MOMENTOS ÉPICOS: “EL GLORIOSO TRIENIO DEL BARÇA (I)”

MOMENTOS ÉPICOS: “EL GLORIOSO TRIENIO DEL BARÇA (I)”
Final Recopa 1985: F.C. Barcelona 77-73 Zalguiris Kaunas (19.03.85)

Antonio Rodríguez

Final Recopa 1985: F.C. Barcelona 77-73 Zalguiris Kaunas (19.03.85)

En Endesa Basket Lover y durante cuatro entregas, contaremos el trienio europeo glorioso del F.C. Barcelona en “Momentos épicos”. Desde 1985 hasta 1987, el equipo azulgrana reinó en la Recopa de Europa y Copa Korac de una manera aplastante, previo paso a la Copa de Europa donde la futura Final Four, le tendría muy a menudo como uno de sus invitados. Tras tres finales perdidas, con estos tres años, aprendieron lo que era ganar en Europa.

Nacho Solozábal con el preciado trofeo de la Recopa (ACB Photo).
Nacho Solozábal con el preciado trofeo de la Recopa (ACB Photo).

Parecía un equipo maldito en Europa. Tres finales europeas perdidas, cada derrota más dolorosa. En 1975, bajo las órdenes del entrenador yugoslavo Ranko Zeravica, el F.C. Barcelona perdió sin opción la Copa Korac en choque de ida y vuelta, ante la Forst Cantú, club de una ciudad con un tremendo potencial baloncestístico, inversamente proporcional a sus pocos habitantes. Llegó 1981 y la oportunidad de lograr en el Palaeur romano el primer cetro, esta vez en la final de la Recopa de Europa, ante nuevamente los canturinos (bautizados en esta ocasión Squibb Cantú). Aquel F.C. Barcelona ya tenía la esencia de un equipo muy poderoso, a pesar que sus estrellas fueran aún muy jóvenes. Solozábal, Ansa, Epi o Sibilio apenas superaban los 20 añitos y junto a Manolo Flores, De La Cruz y los dos americanos de turno (Jeff Ruland y Mike Phillips en este caso), podían competir frente a cualquiera. Pero la historia era tozuda con ellos y en un ambiente hostil, por el que los árbitros Arabadjan y Mainini (que los “viejos” del lugar, conocerán perfectamente) se dejaron influir, el equipo entrenado por Antonio Serra volvió de tierras italianas nuevamente de vacío (86-82). Pierluigi Marzorati parecía una bestia negra.

Pero el culmen del dolor llegó en 1984, cuando los azulgranas se presentaron por primera vez a la final de la Copa de Europa, el máximo honor a nivel internacional, esquivando a Marzorati (por poco, pues la Jolly Colombani Cantú se quedó en puertas de esta final), pero enloqueciendo otra vez ante el base rival. Ginebra fue la sede de aquella macabra fiesta, de aquel 79-73 para su rival, el Banco di Roma, al que se le fue dominando toda la primera parte y una porción de la segunda. A partir de ese día, un nombre estalló en la memoria del aficionado, mezcla rencor deportivo, mezcla admiración, para la posteridad: Larry Wright, base estadounidense que ya había quedado campeón de la NBA en 1978 con los Washington Bullets, hizo y deshizo a su antojo (27 puntos), a pesar de las intentonas infructuosas de Epi (31 puntos), que acabó agotado por cambiar la suerte de los suyos. Renzo Tombolato, un ala-pívot de rotación, de limitado juego, parecía ser ahora la oculta y verdadera bestia negra: Renzo había estado presente en los tres equipos que habían arrebatado el título europeo a los barcelonistas en finales: 1975, 1981 y 1984. Ya ven, paradojas del mundo de la canasta. 

Los aficionados azulgranas abarrotaron las gradas con sus colores.
Los aficionados azulgranas abarrotaron las gradas con sus colores.

