaquotot, con ese aire presidencial del “qué harto estoy de esto del baloncesto”. Y a pensar que la solución era lo anterior, lo que se rechazó meses antes. Y se volvió a contratar a George Karl, en su segundo periplo en la capital de España. 

George Karl, el salvador madridista que no lo fue. George Karl, el salvador madridista que no lo fue.

Fue peor que el primero. No hubo fugas de estrellas, ni fallecimientos en el plantel ni lesionados graves esta vez. Sin embargo y aunque parezca asombroso, con una plantilla compensada, mejor estructurada, su baloncesto seguía pillando de sorpresa en su entorno. Recuerda Pedro Martínez, actual entrenador de Valencia Basket, sobre George Karl que “vi por primera vez en mi vida el inicio de una jugada de ataque con un tío subiendo el balón y los otros cuatro, pegados la línea de fondo”. A partir de esa posición, se ramificaba todo. Pero esa primera sensación, en uno de los entrenadores más prestigiosos de nuestro baloncesto, mantenida en la retina veintitantos años después, es para pensar que sí dejó huella en algunos. En pocos. La prensa, animal de costumbres donde los haya, nunca le entendió o ni quiso entenderle. Las permanentes sustituciones, los cambios de posición en pista que en sus jugadores costaba asimilar, el confiar en la dirección de un nuevo director de juego que hacía las más veces lo contrario a lo que tocaba… todo ello fue provocando frustración en George Karl, menos amigable con sus jugadores que dos años antes por tal motivo, a golpe de derrotas (17-7 fue su récord liguero), sumado a cierta desidia de sus pupilos que se fue acentuando con el paso del tiempo (“lo que más me apena es que el sistema no ha funcionado en ocasiones por falta de actitud y ganas en los jugadores”), provocó un ambiente preocupante que finalizó cuando los Seattle Supersonics le hicieron una oferta para sustituir a K.C. Jones, en nula conexión con las jóvenes estrellas del equipo Gary Payton y Shawn Kemp.

Karl se tomó 24 horas para meditar la oferta y comunicarla un domingo 18 de enero de 1992, a las ocho de la tarde en la vivienda de Ramón Mendoza, después de 50 minutos de reunión con sus jugadores en el vestuario del Palacio de los Deportes tras vencer al Júver Murcia. “Me voy porque hace tres o cuatro semanas me di cuenta que padecía un elevado grado de frustración. A veces un entrenador llega a ser un estorbo para un equipo y pensé que yo era más un problema que una solución”, declaró en su última rueda de prensa. “Tomé la decisión cuando íbamos perdiendo por 24 puntos en Valladolid -tras ocho victorias consecutivas-. Me marcho porque creo que no soy la persona adecuada para este equipo y otro lo puede hacer mejor”. Y aunque por parte de la minijunta que maniobraba los designios del baloncesto en el Real Madrid se dio paciencia al proyecto, con las anchas espaldas de Jaquotot para aguantar todo tipo de críticas, convencido que para el mes de abril todos tendrían claro el guion a seguir, la curiosidad de otra llamada de la NBA irrumpía en el Real Madrid y acabó con este episodio. 

Branislav Prelevic, auténtica pesadilla blanca. Branislav Prelevic, auténtica pesadilla blanca.

La historia pone a cada uno en su sitio. George Karl, un año después, forzó 7 partidos en la Final de Conferencia al equipo con mejor récord de la liga, Phoenix Suns. Y en 1996, a disputar la mismísima final NBA ante los inaccesibles Bulls de Jordan. Los medios españoles en todo este proceso, convencidos que había que intentar “europeizar” al bueno de Karl, sin darnos cuenta que aquello que llevaba bajo el brazo, se parecía bastante al futuro de nuestro deporte y se trataba más de asomarnos nosotros a aquel balcón. Cuando abandonó de manera apresurada la capital de España rumbo a la del estado de Washington, dejó a su agente Miguel Ángel Paniagua a modo de recuerdo, sus fichas individuales sobre los rivales y los jugadores de la ACB. “Sus informes eran precisos, exhaustivos, incluso de tipos secundarios en la liga como Juan Carlos Barros o Jaume Morales. Ahí sólo faltaba apuntar la marca de calzoncillos que gastaba cada uno”.

