MOMENTOS ÉPICOS: “EL PARTIDO MÁS POLÉMICO DE LA HISTORIA”

MOMENTOS ÉPICOS: “EL PARTIDO MÁS POLÉMICO DE LA HISTORIA”
Final Juegos Olímpicos Munich’72: URSS 51-50 Estados Unidos (09.09.72)

Antonio Rodríguez

Final Juegos Olímpicos Munich’72: URSS 51-50 Estados Unidos (09.09.72)

En Endesa Basket Lover nos vestimos con los cinco aros. Trataremos contenidos sobre la próxima cita en Río, así como recordar los torneos de nuestro deporte con más tradición, más peso histórico y más renombre que el balón y la canasta pueden dar: los Juegos Olímpicos. Y como debiera ser obligación, tocar esta cita. Lla noche más polémica, la jornada en que el baloncesto cambió para siempre, a escena.

El gesto de Alexander Belov, condensa la locura vivida en esta final olímpica.
El gesto de Alexander Belov, condensa la locura vivida en esta final olímpica.

“Yo he ganado MVP’s, campeonatos, tomado drogas…y éste fue el mayor subidón que jamás he tenido: ganar la medalla de oro”. Recuerda Spencer Haywood con esta rotundidad, su título olímpico en Mexico’68. Era una sensación común en todos los jugadores que representaron a Estados Unidos en las siete competiciones olímpicas previas en las que hubo torneo de baloncesto. Algunos dicen que no eran conscientes de su valor por su juventud, de la magnitud que tenía el hecho de subir al pódium y escuchar el himno bajo la sombra de las barras y estrellas. Lo que sí recuerdan que, una vez en él, la sensación era tocar el cielo.

Pues en los Juegos Olímpicos de Munich’72, apareció un equipo yankee que se toparía con una cruda e inesperada realidad: el ascenso del baloncesto del resto del mundo. Esa mejora, que quedó minimizada por una gran e infravalorada selección USA en Tokio’64 y diezmada también por la superioridad del protagonista cuyas declaraciones sirven de prólogo, en Mexico’68, se mostró en el SportsHalle de Munich en toda su magnificencia. Algunos ojeadores hablan del escaso calado de sus advertencias a los oídos de Henry Iba, seleccionador americano, que estaban informados de los progresos de los equipos del Telón de Acero, en contraste con la soberbia del país inventor. Toda aquella malgama, creó un cúmulo de circunstancias que tuvieron punto de encuentro en la noche del 9 de septiembre de 1972, para que diera lugar, con un toque del destino incluido, al partido más polémico de la historia de nuestro deporte.

La suspensión de Sergei Belov, arma mortífera en los soviéticos en la 1ª mitad.
La suspensión de Sergei Belov, arma mortífera en los soviéticos en la 1ª mitad.

Conveniente sería situarnos en el baloncesto estadounidense del momento. Encontrando paralelismos a los tiempos de hoy día, la gestación de aquella liga paralela, la ABA, a la que muchos de los talentos universitarios del momento emigraban al profesionalismo de forma prematura, hizo que lógicamente se les excluyera de poder defender a la selección de su país, compuesta por jugadores universitarios en su totalidad. Y hubo casos que hicieron mucho daño al combinado conformado para estos Juegos Olímpicos. El que pívots como Jim Chones o Artis Gilmore ingresasen en la ABA, les dañaría de manera grave. Con ellos, muy probablemente nunca dejarían escapar el oro. Hablan los libros también de la opción del gran “Doctor J”, que Julius Erving fuera otro de los integrantes de esa lista de deseados. A decir verdad, Erving, desde la pequeña universidad de Massachussets, no salió de cierto anonimato nacional hasta sus primeros mates en la ABA y extraña hubiese sonado su inclusión.

Otros, en cambio, como David Thompson o sobre todo Bill Walton, declinaron la invitación olímpica. Walton era el jugador más determinante de la NCAA y su rechazo sí escoció especialmente, porque se contaba con él. El que tuviera algún pequeño problema con la ley, siendo uno de los protagonistas en una manifestación en contra de la guerra del Vietnam, pareció marcarle. Pero como confesó en su autobiografía, no tenía ninguna intención de ser concentrado por Henry Iba tras la pésima experiencia sufrida con la selección de Estados Unidos en el Mundobasket de Ljubljana’70, siendo aún jugador de high school, ya que al margen de jugar muy pocos minutos, sufrió por parte del entrenador Hal Fischer, todo tipo de insultos, vejaciones y un sobreentrenamiento del que sus pies tendrían futuras secuelas a lo largo de su carrera, como se comprobó posteriormente. Y algo de razón en su previsión tenía, puesto que los trials de preselección, tuvieron tintes de campo de concentración a nivel deportivo.

