Momentos épicos: Infierno ateniense

Momentos épicos: Infierno ateniense
Antonio Martín, con los brazos en alto, observa atónito mientras García Coll reclama la nulidad de la canasta.

Antonio Rodríguez

Sí, son “Momentos Épicos”. A lo largo de este serial, hemos escrito de grandes victorias que todos recordamos. Sin embargo, también son recordadas (más que algunos triunfos) derrotas que aún duelen. A mediados de la década de los 90, hacerlo en Grecia de la manera más ruin y sibilina, bajo criterios arbitrales, escocía y mucho. Por eso, nuestra ventana en esta ocasión está en el Pireo, cuando por arte de birlibirloque, las victorias -o la oportunidad de conseguirlas-, desaparecían. Porque también es parte de la historia del baloncesto europeo.

Liga Europea 93/94: Olympiakos 75-73 Real Madrid (26.01.94)

Un baloncesto en auge

La historia de Olympiakos en la década de los 90 puede ir paralela con el fulgor del baloncesto griego en general en esta década. Ellos fueron los pioneros a la hora de “pensar en grande”, inundando de dracmas el continente y haciéndose “notar” hasta que, al fin, en 1997 quedaron campeones de Europa. Sus decisiones fueron la avanzadilla de cara al resto de la nación, buscando respuestas a modo y manera del equipo del Pireo. Curiosamente, unos que iban observando sus movimientos, sus vecinos de Panathinaikos, les ganaron la mano al proclamarse campeones de Europa un año antes, aunque esa es otra historia que preferimos dejar para otro capítulo.

Tras marchitarse el amarillo de AEK de Atenas, en los 80 quienes pasearon el amarillo por Europa, fueron los macedonios -helenos- del Aris Salónica. Lógicamente, a la pareja Nikos Gallis-Panagiottis Giannakis nadie en el país les tosía. Junto con Romanidis o Filipou, base fundamental de la selección griega, se asomaron al vasto escenario continental cuando se amplió la fase final de su máxima competición de 6 a 8 equipos, llegando a tres Final Four consecutivas. Sin embargo, quien poco a poco fue tomando intensidad, era el color rojo de Olympiakos. No contaban con gran cosa, aparte del pívot milagro que dio el título a Grecia en su Eurobasket de 1987, Argiris Kabouris, con dos tiros libres finales, por lo que tocaba ir reforzándose. Ellos fueron los primeros en pensar que nacionalizar algunas de las promesas yugoslavas, aunque jugasen con su selección de origen, podía ser un enorme salto de calidad. Si Aris tenía a Lefteris Subotic y PAOK a Branislav Prelevic, ídolos consagrados ya, Olympiakos construiría su proyecto desde jóvenes con apenas 20 años y todas sus brillantes carreras por delante. Milan Tomic, Franko Nakic o el más conocido, el ex pívot NBA y posterior madridista, Dragan Tarlac, empezaban a ser de común seguimiento por los aficionados. De hecho, su verdadero órdago, pudo la adquisición del mayor fenómeno del continente, un tal Dejan Bodiroga, que debía abandonar el país balcánico -fragmentándose y desangrándose a causa de la guerra- y que bien cerca tuvieron, hasta que escuchó consejos de sus allegados (sobre todo de Kresimir Cosic) y pensó que, la mejor opción para él, sería trabajar con Bogdan Tanjevic al norte de Italia, en Trieste. Bodiroga temía que, en un equipo tan potente, sería carne de banquillo. Ya ven qué cosas.

