MOMENTOS ÉPICOS: KAUNAS, LA GUARIDA DE SABONIS

MOMENTOS ÉPICOS: KAUNAS, LA GUARIDA DE SABONIS
Copa de Europa 85/86: Zalguiris Kaunas 95-87 Real Madrid (23.01.86)

Antonio Rodríguez

Copa de Europa 85/86: Zalguiris Kaunas 95-87 Real Madrid (23.01.86)

Al niño de 7 años, aquello le parecía una inmensidad. Los días de mayo hacían ir ligero ya de ropa en Kaunas, sin abrigos que estorbasen, como a los miles y miles de aficionados que se agolpaban para vitorear desde aquellas gradas a su equipo, en el nuevo recinto deportivo inaugurado para tal ocasión, la de presenciar ese deporte que tanto gustaba allí: el baloncesto. Al niño la canasta le fascinaba, y con sus inocentes ojos vio cómo la selección de su país, Lituania, se proclamaba campeón de Europa. En alguien con 7 años, ser testigo de aquella efusividad en sus familiares, en todos sus compatriotas allí presentes, era algo celestial, grabado para toda la vida que tenía por delante. Y a bien que Vladas Garastas no lo olvidó. Aunque fuese 1939 y solamente fuese un niño de 7 años. 

El Real Madrid, por primera vez en
El Real Madrid, por primera vez en "la guarida de Sabonis".

Una de las razones de peso por las que Garastas fue nombrado seleccionador de Lituania de cara a los Juegos Olímpicos de Barcelona’92, al margen de ser un entrenador de élite, fue esa: que paradójicamente había sido testigo en el pabellón de Kaunas, de la última vez en la que Lituania había participado -y ganado- en un torneo oficial como selección. Y quería volver a llevar al pódium a su país tras haber logrado nuevamente la independencia.

Pues ese recinto, con ese niño ya de 54 años como entrenador, era el que visitaría el Real Madrid por primera vez en Copa de Europa, para enfrentarse al Zalguiris Kaunas (créanme que en tiempos donde aún existía la Unión Soviética, Zalguiris era aún con esa “u” intercalada). Los campeones de la URSS habían desbancado al todopoderoso TsKA Moscú, que ganaba ligas de manera ininterrumpida. Desde 1960 hasta ese 1985 donde se arrodillaron ante los lituanos, tan sólo en 3 ocasiones habían perdido la liga. Y es que el plantel dirigido por Vladas Garastas era muy fuerte. Llegaron a la final de la Recopa en 1985, donde su inexperiencia les hizo claudicar ante el F.C. Barcelona en Grenoble. Sus mejores jugadores iban formando cada vez con más fuerza el núcleo de la selección soviética. A tres enormes tiradores que florecieron allí en generaciones escalonadas, Sergei Iovaisha, Valdemaras Homicius y Rimas Kurtinaitis, se les unió el mejor jugador europeo nombrado en el recién finalizado 1985: Arvydas Sabonis. Aunque era inexpugnable, Lolo Sainz tiraba de historia y declaraba que “los equipos soviéticos siempre se nos han dado bien”. Conocía de la fortaleza de este Zalguiris, pero no sería mucho más distinto que el equipo del ejército, el TsKA, a los que se había enfrentado en infinidad de ocasiones y últimamente, siempre batidos. También los moscovitas tenían enormes tiradores (si recordamos a Sergei Belov, mejores si cabe) y gigantes que intimidasen. 

Arvydas Sabonis se imponía a todos.
Arvydas Sabonis se imponía a todos.