Dwight Jones rodeado por los soviéticos Edesko y  Zharmukhamedov.
Dwight Jones rodeado por los soviéticos Edesko y Zharmukhamedov.

“Fueron los 21 días más duros de mi vida” recordaba Doug Collins 30 años después. Hawaii fue elegida como la residencia para la preparación. Y lo que suena a sol, playa y distracciones, nada más lejos de la realidad. Recluidos en el recinto deportivo sin el más mínimo atisbo de relajación, envueltos en una disciplina militar, tenían tres agotadoras sesiones de entrenamientos diarias. Y tan estricto régimen, se llevó víctimas de por medio. Swen Nater, el pívot reserva de Bill Walton en UCLA, tras la baja de éste, fue uno de los elegidos, porque gustaba de sus notables aptitudes ofensivas. La planificación diaria hacía que los jugadores debieran comer media hora después de cada entrenamiento. “Yo pedí a Iba el poder comer algo más tarde. Para mí, era imposible ingerir comida con tan poco tiempo tras el esfuerzo. Me contestó que no podía hacer nada por mí, que mantendría ese sistema para todos”. Nater tuvo que abandonar exhausto la concentración días después, tras perder ¡más de 8 kilos en 5 días!  

Con ese altísimo umbral de sacrificio e intensidad que Henry Iba impuso en sus jugadores, pretendía asegurarse que ninguna otra selección les pudiese seguir en tal ritmo (de hecho, el promedio de puntos que recibieron durante el torneo olímpico, no llegó ni a los 44 puntos). Y es que, finalmente, convocó grandes atletas. La lista estuvo compuesta por: Mike Bantom, Jim Brewer, Tom Burleson, Doug Collins, Kenny Davis, James Forbes, Tom Henderson, Bobby Jones, Dwight Jones, Kevin Joyce, Tom McMillen y Ed Ratleff. Todos, excepto Davis, jugaron en la NBA. Sin embargo, a excepción de la brillante carrera de Collins, los demás estuvieron un puñado de años sin cuajar en la gran liga.

El estilo de juego de este equipo USA quedó reflejado, tanto en el debut, pues Checoslovaquia anotó 3 canastas en la primera mitad, para un 66-35 definitivo, como en las semifinales frente a Italia, donde los azzurri quedaron en 16 puntos al descanso para llegar al final con 68-38, anotando sus últimos 8 al final, casi de maquillaje. Henry Iba impuso una defensa extremadamente agresiva, cargando mucho el rebote con tres hombres interiores de manera permanente, para paliar posibles malos días en el tiro. Sin embargo, tuvo muchas críticas ya por su elección en el cargo. En 1972, Iba contaba con 70 años y llevaba dos retirado de su universidad de siempre, Oklahoma A&M (la actual Oklahoma State). Haber aupado a su país al oro en Tokio’64 y Mexico’68, le dio credenciales suficientes como para ofertarle esta tercera oportunidad. La intensidad mencionada tan sólo la pudieron aguantar Brasil (61-54), que contaba en sus pívots con Marquinho, un 2.14 de extremada habilidad, como el mítico e incansable Ubiratán.

Ivan Edesko presionado por Kevin Joyce.
Ivan Edesko presionado por Kevin Joyce.

 Dando un toque patriótico, no se puede negar el mérito que tuvo nuestra Selección Española, que sin contar ese día ni con Clifford Luyk ni Wayne Brabender, nuestros dos mejores hombres -deferencia para no enfrentarse a su nación de origen-, se disputó un excelente choque en el que  los españoles se fueron hasta por 8 puntos en la primera parte, para llegar igualados al descanso (31-31) y remontar los 10 puntos que los estadounidenses tomaron en la 2ª mitad (46-36), para mantener la igualdad a 50 a falta de 6 minutos. Un hito, a tenor de lo visto en el torneo. Con la máquina USA a pleno rendimiento en el tiempo que restaba, fueron derrotados finalmente por 72-56. Tanto Santillana como Rullán (14 puntos cada uno) jugaron un partido extraordinario ante los pívots rivales, mostrando su clásica facilidad ofensiva.