Puestos a miras tan altas, con un joven emergente desde la posición de escolta, Georgios Sigalas, piensan que a la ex república yugoslava había que seguir poniendo los ojos, porque entre una selección de ensueño de la que disponían (sancionada en ese tiempo), podía estar el mejor producto, mejor incluso de lo que desde USA pudieran adquirir. Y así llegó Zarko Paspalj, la primera gran megaestrella foránea en Grecia, pieza clave para el despegue del equipo entrenado por Ioannis Ioannidis que, con todas sus estridencias -y sus dos paquetitos de tabaco diario fumados-, anotó en su primer curso un promedio sideral de 33,7 puntos en liga doméstica (temporada 91/92), con el condicionante, también hay que decirlo, que ocupaba la única plaza de extranjero posible.

El verano del 92 dio para abrir un poco más horizontes en el país cuna de la civilización y admitieron un segundo extranjero. Una máquina de anotar que se destapó como máximo encestador de nuestra liga, Walter Berry, fue el elegido para acompañar a Paspalj, con unas cantidades monetarias muy serias que ya se manejaban. Ganaron al fin la liga, tras casi tres lustros sin llevarse ese caramelo a la boca, con los “teje-manejes” arbitrales que empezaban a ser familiares, al menos en su país. Y las miradas estaban puestas en ganar la Liga Europa, en la que acusaron falta de consistencia bajo tableros aquel curso. Respaldado por un presidente al que no le importaba rascarse el bolsillo para tal propósito, deciden fichar al mejor pívot nacional en el verano de 1993. Un tipo de 2,13 de estatura, tan cultivado mentalmente como privilegiado físicamente con sus enormes brazos, muy desencantado por haber perdido con su PAOK Salónica, tanto la final de la Recopa (de infausto recuerdo para él) de 1992 como la Final Four de la Liga Europea disputada en su país en 1993, Panagiottis Fassoulas se olía que el crecimiento del baloncesto heleno, ya no estaba en Salónica. Fassoulas, sin querer perder el último tren de su carrera, podía ser una respuesta contundente a la falta de argumentos interiores de Olympiakos para ser campeón. Panathinaikos, que se hizo con los servicios en 1992 de Nikos Gallis, el ídolo nacional, tras una lucha de egos irreconciliable con su compañero de fatigas Giannakis, intentaba contestar viendo los pasos a sus vecinos. ¿Que habían fichado a Paspalj? Pues ellos más. Apalabraron y cerraron formalmente el fichaje de Drazen Petrovic, así, directamente, aprovechando su hartazgo en la NBA, la imposibilidad de volver a recalar en el Real Madrid y con el atractivo de verse de nuevo al lado de su amigo íntimo, el croata Stojan Vrankovic. La trágica muerte del genio de Sibenik, truncó todo aquello. Aunque no cejaron en su empeño y como réplica, lo más parecido a Paspalj, otra rutilante estrella europea que jugaba en Italia y que arrebataron al Barça, Aleksander Volkov, les podría venir de perlas cuando al fin estampó su firma. Con ello, se ponía el último ingrediente a la encarnizada rivalidad ateniense. Nuevos y prometedores rumbos de un nuevo capo en Europa.

Completando más si cabe el plantel en Olympiakos, con la marcha de Walter Berry al PAOK Salónica, ellos volvieron a la carga con la contratación de un estadounidense, Roy Tarpley, que tras sus devaneos con sustancias prohibidas y su expulsión de Dallas Mavericks y de la NBA por tal motivo, había recalado en Aris un año antes. Paspalj, Fassoulas y Tarpley se proclamaron de inmediato, el trío interior más devastador del baloncesto europeo.

Un Real Madrid con cambio de cara

Chechu Biriukov entra a canasta ante la oposición de Roy Tarpley.