Un recinto con todas sus peculiaridades

Junto al frío reinante en Kaunas en Enero, recordar aquel recinto de 47 años de existencia para alguien como Andrés Montes, era venirse automáticamente a su cabeza una curiosa particularidad: “Tío, aquel pabellón olía a meados”. Le llamaba muchísimo la atención aquel hedor a orín entre esa atmósfera cargada de ruidosos aficionados que en nada tenían que ver con los ambientes habituales en la antigua URSS, sobre todo los conocidos en Moscú, donde parecían ir a la ópera (de hecho, durante los descansos, se pinchaban en megafonía piezas clásicas) que acentuaban su presencia con algún escaso aplauso ante alguna canasta local. Kaunas era diferente. Allí se vitoreaba constantemente en “Zal-guiris, Zal-guiris”, se gritaban y celebraban a rabiar las canastas locales y entre las mayores de las correcciones, se silbaban los ataques contrarios. Para Sixto Miguel Serrano, otro enviado especial en aquellos días, “la cantidad de soldados con sombreros de plato” que había desplegados por todo el recinto, era una de las particularidades que ese escenario encerraba. Lógicamente, el Ejército pintaba y mucho en la URSS, más si cabe en aquella zona del Báltico donde la población no veía con muy buenos ojos eso del concepto “ser soviético”. Las primeras filas de gradas estaban tomadas por ellos, en sus diferentes cargos de mando. Sin embargo, lo que más le producía impacto eran la cantidad de soldados que se agolpaban en los vomitorios a pie de pista, en el centro y en las esquinas. No podían ser todos de seguridad en tal número, allí apretados e intentando estirar sus cuellos y seguir el juego. 

Wayne Robinson y Sabonis, en el salto inicial.
Wayne Robinson y Sabonis, en el salto inicial.

El Real Madrid, en un interminable viaje desde el martes por la mañana, cuya primera parada desde la capital española era Moscú, donde se pernoctaba la primera noche, se continuaba hasta Vilnius, la capital lituana donde allí se dormía la noche del miércoles y finalmente viajar unos 100 kilómetros el jueves, día de partido hasta -al fin-, Kaunas.

Para el aficionado, era el encuentro propicio para “hacer pellas” si se era estudiante. Las seis y media de la tarde, hora local, eran las cuatro y media de la tarde hora española, horas aún lectivas (pues se mantenían clases por la tarde en todos los centros escolares). Y los choques de Copa de Europa, 10 en total -11 si se llegaba a la final-, sin que se televisaran todos, eran un pecado dejarlos pasar.

El Real Madrid llegó a aquel parquet entre dudas, las que le producía precisamente la Copa de Europa. Si en liga, aún sin deslumbrar, sí que cumplían -además ganaron en Diciembre la Copa del Rey-, poner la mirada en Budapest, donde se disputaría la finalísima continental, se tornaba cada vez más complicado. Drazen Petrovic había sembrado todas aquellas dudas tras hacer ganar a su Cibona en la Ciudad Deportiva blanca (91-108) y dejar a los blancos con un 2-2 en su récord victorias-derrotas, que no invitaba a la tranquilidad (Nota: de los seis equipos que disputaban esta fase final, los dos primeros de la liguilla se clasificarían para el choque por el título). Los 49 puntos que el genio de Sibenik endosó en el mismo recinto madridista, sacaron a relucir las zonas más sombrías del Real Madrid: el escaso tono que lucía Juanma López Iturriaga, la predisposición de Fernando Martín a jugarse más tiros de los habituales, forzando en exceso algunos de ellos, el no poder contar con José Biriukov en Europa cuando en liga era ya un puntal importante…circunstancias con las que Lolo Sainz debía lidiar en la asignatura favorita del club: la Copa de Europa. 

Valdemaras Homicius, marcado por Del Corral, el mejor del partido: 35 puntos.
Valdemaras Homicius, marcado por Del Corral, el mejor del partido: 35 puntos.

Corbalán, López Iturriaga, Townes, Robinson y Martín fue el quinteto que puso en pista en Kaunas. Homicius, Kurtinaitis, Krapikas, Tchivilis y Sabonis, de los que dispuso Vladas Garastas en el salto inicial. Estas fueron las plantillas que se citaron allí.