La URSS, que llegaba imbatida tras derrotar en su grupo tanto a Italia (79-66) como a Yugoslavia (74-67), superando las semifinales ante la potentísima Cuba (67-61), se presentaba en una final extremadamente extraña desde su inicio. Y no solamente por el impacto que supuso entre los atletas -y el resto del mundo- el atentado terrorista del comando palestino “Septiembre negro” cuatro días antes, cuando secuestraron a 11 atletas israelitas que posteriormente fallecieron, junto a cuatro de los terroristas y un policía alemán, en la fracasada operación de rescate. La cadena estadounidense ABC había pagado 12.5 millones de dólares por los derechos de emisión de estos Juegos. El avance tecnológico de los satélites en los años precedentes, les aseguraba que la cobertura nacional llegara a todos los hogares, enlazando unos con otros a los niveles más locales. De hecho, los rectores de la ABC tuvieron muchos problemas previos con la organización alemana, puesto que ellos querían tener su propia realización televisiva, enviando sus propias cámaras y ubicándolas a su antojo. El dólar tiene su peso y finalmente el comité organizador accedió. De tal pesquisa, que la final de baloncesto se disputó el ya mencionado 9 de septiembre, a la curiosa hora de las 23:45 hora local en Munich, para que tuviera la máxima difusión entre la población USA.

Los estadounidenses celebrando su éxito...en ese momento.
Los estadounidenses celebrando su éxito...en ese momento.

Esta final de casi a medianoche, se inició con el dominio de los soviéticos en el marcador, que mantuvieron tal delantera todo, todo el tiempo, hasta que restasen 3 segundos. Los últimos y fatídicos tres segundos de la polémica. Una de las mayores críticas que tuvo el seleccionador estadounidense Henry Iba, fue el no utilizar la velocidad en sus jugadores. Iba no creía en los contragolpes ni en transiciones relativamente rápidas, sino en el juego estático de cinco contra cinco, pues lo otro, en sus ojos, tenía algo de toque circense que no le agradaba. Y la mayor experiencia soviética les sumergió en un juego denso, con numerosas pérdidas de balón en la primera mitad. Circunstancia que desde un medio español, adelantaba el ex seleccionador español en los Juegos de Roma’60, Fernando Font, posteriormente publicado en la revista “Rebote”:

“Otra de las facetas en que no convenció a gran parte de los que fuimos allí a ver baloncesto, fue el juego de ataque de los americanos. Sumamente estáticos los tres hombres grandes. No nos gustó el sistema Iba, porque no le vimos que diese resultado a lo largo del campeonato. ¿Será todo esto una distracción para los contrarios durante el torneo y saldrán con algo inesperado en la final? Pero no era distracción. No era engaño. Eso era todo: altura, rebote y sobre todo, poder defensivo”.

Los soviéticos flotaban a los tiradores americanos, que apenas se atrevían a lanzar desde media distancia. Además, los yankees se toparon con una gran sorpresa en la final para ellos, pues era algo con lo que jamás tuvieron que negociar durante el torneo olímpico: la disputa del rebote. Su superioridad bajo tableros fue tal, que estaban absolutamente convencidos que a más rechaces, posesiones, victoria segura. Los soviéticos contaban con los pívots Alzhan Zharmukhamedov (2.07) y el joven de 21 años Alexander Belov (2.04), que representaban la nueva savia del baloncesto soviético. Enterrados los mastodontes históricos como el gigante Krumins u hombres de brazos interminables pero livianos y poco físicos, como Vladimir Andreev, a pesar de tener 2.14, este nuevo escaparate de pívots eran atléticos, intensos (a Belov le pudiéramos catalogar como una versión adelantada de Rodman, saltando una y otra vez por el rebote hasta lograrlo) y aunque técnicamente limitados para lo que suponía el baloncesto soviético, no sólo aseguraban su propio tablero, sino que palmeaban y disputaban rechaces ofensivos a los mismos estadounidenses. Lo nunca visto.