Antonio Serra, a pesar de llevar a estos éxitos (1981 y 1984) al F.C. Barcelona, se le criticaba la manera de gestionar el uso de los jugadores. Solozábal, Sibilio y Epi casi monopolizaban el ataque del cinco en pista bajo las directrices de su entrenador. Los estadounidenses (en 1984 fueron Mike Davis y Marcellus Starks), no pasaban de ser convidados de piedra en pos de los rebotes. Porque si el primero no era un virtuoso ofensivo, sí lo era mucho más el segundo, que apenas vio un bosquejo de sistemas para que él hiciese daño en la zona. Se limitaban demasiado las opciones a la hora de la verdad, en las finales.

                Y nos deslizamos, casi a hurtadillas, hasta la temporada 84/85, porque no se intuían títulos importantes y sí el fin de la época de Serra en el banquillo culé, como ya escribimos en otro “Momentos épicos”.  Año casi de intentar continuismo sin parches, hasta que se dictaminase el futuro nuevo entrenador. En esta travesía, perder en semifinales de la Copa del Rey ante el Joventut badalonés y también con sus vecinos, hacerlo nuevamente en semifinales de liga, cerró el periplo que se inició con Serra en 1979. Sin embargo, en tal camino tuvieron una parada gloriosa: Grenoble y la final de la Recopa. Un 19 de marzo de 1985, el día en que se rompió con todo.

Manolo Flores, el histórico jugador que había recibido un merecido homenaje durante la pretemporada, tomó las riendas del banquillo tras la marcha de Serra: “Por supuesto que prefiero estar en esta final como jugador, vestido de corto. Sufriría menos”. Pero en su nuevo papel, transmitía calma y respeto. Zalguiris Kaunas (no sé de vocabulario cirílico, pero antes, se escribía con la “u” añadida que veis, con lo que respetaremos los designios de la época) se había proclamado campeón de liga soviética, rompiendo la tirana hegemonía del TsKA Moscú, que seguía siendo el equipo militar (por lo que todos los jugadores, a la hora de cumplir este servicio militar, tarde o temprano recalarían temporalmente en sus filas). Y ese nuevo poder establecido, había que valorarlo. Si eran totalmente nuevos a la hora de abrirse “al mundo” del Viejo Continente, como club, lo que todos sabían que en sus filas, por encima de cualquier hombre, contaban con Arvydas Sabonis.

 Rimas Kurtinaitis y sus 36 puntos. Así debió ser parado y ni con esas.
Rimas Kurtinaitis y sus 36 puntos. Así debió ser parado y ni con esas.

Cuando los azulgranas llegaron a la ciudad francesa, que les recibió con una fuerte nevada (retrasos en el aterrizaje por este problema), toda la comitiva intuía era el apoyo de los aficionados, que se hablaba que irían en masa. De Barcelona a Grenoble hay 630 kilómetros de distancia y aunque la ciudad gala se mantenía tranquila en la víspera, calculaban unas cinco mil personas para apoyar al equipo. Su número parecía exagerado, puesto que el Palacio de los Deportes de Grenoble tampoco tenía cabida para muchos más. Pues no, se equivocaron, puesto que llegaron en torno a los 6500. Los seguidores barcelonistas, mezclaron la cercanía de la sede con unas ansias casi enfermizas por querer romper la mala racha en finales europeas. Y a mediodía, la tranquila ciudad francesa se tornó de banderas azulgranas y un solo clamor que se iría desplazando poco a poco hasta el recinto deportivo: tenían que ser campeones. Los de Kaunas, a pesar de la lesión de Sergei Iovaisha (unos problemas en su aductor, que finalmente le impidieron jugar en tan señalada cita), pieza fundamental en ellos, se mostraban tranquilos, sabiendo que a nivel de selecciones, conocían perfectamente de todos estos condicionantes y ambientes adversos. Eso sí, no quitaron una mirada de sorpresa cuando saltaron a la pista a calentar, con todos los graderíos repletos de aficionados rivales casi dos horas antes del pitido inicial.