Y los primeros parciales exasperaron a ambos entrenadores, viendo el desacierto colectivo. Vladas Garastas fue el primero en solicitar tiempo muerto a los 5 minutos de juego, cuando el marcador señalaba un pírrico 6-8. Enfrió el escenario hasta llegar incluso al silencio durante ese tiempo. A partir de ese momento, los lituanos comenzaron a carburar bastante mejor, mientras los blancos pretendían forzar las carreras, que a duras penas se conseguía. Corbalán lo intentaba, pero no eran transicionesde ventaja. Iturriaga estaba perdido por la pista, las suspensiones de Linton Townes no entraban y era tan sólo Fernando Martín quien insistía una y otra vez ante Arvydas Sabonis. Pero Sabas era mucho Sabas. Lo llamativo es que Fernando porfiaba arrancando desde atrás, para en carrera encararlo con más garantías. Con desacierto, en varios esfuerzos, pero no desfallecía y arrancó tres faltas en la 1ª parte al gigante lituano -con otras 3 que también acumuló Fernando, algunas muy inocentes-.

Los jugadores de Zalguiris eran unos maestros de la “puerta atrás”. Cuando Sabonis recibía en la bombilla, ya fueran Kurtinaitis como sobre todo Homicius, fintaban hacia fuera como saliendo al triple, para cortar hacia canasta, recibir y anotar suspensiones que tenían más que dominadas. Mientras Lolo mantenía el mismo quinteto en pista gran parte del tiempo -los dos únicos recursos que tenía desde el banco eran Fernando Romay y Alfonso del Corral, que entraron en el primer tiempo-, Garastas movía sus ocho hombres de confianza de manera permanente. Así, como refuerzo al quinteto, Algyrdas Brazis, el base suplente, profundizó en el daño exterior al cuadro blanco (10 puntos).

Las ventajas poco a poco se iban acrecentando y la sensación de impotencia del Real Madrid comenzaba a ser grande, sobre un escenario de 6.000 espectadores ya volcado con los suyos. Escenario de Copa de Europa, vaya. Un 45-31 marcaba las escasas posibilidades visitantes, aunque un par de carreras y algo de acierto de Wayne Robinson, reducían hasta un 48-40 la renta negativa. Una elegante y postrera suspensión de Arvydas Sabonis dejaba un 50-40 al descanso. Malos 20 primeros minutos, pero el choque estaba abierto.

Sabonis, el señor de los tableros. Capturó 12 rebotes.
Sabonis, el señor de los tableros. Capturó 12 rebotes.

Arvydas Sabonis reboteaba en defensa, sí. Sin embargo, en ataque no era el máximo puntal para anotar, sino que ayudaba a los demás con bloqueos, con pases, en busca del tirador inspirado, donde poco a poco iba destacando Valdemaras Homicius (35 puntos en 35 minutos, nada menos). Eso sí, su presencia marcaba el devenir tanto de los ataques como de la defensa. Rápido en sus movimientos, elegante en el juego, por su rebelde juventud a veces cuando los árbitros señalizaban una falta y el choque se detenía, se permitía juguetear con el balón y hacía cosas prodigiosas, soltándolo de cualquier manera a canasta…y acabando dentro, con ese toque final privilegiado que la naturaleza le dio. Al igual que ya se permitía el lujo de vociferar a los árbitros con un bramido seco cuando pedía falta, sin que éstos (el griego Dubois y el alemán George) les llamaran la atención, sino que agachaban la cabeza y seguían.

El inicio de la 2ª mitad fueron los peores minutos para el Real Madrid. Los locales salieron como un vendaval y no solamente eran las acuciantes cuatro faltas personales de Fernando Martín, sino que la diferencia se disparó hasta los 17 puntos (59-42), con el recinto ya en éxtasis y los “Zal-guiris, Zalguiris”, que salían desde lo más profundo de las gargantas. Era como estar a merced de una tormenta. Este escenario en poco se parecía a los rusos. Suponía toparse de bruces con un nuevo y temido punto en los choques de Copa de Europa. Pedro Barthe, en mitad de la retransmisión, confesaba “creo que comparando con el partido que se celebró el pasado jueves ante la Cibona, el equipo de Zagreb ya tiene nombre -no obstante, eran los vigentes campeones de Europa-, pero los de Kaunas son un equipo completo”. 

Tras una fuerte falta, Corbalán se disculpa y Sabonis las acepta con cortesía.
Tras una fuerte falta, Corbalán se disculpa y Sabonis las acepta con cortesía.