En el Real Madrid, la Final Four perdida en 1993 ante Limoges, supuso un mazazo enorme, cuando junto a PAOK Salónica, que hacía papel -casi- de anfitrión, fracasaron en su intento como máximo favoritos de proclamarse campeones. El Real Madrid, que había levantado nuevamente el título de liga tras una travesía de 7 años sin lograrlo, pensó que no podía ir por Europa con dos “5” natos, por muy buenos que fuesen Arvydas Sabonis y Rickie Brown. Esa fue la principal causa del camino a la decepción, en comunión con las inseguridades de los bases de no surtirles buenos balones ante el avispero y los pocos espacios en el fatídico día ante Limoges. Así que decidieron apostar por la polivalencia de alguien que pudiese hacer más cosas. Joe Arlauckas era la pieza más deseada del mercado ACB y perfecta para aquel Real Madrid, que aseguró de sus servicios, soñando con grandes tardes de gloria. Seguían con una clara falta de tiro exterior, pero… eran Sabonis y Arlauckas. “Si toca un día, pues vale, meto 35 puntos. Pero hay mucha gente para meter puntos. Jugaré de otra manera a como lo hacía en el Taugrés” declaraba el ala-pívot de Rochester a su llegada. “Lo que está claro que para ganar aquí, hay que pasar el balón a Sabonis”.

Por encima de la Liga Endesa, el verdadero objetivo era la Liga Europea. Y es verdad que, un tirador dentro de la nómina blanca, Rimas Kurtinaitis, viese tales partidos por la televisión (solamente se admitían dos extranjeros en Europa), creaba rachas irregulares en el juego y en resultados. Si sorprendente fue la derrota en la 2ª jornada en Malinas (78-77), a la semana siguiente dolió que cayeran en el Palacio ante Olympiakos (57-58) con una canasta de Sigalas sobre la bocina y Paspalj anotando casi la mitad de los puntos de su equipo (26). Faltaban en ocasiones ideas como para unir la rémora de un tiro exterior justito. En la visita al enemigo número uno, Limoges, volvieron a perder, tercera derrota consecutiva en Europa (83-67) y un común denominador entre todos los jugadores, manifestado en boca de Antonio Martín: “Estamos jugando de pena”. El entrenador, Clifford Luyk, pasaba sus horas más bajas cuando la sensación era que repetían una y otra vez los mismos sistemas, poco fructíferos. Añadan también, la convulsión en la sección de baloncesto. La petición de una consultoría económica, daba un resultado de 743 millones de pesetas de pérdidas en el ejercicio 92/93, algo que alertaba a la ACB, que nunca puso el ojo ni en los blancos ni en los azulgranas, pero que veía injusto exigir unas garantías económicas a unos, mientras que a los dos grandes, por el respaldo del fútbol, les eximía.

Todo aquello quedó enterrado y olvidado tras las fiestas navideñas, en las que el Real Madrid, en la misma semana, logró doblegar al F.C. Barcelona, tanto en Liga Europea (99-78) como días después en Liga Endesa en el Sant Jordi (76-86), una victoria más en Treviso (64-80) para estrenar la segunda vuelta, añadiendo otra cosechada en casa ante Racing Malinas (82-60). La luz había vuelto en ellos como para que Luyk se andase sin tapujos. “No tengo dudas: somos los mejores”. Con estos precedentes y en busca del liderazgo del grupo, el Real Madrid intentaba asaltar el mítico pabellón de La Paz y La Amistad del Pireo.

Un enfrentamiento cara a cara…

La primera canasta fue un triple de Sabonis cuando Fassoulas le flotaba. Un prometedor inicio (9-14), con 8 puntos del gigante lituano, no sería secundado en los siguientes minutos. Ante un quinteto extraño del Real Madrid, con Antúnez, Biriukov, Santos (en la tarea de defender a Zarko Paspalj), Arlauckas y Sabonis, y poder frenar a los Tomic, Sigalas, Paspalj, Tarpley y Fassoulas, los griegos se adueñaban del rebote ofensivo y anotaban con la misma facilidad que desespero en el banquillo blanco. Roy Tarpley, jugador capaz de liderar a un club campeón de Europa, no estaba muy por la labor de pegarse bajo tableros y ‘le daba’ a las suspensiones o mejor aún, forzaba a su equipo correr cuando reboteaban el fallo en las transiciones rápidas que intentaba correr los madridistas. Jugadas que hacían explotar a los 14.000 exaltados, que como espectadores abarrotaban el Palacio de La Paz y La Amistad (3000 espectadores más que el año anterior, por acoplar gradas supletorias a los fondos y laterales).