Luis Gómez, pluma del diario “El País”, publicó esta delicia de columna en la revista semanal GIGANTES, que en Endesa Basket Lover les reproducimos:

El sustituto fue Clifford Luyk, hombre de toda la vida del club blanco, tremendamente decepcionado en su momento cuando no fue designado relevo a Lolo Sainz en banquillo del Real Madrid, cuyas dos experiencias en ACB, Atlético de Madrid Villalba y Júver Murcia, habían finalizado de la misma manera: cesado antes de acabar la campaña. De hecho, su último cese fue en esta misma temporada, por lo que su nombramiento no dejaba de resultar sorprendente. Casi tres años después, conseguía su sueño. Eso sí, para tal designación hubo previamente ese arrebato “mendozista”. “Pues vamos a fichar al Maljkovic, para j*der a los del Barça” espetó el presidente a sus dirigentes. Bozidar Maljkovic había roto meses antes su vinculación con el club azulgrana entre relaciones muy tensas, fichando posteriormente por el Limoges francés. Una clausula impuesta por el F.C. Barcelona a su marcha, impedía que entrenase a ningún equipo de la ACB en esa 91/92, lo que negaba que recalase en el Real Madrid. Una clausula impuesta, que hizo que su permanencia en el Limoges se alargara y que se viera las caras ante el Real Madrid en una Final Four en 1993. Pero esa fue otra paradójica historia.

Recuperar sensaciones y encarar una final europea

Con Clifford se jugaba de otra forma, más conocida y familiar. Muchos menos sistemas -“29 sistemas de ataque me parecen excesivos”-, buscando la confianza perdida en los jugadores de la plantilla blanca. Mark Simpson se iba convirtiendo más en tirador (con Karl jugaba en ocasiones posteando, jugando fuera y arrancando infinidad de faltas buscando en él la polivalencia del “4” actual), mientras que Antonio Martín y Rickey Brown, tras intermitentes apariciones, tanto por causa de lesiones como desapariciones en su juego, volvían a identificarse delante con quienes esperaba el aficionado de ellos. Posiblemente al que más le costó encontrar su sitio de todos, fue al estadounidense Rickey Brown. Su vuelta a mostrarse como el referente ofensivo que había sido en todos los clubes en los que había militado, iba tomando forma. Afamado pívot en el Caja de Ronda años antes, “Fray Escoba” como así lo bautizó Andrés Montes, por la facilidad que tenía de capturar los rechaces que andaban sueltos, se le etiquetó de chaqué nuevamente. Porque él en el poste, con un balón en las manos, sabía de su oficio como pocos.

Rickey Brown, 18 puntos y 18 rebotes en la final. Rickey Brown, 18 puntos y 18 rebotes en la final.

Ese momento tan importante, por caprichos del calendario liguero, hizo que los blancos se enfrentaran de manera consecutiva (y ojo, a domicilio), a Montigalá Joventut, F.C. Barcelona y Estudiantes. Pues piensen además que abordaban ese mortífero tridente tras perder en casa ante el DYC Breogán (85-91), evidenciaban nuevamente que la anarquía ya no era una cuestión -que decían- impuesta por Karl, sino que era bastante intrínseca en aquellos jugadores.

Sin embargo, como tocados por un poder superior, comenzaron aplastando en Badalona a la Penya (87-107), cuando ya al descanso vencían por 41-59. Rickey Brown brindó lo mejor de sí como blanco ante los vigentes campeones, con 24 puntos y 14 rebotes. Continuaron ganando todo el crédito -y el partido- en el Palau Sant Jordi ante los azulgranas (86-88) y remataron con un 79-82 al Estudiantes, convencidos ya que aquel casi añejo “que viene el Madrid” volvía a instaurarse en la liga, entre todos sus rivales. “Alrededor del equipo había mucha presión” confesaba en esos días Clifford Luyk. “Los medios de comunicación son excesivamente críticos y se ha creado la idea que el Real Madrid es peor que otros cinco o seis equipos. Y no es así. Desde hace cierto tiempo han perdido la confianza en sus posibilidades, simplemente por llevar dos años sin ganar títulos en una casa, donde quedar segundo es un fracaso”.

