MOMENTOS ÉPICOS: UN OLIMPO ALBICELESTE

MOMENTOS ÉPICOS: UN OLIMPO ALBICELESTE
Final J.J.O.O. Atenas’2004: Argentina 89-81 (27.08.04)

Antonio Rodríguez

Final J.J.O.O. Atenas’2004: Argentina 89-81 (27.08.04)

Lo dijimos en el primero de estos dos capítulos, “La sorpresa argentina. Y llegaron ‘los hijos’. Los de Milanesio, Campana, los de Uranga. El invierno argentino de 1996 traía consigo una final liguera entre el Atenas de Córdoba y el Olimpia de Venado Tuerto, cargada de jóvenes que irrumpirían con fuerza en el baloncesto, encarando a sus ídolos, predestinados a hacerlo a nivel mundial. Marcelo Milanesio era el director del Atenas, el líder absoluto, el icono del básquet argentino disfrutando sus últimos días como baloncestista. Enfrente, la pujanza de un joven con el talento y el desparpajo innatos que parecían minimizar el embrujo de las grandes glorias: Lucas Victoriano. A ese chaval parecía no costarle ejecutar gestos perfectos y defenderse con suficiencia ante las vacas sagradas. Un verano después, en 1997, en la lejana Australia durante el Mundial sub 22, Lucas se unía a una nueva camada, a los de su generación, para llamar a las puertas del éxito. Quedaron en cuarta posición. Pepe Sánchez, Gabi Fernández, Bruno Lábaque, Emanuel Ginobili, Fabricio Oberto, Leo Gutiérrez, el “torito” Palladino o Luis Scola anunciaron el “ya estamos aquí”. Aquello era otra cosa: había talento, pero también estatura, físico y profundidad en el conjunto. ¡Ah! Y era conjunto, efectivamente. Los supuestos egoísmos de los que algunos veteranos acusaban en la selección absoluta, a estos chavales ni se les pasaba por la cabeza. 

Andrés Nocioni celebrando el éxito argentino (Foto EFE).
Andrés Nocioni celebrando el éxito argentino (Foto EFE).

En España sabíamos de lo que Sconochini, Ginobili, Scola u Oberto podían hacer. Les veíamos a cada jornada en la ACB, como en Euroliga, siendo rivales de nuestros representantes. Sabíamos de lo que eran capaces y así ganaron a Estados Unidos con suficiencia en el Mundial del 2002. Iban lanzados y no nos sorprendió. Lo que fue euforia en Argentina, no iba tan acompañada de sorpresa allí tampoco.  Éramos conscientes que podían regalar al baloncesto aquellas exhibiciones. En Indianapolis trajeron el juego fascinante, pero no se llevaron el título. En Atenas, en 2004, conocedores de su nivel, no embaucaron jugando hasta la llegada de semifinales. Sin embargo, era el momento para llevarse el título. Definitivamente, era el momento.

La fase previa trajo dos derrotas ante España e Italia, aunque una victoria muy dulce ante la anfitriona Grecia en cuartos de final. Y volvieron a enfrentarse a los estadounidenses, dos años más tarde, en esta ocasión en semifinales. Lo que fue un regalo para el aficionado, ahora tenía que convertirse en necesidad: era el momento del título olímpico. Y si los irregulares hombres de Larry Brown tenían el día de cara como mortíferos tiradores al igual que dos días antes frente a España, pues mala suerte. Significaba que habría que empujar aún más, porque se trataba solamente de ganar. Estos fueron los planteles por ambas selecciones.

Rubén Wolkowyski, Fabricio Oberto, Andrés Nocioni, Emanuel Ginobili y Pepe Sánchez era el quinteto argentino. Tim Duncan, Lamar Odom, Richard Jefferson, Allen Iverson y Stephon Marbury, el estadounidense. Y los inicios parecían más de barras y estrellas que albicelestes. Los argentinos sufrían en ataque buscando el recurso en poste bajo, que ni por rapidez ni por físico, podían superar a sus pares. Sacaban balones que acabaron en intentos triples, que inicialmente con el “uno sí, uno no” vivían. Pero se necesitaba una base más sólida en su juego que atenerse, a los designios del triple. Estados Unidos ejecutaba con sencillez buscando balones interiores y la comunicación entre sus dos pívots, enormes pasadores, Odom y Duncan, al margen de buscar espacios para las entradas de Iverson y Marbury. Ya ven que se trataba de triturar en la zona y castigar desde ahí. Rubén Magnano decide ubicar una defensa de zonas para sofocar el pase y la creación de los altos y puestos a cargar la pintura. Que les ganen desde fuera. Y la táctica salió estupenda, pues los jugadores de Larry Brown, jugando más al estilo universitario, intentaban poco el tiro de tres, con muy poco acierto (1/6 en la primera mitad). Los dos aleros puros de su plantilla, exceptuando a Carmelo Anthony, que era muy joven y apenas rascaba bola -y pudo ser muy útil-, no eran tiradores en absoluto (Richard Jefferson se quedó en un pírrico 26.1% a lo largo de los Juegos, mientras que Marion tan sólo intentó 10 veces el tiro desde 6.25, en todo el torneo).  Como tirador, salta desde el banquillo el escolta Dwyane Wade, pero en qué estado mental estaría, que al fallar su segunda suspensión consecutiva, agachó la cabeza, en clara muestra de mentalización poco acorde a la transcendencia del choque. Se llegó al final del primer cuarto con 24-20 para Argentina.