El invento de Isma Santos ante Paspalj no estaba saliendo muy bien, notándose sobre todo en el rebote ofensivo, que mantenía en pie a los locales y les dio la primera ventaja (20-18). Así que, Clifford Luyk decide imitar al trío interior rival, situando a Antonio Martín en pista junto a Arlauckas y Sabonis, a la vez que otorga la dirección a José Lasa. Todo esto se cayó por tierra, cuando Sabonis cometió la tercera falta personal (siendo sustituido inmediatamente) con 22-20 y 7 minutos por jugarse aún de la primera parte, continuados hasta un 28-20, liderado por el desmelenamiento de Roy Tarpley (14 puntos al descanso, más 10 rebotes), junto a Fassoulas (10 puntos también al descanso) y Paspalj (7). Sin Sabonis, pero mejor circulación de balón y acierto en un par de suspensiones, se llegó al descanso con 35-30.

En la segunda parte, el Real Madrid salió con una zona 2-3 y también con Sabonis, que a pesar de cometer la cuarta personal a los 3 minutos de juego, se mantuvo en pista con enorme acierto -y mucha cautela también-. Los mejores minutos de encuentro, de mejor baloncesto y más carreras, llegaron ahora. Con un triple de José Biriukov y los aficionados pidiendo la quinta falta de Sabonis a un tapón sobre Paspalj, el cuadro de Luyk se puso por delante (48-51), cargando aún más el ambiente. El arbitraje, del finlandés Karl Jungenbran y el israelita David Dagan, de momento, estaba siendo valiente e impecable.

… hasta que llegaron los últimos minutos.

Arvydas Sabonis, que era un genio de este deporte, no estaba por la labor de cometer la quinta falta y se dedicó a pasar desde poste bajo, evitando cargas y contactos polémicos, en beneficio de Antonio Martín y Joe Arlauckas, que recibían sus balones en buenas posiciones. Por los helenos, canastas en la pintura tras romper la zona madridista que por momentos, les atormentó, aunque no tuviese mucha movilidad. Todo ello hacía que el marcador se moviese en cortos guarismos. Un contragolpe de Arlauckas provocó una nueva ventaja madridista en los últimos minutos (61-62) y el tiempo muerto de Ioannis Ioannidis.

Un triple de Georgios Sigalas volvía a dar la delantera a Olympiakos (64-62), contrarrestados con dos tiros libres de Antúnez (64-64). Nueva canasta de Zarko Paspalj en suspensión corta tras romper la zona (66-64) y otra vez respondida por una suspensión de Antonio Martín (66-66) ya dentro del último minuto con muchos nervios no evidenciados. Milan Tomic falló un triple y en el contragolpe, a falta de 5 segundos, José Miguel Antúnez, tras correr toda la pista, falló en una entrada muy forzada, cometiendo posteriormente la falta en la lucha desesperada por el rebote (no estaban en bonus), dando la última posesión local. Un oportuno manotazo de Cargol al balón mientras entraba a canasta Paspalj, botándose el balón en el pie, dio la conclusión del encuentro, con el inamovible 66-66 y prologando el partido en cinco minutos más de prórroga.

El tiempo extra fue un ejercicio de no fallar y rentabilizar. Un punto arriba, un punto abajo, Sigalas que dio con un triple un 72-69, contrarrestado por tiros libres (Biriukov no fallaba), el mayor y más repetido ejercicio de la prórroga (porque Paspalj tampoco lo hacía). Con 73-71, Antonio Martín provoca la 5ª falta personal de Fassoulas a falta de 41 segundos, pero esta vez sí, erró ambos lanzamientos. La siguiente posesión de Olympiakos, de aguantar y aguantar Tomic botando, valió para que Chechu Biriukov cortara la trayectoria de su pase y se encaminase solo hasta convertir la bandeja, empatando a 73 y dando esperanzas a falta de 9 segundos. Los fatídicos 9 segundos.