Sensaciones que a mediados de cada semana se iban plasmando en las tierras europeas que daba la Copa de Europa (llamando así aquel año a la antigua Recopa de Europa, toda vez que la máxima competición continental se había convertido en la Liga Europea). En semifinales, un 71-79 en Verona ante el Glaxo, se vio complementado por un 74-72 en la vuelta y mucha suerte para vencer después de un último minuto de locos. El caso es que el Real Madrid estaba de nuevo en una final europea, las que le resultaban esquivas últimamente (1990, derrota ante la Knorr Bolonia en la Recopa. 1991, nueva decepción ante la Clear Cantú en la Korac). 

Biriukov con problemas para pasar, ante Barlow. Biriukov con problemas para pasar, ante Barlow.

El rival que aguardaba era el PAOK Salónica, que de oídas (porque lo del vídeo todavía, poco) se enteran que el Real Madrid no llegaba tan gallito, pues en vísperas a su final europea, perdieron en cuartos de final de la Copa del Rey ante Estudiantes y en León, en la prórroga, ante Elosúa (98-94). El PAOK, e club cuyos aficionados mostraron el bochorno y lo peor del baloncesto europeo un año antes, en la final de esta misma competición ante el CAI Zaragoza, además de las vergüenzas de una FIBA incapaz de manejar escenarios como lo acaecido en Grenoble en una jornada negra que en tierras mañas, cuesta olvidar. El PAOK, cuya estructura era muy semejante a la de un año antes, con la única -e importante- adquisición el serbio Dusan Ivkovic en el banquillo, lo que le había dado una mentalidad defensiva mucho mayor al plantel. Branislav Prelevic, su máximo artillero exterior, acababa de lograr la nacionalidad griega (aunque en competiciones FIBA, aún debía jugar como extranjero), mientras que la pareja de foráneos, la completaba el talentoso como indolente estadounidense Ken Barlow, campeón de Europa con Milán cinco años antes. Sin la participación europea del base greco-americano John Korfas (hasta octubre de este 1992 no lograría el pasaporte griego), esta era su plantilla que se enfrentaría al Real Madrid.

En el Beaulieu de Nantes, donde España logró en 1983 una brillantísima medalla de plata en el Eurobasket, tras derrotar a la URSS en semifinales, saltaron a cancha Antúnez, Simpson, Biriukov, Martín y Brown por el Real Madrid, mientras que Boudouris, Prelevic, Papachronis, Barlow y Fassoulas lo hacían por los griegos. Rickey Brown en la pintura, plagada de jugadores, pide el balón, recibe y ante tal tráfico, consigue forzar falta y anotar los dos tiros libres. Los primeros puntos del partido de alguien que parecía predestinado a abrir y cerrar el libro de esta epopeya.

El blanco madridista se tornaba en rosa, pues su acierto inicial hacía frotar las manos a sus aficionados, por quienes jugaban en calidad de visitantes (y así iremos reflejando los diferentes parciales en el marcador), ya que las gradas del Beaulieu, con más de cinco mil aficionados desplazados desde Salónica, daba más la sensación de estar jugando en el mismo Alexandrio griego. Dos triples consecutivos de Mark Simpson marcan las primeras pautas y delanteras con un 0-8 muy esperanzador. Simpson, la temporada anterior, vio frustrados sus esfuerzos anotadores en pos de la salvación con el Cajabilbao, en vano. Ahora, sus metas eran muy diferentes, con un acierto que parecía ser el mismo.

Dusan Ivkovic mostró su estrategia desde el inicio. Con un ala-pívot en posición de teórico alero, Panagiotis Papachronis, jugaban en ataque con un triple poste para defender muy cerrados e ir al abordaje en el rebote ofensivo. Esto último sí les resultaba, pues fue la cruz del Real Madrid en la primera mitad, mientras que en defensa, la lentitud para perseguir a Simpson, se convirtió en escape de agua constante durante la primera parte. Ivkovic quería ganar el partido en la zona y viviría y moriría por ello si fuese preciso.

Por su parte, la baza de Luyk, la velocidad, cuando se podía ejecutar, pues miel sobre hojuelas: 9-15 con Antúnez forzando en transiciones. Cuando había que ralentizar, quien empezaba a erigirse como una de las estrellas de esta final era Panagiotis Fassoulas, que anotaba todo lo que llegaba a las manos en suspensiones cortas (14-17). No solamente eso, sino que Antonio Martín, empeñado en superar a la torre griega en uno contra uno, recibía un tapón tras otro (de los 6 que colocó, 4 de ellos fueron a Martín). Su frustración fue creciendo hasta que fue sustituido por Fernando Romay, único componente del Real Madrid que vivió la histórica plata con la Selección en ese escenario. Y vale que a costa de arriesgar y forzar faltas personales, pero ‘Fernandito’ le tenía más a raja tabla.