Sergei y Alexander Belov celebrando la canasta definitiva, cuando el balón ni había caído al suelo.
Sergei y Alexander Belov celebrando la canasta definitiva, cuando el balón ni había caído al suelo.

Los últimos remates en las sólidas costuras soviéticas, lo daba la dirección y el conocimiento del juego del veterano base Zurab Zakandelidze -que daba exactamente eso: veteranía- y el enorme talento de uno de los reyes de Europa: el alero Sergei Belov. Belov era la estrella que los estadounidenses conocían, e incluso y de manera muy indirecta, eran capaces de sacar pecho viendo sus acciones. Y es que, a los analistas estadounidenses les llamaba poderosamente la atención que los gestos de Belov, mecánica suave y elegante de tiro sobre todo, eran calcados a los de West. Esos ramalazos vanidosos de “los soviéticos aprenden de los mejores” se les atragantó cuando Belov anotó 10 puntos consecutivos en la final, en cinco suspensiones, llegando un momento en el que lo vieron imparable, inalcanzable. Toda esta suma de variables, tuvo como resultado el 26-21 a favor de la URSS al descanso.

El que la URSS llevara cientos de partidos jugando juntos, era un arma tan anhelada como valorada por los americanos, que veían cómo sus jóvenes habían disputado apenas 12 partidos como equipo. Por debajo  en el marcador por 10 puntos mediada la segunda parte, presionaron mucho más fuerte en defensa, con la desesperación se les permitió -al fin- correr y el signo del partido cambió por completo. A los soviéticos les entraron los nervios, el miedo a ganar (las 62 victorias consecutivas de USA en Juegos Olímpicos, pesaron mucho más que la veteranía de la URSS. Mantenían aún ese halo grandioso), y vieron menguar su diferencia hasta un 44-40 a falta de 4 minutos, con tensión incluida, como el conato de enfrentamiento entre el alero Mikhail Korkhia y Dwight Jones tras la lucha  por un rebote, siendo ambos expulsados. Accidental -pero justa- decisión arbitral, que dolió especialmente a la escuadra de Iba, puesto que los rebotes de Jones estaban siendo uno de sus revulsivos. También Alexander Belov, en un intento de tapón, se golpeó la cabeza contra el tablero -cuando aún no estaban recordadas sus dimensiones bajo el aro-, sangrando abundantemente cual soldado en cruenta batalla, aunque pudo volver posteriormente  -obvio-, a jugar. El escolta americano Kevin Joyce, con más libertad de movimientos, anotó 6 puntos consecutivos que dejó la diferencia  en 1 punto (47-46) a falta de 1:47, para revuelo de las gradas del SportsHalle, que de repente vio el encuentro en un puño. Con una suspensión de Forbes (49-48 para la URSS), seguido por un tapón de McMillen a Alexander Belov, pudiendo recuperar éste último el balón y sacarlo fuera hacia su base a falta de 8 segundos, comenzó la mayor locura dentro de una pista de baloncesto jamás vivida. Jamás. Los segundos que más discordia han sembrado en la historia de nuestro deporte. Allá vamos.

El pódium olímpico con los soviéticos y cubanos, y la ausencia de los estadounidenses.
El pódium olímpico con los soviéticos y cubanos, y la ausencia de los estadounidenses.

La trayectoria de ese pase la cortaría el avispado Doug Collins en medio campo, encaminándose como un condenado a la carrera, hacia la canasta rival en busca del milagro y la gloria. Sakandelidze, en acción desesperada ante la inminente canasta, le hizo una peligrosa falta en la entrada, dando con el bueno de Doug -el posterior entrenador de Michael Jordan en los Bulls y Wizards-, contra el soporte de la canasta en un aparatoso golpe, viéndose en la obligación de ser atendido. Con el ‘estacazo’ recibido, para consuelo soviético, al menos, no había conseguido la canasta. Restaban 3 segundos.