Arvydas Sabonis, viendo la injusticia, se mofa de la mesa de anotadores.

 

Árbitros y el baloncesto griego

“Pues entonces… ¿para qué te necesito a ti?”. Esta es la verídica respuesta que un presidente de cierto club griego espetó a su general manager en cierto tiempo. Tras la confección y objetivos de la plantilla, éste le sugirió algo así como “…y ahora, dentro del presupuesto, hay que reservar ‘X cantidad’ para ciertos árbitros”. Los clubes más poderosos en Grecia, en la década de los 90, tenían esto como hábito en la competición liguera. De ahí el ‘¿para que te necesito a ti?’ en la mentalidad simplista del magnate. Y se llegó a situaciones hilarantes en las que se daba en un enfrentamiento de final de liga, un árbitro “seducido” por un equipo y su auxiliar, por el otro. Y era una especie de guerra a ver quién pitaba antes y con qué vehemencia, para hacerse con la decisión hacia sus intereses. 

En Europa no podía darse este ‘juego’, obviamente. Pero sí que la Federación griega se trabajó tener contentos a toda la cúpula FIBA, para verse correspondidos con un ‘trato amable’, puesto que ellos se encargaron durante un buen puñado de años, de acoger aquellos eventos ‘fibos’ nada atrayentes, que solían acarrear pérdidas, llegando a convertir algunos en grandes atracciones. Junto con la adjudicación del Eurobasket del 95 y el Mundobasket del 98, se hicieron con el Eurobasket cadete de 1991, el junior femenino y el -recién creado- Eurobasket sub-22 en 1992 o el Mundobasket junior de 1995, de gran éxito para ellos (medalla de oro en una gran generación, liderados por Efthimios Rentzias). A caras contentas, arbitrajes en los que se permitía a los representantes de este país todos los desmanes posibles, como en la vergonzosa final de Recopa de 1991 en Ginebra y que venció el PAOK Salónica, donde al presidente del CAI Zaragoza, José Luis Rubio, tras la amenaza de retirar a su equipo de la pista, le avisaron que, si lo hacía, ya podía despedirse de volver a jugar en Europa. El bochornoso espectáculo se repitió en Turín, con el Aris Salónica (y aficionados) poniendo patas arriba el pabellón, para derrotar a Efes Pilsen en 1993.

Quiera que el Real Madrid, un año antes a este encuentro, se enfrentó también en Liga Europea, en el Piero, a Olympiakos, perdiendo 63-62. Cuando Arvydas Sabonis recogió un rebote en ataque, siendo objeto de falta y aun así, anotando la canasta en la posterior suspensión. El árbitro búlgaro Ivanov, acongojado porque ya tenía en su ceja dos puntos de sutura de un monedazo recibido al retirarse al vestuario durante el descanso, anuló la canasta (probablemente dentro de tiempo) e hizo oídos sordos a la clara falta personal (que esta, indiscutiblemente sí estaba). La rabieta fue enorme y Clifford Luyk, enojado, ni se presentó en la rueda de prensa. La frustración fue enorme.

Volvamos a los 9 segundos que restaban de este partido que nos compete, justificación de este artículo. Los griegos sacaron de fondo, dieron un pase muy forzado a Roy Tarpley, que pisando la línea de tres se arriesgó a una suspensión a falta de 3 segundos, que falló. Hubo ocasión de un palmeo de Franko Nakic, paseándose el balón trágicamente por el aro… y saliéndose, para volver a coger el rebote Nakic de nuevo, saltar y anotar contra tabla, alzando los brazos actos seguido y corriendo la pista mientras le acompañaba hordas de aficionados en la típica invasión de cancha. 75-73 y la seguridad que todos teníamos, que ese resultado sería inamovible. Los jugadores del Real Madrid corrieron a la mesa de anotadores, pidiendo la nulidad de la canasta. Y es que, sin reloj en la realización televisiva, midiendo crono en mano toda la secuencia, el tiempo se pone a cero cuando el balón sale de las manos de Nakic en el palmeo inicial. Tiempo total hasta que anota: 12 segundos y 52 décimas.