Con 16-19 para el Real Madrid, Simpson llevaba ya 12 puntos (logró 17 en la 1ª parte), que, con algunos cambios introducidos por Luyk, forma el quinteto que más éxitos había dado últimamente a los suyos, junto a Llorente, Cargol, Martín y Romay. Mucha altura para jugar el cuerpo a cuerpo ante los helenos. Altura que no significaba ausencia de rapidez, pues con un contragolpe de Llorente forzando falta, más asistencia para un mate de Pep Cargol, los españoles disfrutan de sus mejores momentos en pista (22-33). Añadan dos tiros libres más de Llorente y otro triple de Simpson para redondear los 15 puntos (23-38) y todo el optimismo del mundo entre las filas blancas. 

José Miguel Antúnez entrando a canasta. José Miguel Antúnez entrando a canasta.

Lo que era una pareja de americanos de lo más resolutiva en las huestes de Luyk (Simpson, 17 puntos en la 1ª mitad, Brown, 12), era un dolor de cabeza para Ivkovic, quien veía a Barlow y Prelevic inéditos, aunque éste al menos, con 5 puntos consecutivos en el último minuto (llevaba 4 tan sólo), parecía despertar. Su mínima euforia fue eclipsada por un triple de Cargol sobre la bocina, para finalizar con un 28-43 el primer parcial y los madridistas retirarse a los vestuarios, estos sí, con euforia más que justificada.

Pero llegó la segunda parte. ¡Ay! En una final, 7 canastas en una segunda parte, se tenga la renta que se tenga, son escasísimas. Y tocó sufrir. ¡Vaya si tocó sufrir! Prelevic seguía con su muñeca caliente (20 puntos en la 2ª mitad, para un total de 29), Ivkovic sustituyó a Papachronis por un pívot mucho más pívot, Nikos Filippou -lo que obligó a que Barlow jugase de alero- e instauró una zona. Bendita zona la suya y para sus intereses, algo así como un talismán macedonio, en la que a los blancos se les nublan las ideas, petrificados ante aquello. Antúnez ni sabía dónde se andaba, mientras que Llorente pasaba el balón de un lado a otro, con una inoperancia angustiosa.

Mark Simpson, en su marca defensiva de uno contra uno, esperaba a Prelevic llegar, pero éste se levantaba y anotaba los triples a medio camino, cuando Simpson giraba la cabeza y se cercioraba que la línea de tres, estaba justo tras él. Si el serbio las tiraba desde ahí y entraban, había un problema. Fernando Romay comete en los primeros minutos de la reanudación, su cuarta falta personal. Fassoulas, uno de los grandes e infalibles dominadores (17 puntos y 8/14 en tiros de campo), con una nueva suspensión, logran bajar de los 10 puntos (43-51) después de mucho tiempo. Ken Barlow aparece algo y con un triple, transforma un 46-53 amenazante en el electrónico.

Aprovechando algunos lanzamientos de objetos (mínimos. Esta vez sí las fuerzas de seguridad estaban más que concienciadas del escenario que iban a tener delante), Clifford Luyk solicita tiempo muerto, a falta de 11 minutos y con 50-55.  La camisa no llega al cuello. Tampoco se solventa nada: Antonio Martín recibe su cuarto tapón de Fassoulas y hastiado, comete falta sobre él. Del ambiente infernal en esos momentos, ni les hablamos (empleen poco más de una hora en ver el vídeo adjunto, porque por emoción, merece la pena). Aunque tampoco el acierto griego era grande, pero el dominio del partido era enteramente suyo.

Rickey Brown consigue una maravillosa canasta a aro pasado, rodeado de contrarios, dando un mínimo respiro (52-59), aunque aún restaban 8 minutos. Repetimos: 59 puntos. Vean los puntos finales que consiguió el Real Madrid y entenderán el suplicio. Las caras de miedo a la derrota son notorias. Una canasta de Filippou sitúa un 57-59 a falta de 5 minutos. La zona es una fortaleza inexpugnable, que nubla todas las ideas. Los triples de Simpson ya no entran, ya no hay entradas a canasta, ni balones interiores, ni forzar faltas. Aunque eso sí, como noticia buena, se da el hecho que los griegos, cuando podían colocarse por delante en el marcador, eran un rosario de errores desde el tiro libre (un impensable 9/19 les marcó).