Solozábal, Sibilio, Epi, Howard y Davis componían el habitual quinteto barcelonista. Homicius, Kurtinaitis, Brazys, Tchivilis y Sabonis fueron los integrantes de los lituanos (soviéticos entonces). El primer intento de tiro por parte de Otis Howard es repelido por un tapón de Sabonis, aunque el americano volvió a recoger el balón y estamparlo con un mate. Parecía una declaración de intenciones del poderío de unos y la perseverancia de otros. F.C. Barcelona comenzó defendiendo en zona por el temor del gigante lituano, y a la que capturaban el rebote defensivo, a correr como condenados, al trote de Nacho Solozábal, que inicialmente no podía ser parado. Las carreras de Solozábal, su facilidad para sortear rivales y finalizar con entrada o buen pase, ha sido parte y sello de la historia del baloncesto español.

Valdemaras Homicius, marcado por Solozábal, tuvo un día horrible.
Valdemaras Homicius, marcado por Solozábal, tuvo un día horrible.

Las primeras muestras de los poderes en esta final, comienzan a hacerse evidentes: Sabonis no puede ser parado por Mike Davis, que se muestra impotente y diminuto y los lituanos dominan el rebote ofensivo. Por contra, los azulgranas están acertados en el tiro de tres, recurso que prodigan con más hábito que en otras ocasiones (recuerden que era la primera temporada con la línea de tres puntos y los equipos eran aún parcos en su uso). Y ello, gracias en su mayor parte por el acierto de “Chicho” Sibilio. Al fin.

                Sibilio había padecido dos infiernos en las finales precedentes. Debiendo dar el protagonismo correspondiente al peso que tenía en el equipo, sus desafortunadísimas actuaciones (en 1981, 3 puntos con 1 de 4 en tiros. Peor fue tres años después, frente al Banco di Roma, con 4 puntos y 2 canastas en 10 intentos) le habían marcado a lo largo de su carrera, como dos clavos demasiado dolorosos. Pues en Grenoble, resquebrajó los malos augurios con unos excelentes primeros minutos. Él fue el responsable de la delantera permanente en el marcador por los suyos, hasta el punto que llevaba nada menos que 19 puntos de los primeros 37 que el Barcelona anotó (37-28). Infalible en tiros tanto de media distancia como desde tres, fue la inspiración que acarreo a sus compañeros. Epi también cumplía y destacaba como era habitual en él, para dar de sus manos 33 de los 40 primeros puntos en los barcelonistas entre ambos.

Su festival de triples dio un 51-35 al descanso, con Sibilio en 22 puntos en aquel momento y toda una exhibición ofensiva, mientras que la defensa, aunque Sabonis dominaba, no sufría en exceso porque el gigante no era constantemente buscado, sino que los soviéticos repartían responsabilidades, con dispar rendimiento. Si Rimas Kurtinaitis despertó claramente en los últimos minutos de la primera mitad, Valdemaras Homicius lo estaba pasando francamente mal, con 0/8 en tiros cuando se retiraron a los vestuarios. Además, había un aspecto importante que acrecentaba el espectáculo: los árbitros estaban dejando jugar. Permisivos en su justa medida con los choques entre Davis y Sabonis, con los bloqueos y lucha por los balones, por balones sueltos, estaban avivando la sensación de una excelente final. Y por el momento, bastante azulgrana.

El dominio de Arvydas Sabonis en las zonas.
El dominio de Arvydas Sabonis en las zonas.

Con los primeros minutos tras la reanudación, Sabonis, que tan bien había evitado alguna falta más tras las amenazantes dos en los primeros 4 minutos de partido, comete la tercera y Manolo Flores, que había confiado en los mismos cinco hombres durante los 26 minutos iniciales, mueve el banquillo, dando paso a pista a Juan De La Cruz y Pedro Ansa. Las faltas personales comienzan a hacer mella, también en ellos: Mike Davis y Sibilio, en el mismo minuto, llegan a las cuatro (el primero, ya no volvió a pista). Es el inicio de una serie de problemas que comienzan a acumular.