Alfonso del Corral, detenido entre el tumulto, mientras García Coll y Antúnez explican los 2 segundos de más que hubo.

¿Problema? Antes no había ninguna luz en el tablero, que indicase el final del encuentro. Tampoco había bocina en este escenario (que debiera ser obligatoria) y que con la señal acústica, todo fue más sencillo. El reloj de posesión arriba del tablero, tampoco marcaba los segundos que restaban, sino que estaba parado en 30 segundos de forma permanente en esta última secuencia (lo que duraba una posesión entonces) y todo, todo, quedaba a expensas de lo que dijera el comisario de mesa, un tal señor Popovic. Se puede valorar si el primer palmeo de Nakic estuviese o no fuera de tiempo. Pero lo del nuevo intento de tiro, era simplemente no querer verlo. De hecho, Clifford Luyk desde la banda, pendiente del marcador electrónico, agitó sus brazos en forma horizontal, señalando que se había acabado el partido en ese mismo momento, sin querer mirar la posterior canasta de Nakic. El escenario final era difícilmente creíble.

La anécdota, la sufrimos todos los televidentes españoles. La realización nunca contempló marcar el tiempo, sino tan sólo el marcador. Lo del tiempo lo dejaban para los comentaristas. Quiera TVE que, para ahorrarse unos dineritos, dejó por aquel entonces, de enviar a sus comentaristas al escenario del evento, debiéndose conformar Ramón Trecet y Mario Pesquera, con las imágenes que les llegaban al locutorio de exteriores en Torre España. “Este tiempo muerto está siendo excesivamente largo, por lo que podemos certificar que es el final del partido y a continuación, se dará paso a la prórroga”, intentando salir de semejante atolladero. En ningún momento supimos a tiempo real, que con el balón perdido de Paspalj cuando se lo botó en el pie, finalizaban los 40 minutos reglamentarios, como que para la última jugada, restaban 9 segundos (que gracias a las crónicas de enviados especiales, nos enteramos). Un trago semejante sufrió Nacho Calvo seis años más tarde, con un enfrentamiento del Real Madrid en cancha del Tofas Bursa turco.

Roy Tarpley y Panagiottis Fassoulas, celebrando la victoria.

Meses después, en la finalísima de la Liga Europea de esta 93/94, nos vimos en el mismo escenario de final polémico, dando gracias que el tiro de Paspalj finalmente no entrase, porque habían transcurrido entre 2 y 3 segundos desde la finalización del encuentro y el balón seguía aún vivo. Como en la cita parisina del famoso tapón de Vrankovic en 1996, donde al robo de Galilea, el electrónico se paró por espacio de unos 5 segundos aproximadamente. Eran las fechorías que rondaban a los equipos griegos y de las que ya estábamos más que acostumbrados. Ellos trajeron con dracmas, un desfile de extraordinarios americanos: Xavier McDaniel, Dominique Wilkins, Eddie Johnson, John Salley, Byron Scott, Willie Anderson… Sin embargo, es también comprensible la animadversión que se tenía hacia aquel baloncesto.

Este ha sido el motivo principal por el que hemos querido reflejar una de estas experiencias tan desagradables en “Momentos épicos”, para entender lo que supuso este escenario en el concierto europeo. Hubo más (y más dolorosos), pero este encuentro reflejaba la radiografía de lo que suponían los derroteros del baloncesto europeo en mitad de la década de los 90.