Se entra en el último minuto con 60-63, tras encajar un triple de Prelevic, que solicita la posesión para la penúltima jugada, la última en los suyos. Todos sabían que sería él quien se la iba a jugar, aunque la sucesión de bloqueos que disfrutaría era la principal cuestión a vigilar de inicio. Ni bloqueos, ni tácticas ni gaitas: el tipo se levantó como a unos 8-9 metros del aro y ante el asombro de todos, anota un triple increíble, empatando la contienda a falta de 8 segundos: 63-63.

El héroe con su trofeo. El héroe con su trofeo.

El tiempo muerto de Clifford Luyk es para dar instrucciones y sacudir a sus jugadores, aún atónitos con el triple que acababan de ver. Preparación de la última jugada, que se trunca, porque Dusan Ivkovic quería la última posesión para él, con lo que a nada que sacó el Real Madrid de banda, cometieron falta sobre Simpson, con el beneplácito que daba en aquellos años, el 1+1 desde la línea de tiros libres. Restaban seis segundos.

Rickey Brown era un “5” muy “5” que se había hecho con un importante nombre en nuestro continente. Campeón de Europa en 1988 con la Tracer de Milán, este regalo para la Liga Endesa llegó de la mano de los malagueños del Caja de Ronda, que pagaron 600.000 dólares de los de 1988 para hacerse con sus servicios durante dos años, y los pagaron por adelantado. Barato fue. La impronta que dejó en nuestra liga fue magnífica. Este “5” muy “5”, experimentado, era lo que el Real Madrid buscaba desde el fallecimiento de Fernando Martín, que ni Piculín Ortiz ni Stanley Roberts habían logrado suplir. El tipo sureño que se vio superado ante el small ball de su compatriota George Karl al inicio de la temporada, el tipo que renació para esta final, anotando la primera canasta para lograr 18 puntos finales ¡y 18 rebotes!, vio fallar a su compatriota Simpson el primer tiro libre, capturando el rebote defensivo Fassoulas. Y se interpuso entre él y el base Boudouris, probable receptor del esférico. Y un pase blando, bombeado del pívot heleno, vio que con su manotazo, saltando en el momento preciso, pudo alcanzarlo. Tan buen toque tuvo Brown para interceptarlo, que el balón quedó muerto en sus manos y elevándose a una pierna, en una suspensión certera, ante la amenaza de un inmenso brazo buscando el tapón, desesperado por deshacer el error que acababa de cometer -y bien cerca estuvo-, vio cómo rodando en el aire hasta las luces, caía dulcemente en la red cuando restaban tan sólo dos segundos. Dos segundos de tiempo que con reglas FIBA de 1992, no se detenían tras canasta y que expiraron mientras los griegos se miraban unos a otros y Rickey saltaba de alegría con los puños en alto, corriendo hacia sus compañeros. ¡EL REAL MADRID ERA CAMPEÓN!

Nantes vio la subida al cielo y la bajada a los infiernos…para ver proclamado en el tiro final, al Real Madrid campeón de la Recopa. Siete pírricas canastas en la segunda parte, tres puntos más entre todo el equipo de los que consiguió Drazen Petrovic solo en la misma final tres años atrás. Pero, campeones en definitiva. Un enorme alivio llenó el orgullo de los blancos, de verse nuevamente con un trofeo. “Antes de este triunfo, se había creado en estos tres últimos años, un hábito de sufrimiento por las derrotas, muy perjudicial para nuestro juego. Espero que se acabe definitivamente”, confesaba José Luis Llorente que había vivido las dos finales perdidas previamente.

En la foto de equipo, con Ramón Mendoza agarrando el trofeo delante de una bandera del Real Madrid extendida, con Antonio Martín gritando de júbilo, con los jovenzuelos canteranos Ricardo Peral y José María Silva vestidos de traje, desplazados como invitados junto a Ángel Jareño, se encontraba un exultante Mariano Jaquotot, con sus dedos formando una “v”, por encima de las críticas, de las presiones de unos y otros, de la prohibición por soñar en la Casa Blanca que parecía haberse instaurado en esos años. Con Brown, un robo y un tiro, llegó el título. 

ESTADÍSTICAS DEL PARTIDO

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