Walter Herrmann lanzando ante Odom (Foto EFE).
Walter Herrmann lanzando ante Odom (Foto EFE).

Los albicelestes denegaban el poste alto a los estadounidenses, desde donde partía todo, con lo que se cortocircuitaban más en ataque. Magnano se veía en la necesidad de rotar y los hombres de recambio funcionaron a las mil maravillas. Walter Herrmann, a sólo pocos meses del fallecimiento de su padre, que culminó con la serie de enormes tragedias en torno a su familia, hizo un trabajo brillantísimo y de ayuda en el rebote desde el puesto de alero, mientras que Gabi Fernández luchando en la zona y amenazando desde el exterior, cumplió más que sobrado. De un 29-22 al que llegaron los argentinos, Larry Brown, tras tiempo muerto, ordenó más agresividad que sirvió para recortar la ventaja (29-27). El entrenador de los Pistons cree que la manera de vencer es utilizar pívots ágiles, con mucho movimiento, situando en pista a Boozer y Odom, así como en el algún momento a éste último con exclusividad, rodeado de exteriores. No cambió ninguna dinámica. El segundo quinteto en pista argentino aguanta, liderados por Luis Scola, que comienza a tener una actuación muy notable, continuando la enorme anotación de Emanuel Ginobili en el primer cuarto. Un contragolpe sacado por Schonochini, con pase largo que logra interceptar Alejandro Montecchia, para soltar una difícil bandeja a una mano y anotar, provoca un 42-33, la algarabía en las gradas y la preocupación en los rostros de los yankees, que comienzan a ver los fantasmas de las dos derrotas en la fase previa (ante Puerto Rico y Lituania). Al descanso se llegó con 42-38 y el partido totalmente abierto.

En la 2ª mitad, los argentinos salieron como motos. Pepe Sánchez, discreto hasta ese momento, logró repartir el juego como él sabía. Culminación a eso, un triple y un dos más uno consecutivos de Emanuel Ginobili, que como en una misión por cumplir con éxito, donde no cabía el fracaso, solamente cerraba el puño, miraba el electrónico y seguía concentrado para la siguiente acción, mientras que la fiesta sudamericana en la grada ya es un hecho: 53-40 en el marcador. Parecía incluso que podían mejorar el buen 5/13 de triples al descanso. Estados Unidos comenzaba a perderse en protestas. Y si somos sinceros, con razón.

Tim Duncan, tras la finalización de los Juegos Olímpicos, declaró totalmente enojado que “jamás volveré a jugar una competición FIBA”. Acabó hastiado de los árbitros. Sus manos rápidas, sus zarpazos y tapones, fueron señalados en muchas ocasiones por faltas cuando no lo eran. También hay que pensar que por entonces, en el baloncesto FIBA solamente eran utilizados dos árbitros (ya saben, el mayor organismo federativo, a la vanguardia siempre). Y la estrella de los Spurs pasó el mismo tiempo en el banquillo castigado por las faltas que jugando al baloncesto (20 minutos, para 10 puntos y 6 rebotes). Sus compañeros también comenzaron a desquiciarse. 

Nueva acción de Walter Herrmann (Foto EFE).
Nueva acción de Walter Herrmann (Foto EFE).

Y ese ambiente empezó a pasar factura. Salieran las cosas o no, en la primera mitad tuvieron disciplina. A partir de este momento, cualquier orden ofensivo se acabó. Se perdían en acciones individuales de Iverson y Marbury erráticas que contrastó con el momento de mayor acierto rival. Con un triple de Emanuel Ginobili (que ya llevaba 22 puntos cuando restaban 17 minutos para la conclusión), Argentina comienza a decantar la semifinal, con un impresionante 56-40, que no hacía más que frotar los ojos a los testigos del evento.