Mientras recuperan a Doug Collins, que por carácter, sabían que era el hombre perfecto para anotar los dos tiros libres, la mesa de anotadores, parte fundamental en esta historia, mira y hasta pregunta al banquillo soviético, si quiere pedir el tiempo muerto que les restaba. Kondrashin, el seleccionador de la URSS, les hizo con gestos un ‘por supuesto que no’. Las normas de la FIBA en aquellos tiempos, dictaban que podías solicitar tiempo muerto antes del primer tiro libre o del segundo. Nunca con más demora. Los soviéticos querían solicitarlo previo al segundo lanzamiento, planificando mejor la siguiente jugada con acierto o no del tiro. Collins se recupera, y anota el primer tiro libre, ante el estallido de todo el pabellón. Empataba el partido a 49. En ese momento, el asistente de Kondrashin, corre a la mesa pidiendo el tiempo muerto, dejando algo perplejos a los operarios de la mesa, que no entendían mucho la petición, la misma que le preguntaron momentos antes, con lo que ya mostraron cierta inexperiencia en estas lídes. El caso es que, tras segundos de duda, pulsan la sirena en el momento en que el árbitro había ya dado el balón a Doug Collins y estaba en la acción de tiro, predispuesto de su segundo libre, obviando la sirena. El reglamento dice que no se puede parar el juego una vez dado el balón al jugador que se dispone a lanzar.

De tal bocinazo no se enteró nadie o no se quiso enterar nadie, pues no dejaba de ser un ruido a destiempo. Collins anotó el segundo tiro libre y los soviéticos pusieron el balón en juego a falta de esos 3 segundos, debiendo pararse la acción, viendo que el asistente soviético, vociferando y dando saltos delante de la mesa, ya estaba dentro del terreno de juego, reclamando de forma desesperada que se parase el juego. Ni los jugadores ni el banquillo estadounidense entendían nada, mientras que la URSS reclamaba el tiempo muerto pedido tras el primer tiro libre. Los americanos se amparaban en que la bocina nunca sonó antes de recibir Collins, con lo que el juego nunca se debió parar, como así anunció uno de los árbitros en pista, exigiendo que siguiera el juego. Para volver la situación más caótica y en el intento de aclarar, William Jones, secretario general de la FIBA, baja del palco e intercede entre la mesa y los colegiados (el brasileño Righetto y el búlgaro Arabagdjan), que seguro vio toda la secuencia desde el palco con los errores cometidos, dando por buenos los dos tiros libres de Collins (49-50), puesto que esos eran irrefutables y señalando con los dedos de forma permanente “3”, que eran los segundos que restaban tras la falta y antes del saque, para que volvieran a retrasar en el marcador a esos dígitos, tras correr un pequeño fragmento mientras paraban el juego.

Algunos analistas estadounidenses ven la acción de Jones como algo nunca visto y ridículo. “Es como si en un partido NBA, David Stern bajase del palco y ordenara lo que se debe hacer en un partido, imponiendo su criterio sobre mesa y árbitros. ¡Es absurdo!”. El caos continúa y aumenta cuando los árbitros otorgan el balón a los soviéticos y el electrónico aún no se había puesto en tres segundos, con un operario de la mesa intentando avisarles, sin ningún éxito alguno. Los soviéticos, predispuestos a sacar por mediación de Paulaskas, ven perplejos cómo en el mismo instante en que recibe el balón del colegiado -y saca-, suena la bocina del final. En ese momento, la explosión y el júbilo estadounidense. El partido había concluido -parecía- y los abrazos tenían impresión de haber otorgado un ganador. Los soviéticos, preguntándose dónde estaban los famosos 3 segundos que tenían de juego, miran al marcador, que refleja que restaban 50 segundos. De locos. El papelón continúa.

Los árbitros y operarios de la mesa, mezclándose entre los abrazos de los estadounidenses, les aplacan en su entusiasmo, intentando hacerles ver -que no era fácil- que aún restan tres segundos, que la anterior acción había sido anulada o simplemente, ni se había producido. Bajan el crono hasta los tres segundos, mientras que entre los americanos se habla del deseo de retirarse de la pista, puesto que ya habían tenido suficiente. John Bach, el mítico asistente de Phil Jackson en los Bulls, también asistente de Henry Iba en estos Juegos Olímpicos, le hace esa pregunta. Iba responde que no, que se mantengan, que ellos jamás perderán ese partido.