Rimas Kurtinaitis consigue superar un tirón en el gemelo (el tan afamado “se le ha subido la bola”), manteniendo una cadencia anotadora increíble (36 puntos finales). El protagonismo ofensivo es enteramente suyo. Porque si Homicius, en su noveno intento anotó su primera canasta, seguía con su desacierto (un 2/11 final en tiro y 6 puntos). Dos triples consecutivos de ‘Kurti’, colocan el 63-53 y el 63-56, en un abrir y cerrar de ojos. El Barcelona, sin un referente anotador interior que ahora necesitaba, comienza a fallar suspensiones y a perder balones, hasta llegar a un momento en que está absolutamente bloqueado y sin diferencia en el electrónico (63-61), porque lo de Kurtinaitis ya era de exhibición “a lo Petrovic”.

De esos aciagos minutos se sale con lucha, tesón y rebotes de los dos interiores, Juan De La Cruz y Otis Howard (67-61), que con mucho mérito en sus acciones, dan la cara. El primero logra anticiparse a un balón destinado a Sabonis y el segundo, delante del gigante, anota una importante canasta, que vuelve a dar la delantera hasta en una decena (73-63), cuando se entra en los 5 últimos minutos de final. La fatiga entre los soviéticos, porque Vladas Garastas, su entrenador, cambió menos que los azulgranas, era evidente.

Aunque el banquillo dirigido por Manolo Flores se desespera cada vez que ve caer puntos de Kurtinaitis o Sabonis (14 puntos y 16 rebotes de Arvydas), las canastas se van espaciando en el tiempo. Menos ritmo, más evolucionar andando por la pista, más cansancio, pero con una canasta de Sabonis se llega al último minuto con 75-73 y la final de lo más abierta. Un tapón de Arvydas precisamente a la entrada de Sibilio, da 35 segundos a su equipo para que decidan la final. Rimas Kurtinaitis se la pasa a Sabonis a 8 metros del aro y éste se la devuelve, consciente que era el escolta quien se iba a jugar el tiro final. A nada que superó por velocidad a Solozábal, se levantó a 4 metros del aro, sobre la línea de fondo, lanzando una suspensión que heló la sangre de los seis mil quinientos seguidores azulgranas que -ni que decir tiene- abarrotaban el estadio ellos solos. Quiso la suerte que el balón diese en la parte anterior del aro, escupiendo el tiro y en un encarnizado rebote, en el que no estaba Sabonis, Otis Howard se hizo con su posesión y lo sacó rápido para que Juan De La Cruz machacase la última canasta del partido, sobre la bocina final, asegurando el triunfo, al tiempo que los aficionados azulgranas, en estampida, invadieran la cancha.

Sibilio se puso de rodillas al final del partido. Rompió su mal fario.
Sibilio se puso de rodillas al final del partido. Rompió su mal fario.

“Chicho” Sibilio, que había errado sus cuatro lanzamientos en la segunda mitad, que vio cómo la final peligraba, con la sensación que su infortunio no le iba a abandonar, se puso de rodillas en la pista al oír la bocina, dando gracias al cielo por su éxito personal y el de los suyos. La explosión de júbilo de sus seguidores, la carrera al parquet a celebrar el triunfo, en sintonía con la de Sibilio, hizo imposible que el trofeo de la Recopa se entregara en pista, como estaba previsto, sino que se obligó a Nacho Solozábal, capitán azulgrana, a subir al palco de autoridades, donde Boris Stankovic le entregaría. Tan improvisado estaba, que la realización televisiva tardó en darse cuenta del hecho y no tenía una cámara prevista para tal posición, dándolo en un plano bastante extraño.

Desahogo, tranquilidad, olvidar en definitiva la ansiedad que suponía enfrentarse en una final por ganar un título europeo, porque al fin, ya estaba ganada. La Recopa de Europa era del F.C. Barcelona, que bien la había merecido. Fue como romper un maleficio. A partir de este momento, la historia del club en Europa cambiaba radicalmente. Tan cerca como en la siguiente temporada.