Retrato nº51: Art Housey, testigo del auge de una liga

Retrato nº51: Art Housey, testigo del auge de una liga

Antonio Rodríguez

Desde Endesa Basket Lover queremos vuestros recuerdos. Que forméis parte de la historia también. Momentos que marcaron vuestras y nuestras vidas, imágenes que sirvieron para inmortalizarlas. Y eso es lo que queremos, enmarcar todos esos retratos, que forman parte un poquito de nuestras vidas. Cada semana os mostraremos una instantánea para que nos cuentes dónde y cómo lo viviste. Seguro que sirvieron para enamorarte aún más de este deporte. Cuáles eran tus expectativas a partir de ese momento, qué supuso para ti aquel día, cómo lo recuerdas. Siempre hay historias alrededor de estos retratos, algunas incluso que ayudan a acrecentar su épica. Siéntete partícipe y háblanos de tu experiencia. Endesa Basket Lover servirá como tablón y escaparate. Estamos deseando escucharte. 

 

RETRATO Nº 51: ART HOUSEY, TESTIGO DEL AUGE DE UNA LIGA

por Antonio Rodríguez (24/7/2018)

 

Semifinal Copa del Rey 85/86: Ron Negrita Joventut 120-115 F.C. Barcelona (17.12.85)

Se llamaba Art Housey y era un estadounidense más de los 13 que poblaron nuestra liga en el verano de 1981. Con 2,08 de estatura y una constitución física que impresionaba, se cuidaba, se ejercitaba con cargas en el gimnasio hasta tener un cuerpo y unos músculos esculpidos a cincel, como nos recreaba Javier Ortiz en uno de sus artículos. Intenso, defensivo, zurdo nato, sin mucho talento en ataque, sí tenía un par de gestos que eran de los que vivía: un medio gancho (como ilustra la imagen) y desde poste bajo, una media vuelta en suspensión contra tabla, sacada desde muy arriba, apoyado en su potencia de piernas. Introvertido, a veces arisco, resultó cumplidor para el Joventut de Badalona.

Claro, un americano en 1982 tenía que anotar cerca de la treintena de puntos (existía una única figura extranjera en cada equipo) y coger todos los rebotes, al menos defensivos. Era otra mentalidad la que reinaba en nuestro baloncesto y aunque en Badalona no buscaban en super-anotador, pues de puntos sí sabían mucho gracias al talento del producto local, sus números en ataque, se quedaban cortos.

La temporada 81/82 fue un año convulso en la Penya, con destitución de su entrenador, Manel Comas, a mitad de temporada, con multas y posterior cese del otro americano (para competición europea), Joe Galvin, héroe meses antes en la ciudad con su canasta, para hacer campeón al Joventut de la Copa Korac, de una manera fea y quizás poco honesta. Quintos en la liga, con un discreto récord de 15 victorias y 11 derrotas, superados (con mucho) por sus vecinos badaloneses del Cotonificio, decidieron hacer borrón y cuenta nueva. Una de las medidas, era prescindir de nuestro protagonista. Housey dejaba así una liga de 14 equipos, sin playoff, con pabellones de poco más de tres mil aficionados que bien costaba llenarlos, con un campeón, Real Madrid, con tan sólo una derrota en toda la competición y el subcampeón, F.C. Barcelona, con dos. Así estábamos. La Penya por su parte, cuatro años antes, campeón de liga, no pasó su mejor etapa a la hora de digerir aquel éxito.

Y en 1985 volvió a presentarse el citado Art Housey en Badalona, porque la directiva lo reclamó de nuevo. El escenario era otro. Nada que ver: Playoffs, dos americanos por equipo y una liga en constante efervescencia y un auge como quizás nunca haya sucedido en cualquier otra competición en nuestro país. Los Juegos de Los Angeles cambiaron todo y todos miraron al deporte de la canasta. Las estructuras intentaban modernizarse, el aficionado dejaba los pabellones muy, muy pequeños y se estaba en constante búsqueda de nuevos ídolos. El compañero foráneo de Housey, sería otro viejo conocido para la afición: Greg Stewart. Se apostó claramente por lo conocido y resultó. En aquel verano de 1985, el Joventut era vigente subcampeón de liga y subcampeón de Copa. Por encima del F.C. Barcelona en ambos casos. Esa enorme transformación tuvo nombre y apellido: Aíto García Reneses.

Dos campañas bastaron para que Aíto cambiase el rumbo de la mítica Penya. Sacó partido a los jugadores emblemáticos, se trajo de la mano a Andrés Jiménez del Cotonificio, del que ambos procedían, dio paso a los jóvenes emergentes de gran calidad, distinción de la ciudad y emblema de este nuevo marco cestista en España. Y aunque Housey no conoció a Aíto -en el verano de su llegada, el entrenador se había comprometido con el F.C. Barcelona-, siendo el maestro Miquel Nolis el que se hizo al cargo de la dirección de la plantilla, el panorama cambió. Vaya si lo hizo. Estamos convencidos que Housey no saldría de su asombro.

También Art -o “Arturo”, que lo llamaban- tras su paso por Israel, vino de otra pasta. Más maduro, con la misma firmeza defensiva, pero más seguro en ataque. Su gancho era más efectivo, su media vuelta en suspensión, con una mecánica y ejecución más rápidas e incluso, se animaba a tirar a 4 metros del aro. Que las sonrisas, las justas, como siempre. Pero en pista era patente su progreso. Se exhibió entre el gran público con grandes actuaciones con la de esta fotografía, derrotando nuevamente al Barça en semifinales (esta vez en el propio Palau) con 25 puntitos (12/18 en tiros de campo) y sabía que a su lado, tenía un fenómeno a la hora de meter puntos: Greg Stewart.

Art Housey representó aquellos años de explosión de nuestro baloncesto. Estamos convencidos que pocos lo recordaban de su primera experiencia verdinegra, pero sí en la segunda. Claro, de ser una liga para cuatro locos a ser deporte de masas. Para él, luego llegaron Breogán de Lugo y TDK Manresa y se afianzó en nuestras fronteras. De aquel tipo de gran envergadura (curioso, cuando sus piernas para nada eran largas), de sus canastas y su musculatura, del antes y el después que vivió  en nuestro baloncesto, nos gustaría que recordases y nos contases. ¡AHORA TE TOCA A TI!