Intentando volver a la normalidad -ya me contarán cual-, entre todo ese caos y confusión, los estadounidenses cometen dos graves errores. Por un lado, Henry Iba no saca a la pista a su techo, el pívot de 2.24 Tom Burleson, para entorpecer el saque de fondo. No sabemos si por olvido o convencido en su castigo, ya que con Burleson tuvo un conato de pelea con un rival en las semifinales ante Italia, con lo que Iba le postergó en el banquillo sin usarle a lo largo de la final. Por otro lado, cuando dan el balón, ésta vez a Ivan Edeskho para que saque de fondo, Tom McMillen, jugador encargado de presionar el saque, inconscientemente se echa hacia atrás, buscando a alguien a quien marcar en la pista, dando todas las facilidades en el saque.  Edeskho dio un pase medido hacia la otra canasta para su compatriota Alexander Belov, el mejor dotado atléticamente de los soviéticos, que saltó muy por encima de Joyce y Forbes para aferrarse con las dos manos al balón, viendo caer al suelo a sus dos rivales, se vio solo bajo el aro, para anotar la canasta sobre la bocina -ahora sí- que sentenciaba la final: 51-50 y los estadounidenses devastados.

Por supuesto que Estados Unidos reclamó el partido. Como se inició casi a media noche, los jugadores esperaron dentro del recinto, sentados en unas gradas absolutamente vacías, a que un comité dictase un veredicto más allá de las cuatro de la madrugada. Tal comité no varió el resultado: la victoria era para la Unión Soviética. La rocambolesca historia no acabó aquí. Hablemos del comité designado. Debió estar compuesto por cinco autoridades deportivas de Puerto Rico, Cuba, Italia, Polonia y Egipto. Sin embargo, Abdel Moenim Wahby, representante del último país citado, se ausentó junto a su delegación cuando fueron eliminados y ya no se encontraba en Munich, siendo sustituido por un húngaro, Ferenc Hepp. Los estadounidenses echaron el grito en el cielo cuando vieron tres representantes de países liderados por regímenes comunistas (Polonia, Cuba y Hungría) en el comité que dictó el veredicto. Ferenc Hepp nunca desveló su voto, pero no estaría tan claro a favor de los soviéticos, cuando él se doctoró en la universidad de Iowa, haciendo grandes amigos allí y tenía una marcada repulsa por la URSS, puesto que muchos de sus familiares sufrieron agresiones durante la revuelta del país soviético a Hungría en 1956. El árbitro brasileño Riguetto, que debía como árbitro principal, dar la conformidad a tal veredicto, no firmó el acta por disconformidad en el resultado final y para rematar, un periodista español preguntó al representante italiano tras la votación, que medio resignado, medio irónico, le respondió: “Yo he votado en blanco y han salido tres a dos a favor de los soviéticos. Ninguna papeleta en blanco”.

El equipo estadounidense viajó de vuelta a la mañana siguiente y por supuesto, no se presentaron a la ceremonia de entrega de medallas. Medallas que siguen estando a cargo de la FIBA en una caja fuerte y lo más que hacen es mandar cada ciertos años una carta a la Federación Estadounidense para que las acepten. Lo que en los años posteriores eran negativas a recogerlas, en 2003 se volvió a realizar una encuesta entre los jugadores para que las acepten y tan sólo eran 3 los componentes que seguían rechazándola. Kevin Joyce  afirma que “yo siempre seguiré diciendo que no, que nuestra medalla es la de oro. Y como se necesita unanimidad en la decisión…”.

Mike Bantom recuerda que uno de los asistentes del equipo, Don Haskins, entrenador de Texas-El Paso, de la misma universidad que Jim Forbes, el jugador que no pudo interceptar el pase hacia Alexander Belov, le pidió a modo de ruego “mandar una carta o llamar por teléfono a Forbes. Lo estaba pasando muy mal a su vuelta. Se sentía responsable de aquella cajasta encajada. Es increíble ver cómo alguien lo puede pasar tan mal”.

Y Estados Unidos ganó el oro en los Juegos Olímpicos de Los Angeles’84. Y Bob Knight, entrenador de aquella mítica selección e íntimo amigo de Henry Iba, pidió a sus jugadores (Jordan, Ewing, Mullin…), que le levantasen y lo alzaran, pues estaba en el recinto, para que fuese partícipe del oro en compensación al de Munich. Aquel oro que sigue creando polémica. Aquel partido cuyas heridas, aún siguen vivas.