Y es llamativo, producto de la experiencia de estos hombres, que en mitad de ese festival, es cuando el Real Madrid sacó su estirpe de campeón. Linton Townes anotó 5 puntos consecutivos con una suspensión y un triple. Fernando Martín tuvo los arrestos de colocar un tapón a Sabonis en su intento de mate, otra carrera más llevada por Corbalán y Garastas debe pedir tiempo muerto, puesto que la renta menguó hasta un 67-55. Fueron los mejores minutos de largo para los visitantes.

Lolo Sainz empleó una defensa diferente sobre Sabonis que funcionó. En vez de ser marcado por Fernando Martín, pidió que fuese Wayne Robinson, más ágil y con mayor movilidad, quien le marcase por delante. Y en caso de recibir pase bombeado, cualquiera desde el lado de ayuda iría a hacerle un dos contra uno. Y sí funcionó. Y se volvió a correr. Junto a los buenos minutos de Townes, se unió Alfonso del Corral, que fue el protagonista ofensivo por momentos (7 puntos de manera consecutiva, para un total de 15), al igual que lo fuera de forma infructuosa en la derrota en Milán. Con un 2+1 suyo, sitúa el marcador en 67-60 a falta de 11:45. El enfrentamiento estaba más que abierto.

Linton Townes entra en ‘borrachera’ de aciertos (27 puntos), Robinson provoca el pavor local (71-66), porque corriendo, ningún hombre grande rival le podía continuar, y todos los aficionados desde el bar (que ya me contarán a esas horas, dónde estábamos viendo el partido), se empiezan a mirar unos a otros con mayor optimismo. Biriukov, de paisano en el banquillo, anima sin cesar. Parecía que el “aroma” español pesaba en las piernas de los lituanos, porque hasta la publicidad de “El Corte Inglés”, que forraba absolutamente toda la pista, (avispados estaban en eventos así), ponía de su parte. 

Rimas Kurtinaitis, el aliado de la estrella.
Rimas Kurtinaitis, el aliado de la estrella.

Sin embargo, Zalguiris salió de sus problemas ofensivos, nuevamente por parte del inspirado Homicius, que volvía a lanzar -y anotar- todo lo que caía en sus manos, con lo que transformó el choque en un intercambio de canastas, con el peligro que a nada que fallara el Real Madrid, él no lo haría, aumentando algo las diferencias (82-72). Esa decena se mantuvo durante varias jugadas, mientras se caía en el peligroso desfiladero de los últimos minutos sin poder reducir ventajas. Ahí los blancos forzaron y arriesgaron más, con suerte dispar en las posesiones y en su presión defensiva, para llegar sin tiempo y al final con el definitivo 95-87.

Entrañable foto con Fernando Martín, Fernando Romay y Wayne Robinson, esperando en Vilnius el vuelo a Moscú.
Entrañable foto con Fernando Martín, Fernando Romay y Wayne Robinson, esperando en Vilnius el vuelo a Moscú.

La final de la Copa de Europa se ponía óptima para los lituanos y complicada para el Real Madrid (2-3) al final de la primera vuelta. Zalguiris Kaunas era un claro representante para estar en Budapest (de hecho, lo hizo), como lo eran la Cibona, el Maccabi, la Simac Milán y pretendía serlo el Real Madrid. Los blancos, entre el frío que pasaron en su vuelta a Madrid, pensaban que esta era una nueva plaza que había que afrontar con todos los arrestos, puesto que era un lugar muy complicado para llevarse la victoria. Nadie pudo ganar allí. La única derrota como “local” que sufrió el Zalguiris fue ante Maccabi (86-88), donde recuerden que esos encuentros tanto el de ida como el de vuelta, se celebraban con un día de descanso entre medias en Bruselas, a causa de la ausencia de relaciones diplomáticas entre ambos países. Lo que era en Kaunas, no perdieron nunca. Aquello era “la guarida de Sabonis”, respaldado por una excelente plantilla de jugadores veteranos, que sabían sacar partido a cualquier debilidad rival, apoyados en las seis mil gargantas que no fallaban nunca. Y sus gorras de plato y galones militares y su “olor a meados”, vale. Pero una sede inexpugnable que los blancos bien supieron a partir de ese momento.