Tras un parón por tiempo muerto, vuelve la cordura norteamericana y a volver a pasar balones a sus pívots y a acercarse en el marcador (60-54), con la ayuda de dos triples seguidos de Iverson y Marion. Y quizás aquí fue donde entró la grandeza y la inspiración de los argentinos, porque respondieron con puntos cuando más apretaban sus rivales. Otro dos más uno de Ginobili (29 puntos) y un triple de Montecchia mantuvieron unas distancias más que prudenciales (66-54). Estados Unidos que presiona, que Wade roba un balón y consigue que sus fans se levanten de sus asientos tras un espectacular mate, tiene oposición en un triple de Ginobili más tiro adicional (70-57) con el que se llega al final del tercer cuarto.

 Los últimos 10 minutos empiezan con ese convencimiento en las filas USA: que son 10 minutos. Y su desventaja es remontable. Siguen presionando en defensa, aunque el orden táctico de los argentinos, el conocerse con los ojos cerrados de jugar juntos durante muchos veranos, abre puertas donde los yankees no pensaban que existían. Aun así, siguen mejor los cortes albicelestes en defensa, negando que les pasen el balón y poco a poco, cargando en la pintura, fuerzan faltas, cumpliendo las cuatro para el bonus en poco más de dos minutos. Al intentar dar el hachazo en ataque, buscando el punto de inflexión, hubo un tiro que pudo marcar psicológicamente la travesía de los vigentes campeones olímpicos: un balón suelto que cae a unos siete metros del aro, en las manos de Stephon Marbury. Y allí, centrado, el base de los Knicks se encontró en la misma posición que dos días antes frente a España en multitud de ocasiones: abierto y liberado. Y se jugó el triple…que no entró. No era el día definitivamente (0/3 fue su aportación individual). Otro triple, a propósito, de Alejandro Montecchia: 73-61.

Luis Scola y Emanuel Ginobili, los máximos exponentes albiceleste (Foto EFE).
Luis Scola y Emanuel Ginobili, los máximos exponentes albiceleste (Foto EFE).

Tim Duncan comete su quinta falta personal cuando aún restaban 5 minutos: 76-65.  Desgracia norteamericana a la que siguió otra sudamericana: un manotazo de Marbury en su intento por robar el balón de las manos de Oberto, fractura un dedo de la mano derecha al pívot titular de Magnano, Fabricio Oberto, a 04:19 para el final, que inmediatamente lo lleva al banquillo. El pívot de Pamesa Valencia, dándose cuenta de la gravedad de la acción, comienza a enfurecerse sabiendo la oportunidad que estaba perdiendo: jugar una final olímpica. Porque ese partido, no lo iban a perder.

De ahí al final fue un no poder de los estadounidenses y la fiesta en el banquillo argentino iba creciendo de todo, cristalizándose. A la máxima presión, se respondía con un triple de Walter Herrmann y un 80-69. Se finalizó con el 89-81 y la selección argentina bailando en el centro de la pista entre abrazos.

Miren, por un momento los españoles en cuartos de final, ante la mala táctica de dar espacio en el tiro a Richard Jefferson o a Stephen Marbury, tratándoles como lo que habían demostrado en estos Juegos Olímpicos y no como los que realmente eran, pensábamos “es que son las estrellas de la NBA. Esto lo pueden hacer”. Siempre rondó este pensamiento por nuestras cabezas. Los argentinos fueron a jugar un partido, a obligarse a ganar un partido. Y lo ganaron. Esa valentía será siempre gratificante y prestigiosa en ellos. Esa valentía que nuestros representantes utilizaron en las finales olímpicas de 2008 y 2012 con posterioridad, aunque es cierto que el equipo USA ya era otra historia. Nunca hubo peleas entre los propios jugadores USA ni aquello del “fuck up” en ningún momento como en Atenas. Los hombres que preparó Krzyzewski sabían perfectamente lo que tenían que hacer.

Pues por el talento y esa falta de temor, se les recordará a esta generación de jugadores argentinos, campeones olímpicos un día más tarde al derrotar a Italia en la final. Unos tipos que nunca creían en etiquetas previas o peso de la historia y sí en ellos mismos. E hicieron resurgir y poner en el mapa el baloncesto de un país con la fuerza con la que nadie nunca antes había podido hacerlo: campeones olímpicos, repetimos.

 

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