LA CENICIENTA QUE TRAJO CALABAZAS

LA CENICIENTA QUE TRAJO CALABAZAS
Final Liga Europea 92/93: Limoges 59-55 Benetton Treviso (15.04.93)

Antonio Rodríguez

Final Liga Europea 92/93: Limoges 59-55 Benetton Treviso (15.04.93)

“Esta tarde ha muerto el basket. Ha sido el triunfo del antibaloncesto”.

(Petar Skansi, entrenador de la Benetton Treviso).

“Que mi amigo Skansi me deje a Kukoc y coja al jugador mío que quiera y ya veremos quién practica antibaloncesto. Lo único que hago es amoldarme al grupo humano que tengo”

(Bozidar Maljkovic, tras proclamarse campeón de Europa con el Limoges).

La euforia de los jugadores del Limoges, campeones de Europa 1993.
La euforia de los jugadores del Limoges, campeones de Europa 1993.

Bozidar Maljkovic y Limoges irán siempre ligados a la historia del baloncesto europeo. Dos nombres que unidos, cualquier aficionado identifica a la velocidad de un chasquido de dedos. La pataleta de Skansi respondida por quien llegó a ser su primer entrenador (Skansi fue asistente de Maljkovic), fue el sentir general de lo vivido en el Palacio de la Paz y la Amistad en aquella cita ateniense, la Final Four’93. En esta ocasión, “Momentos épicos” se traslada a un evento donde se difuminan las fronteras entre lo épico, lo histórico, lo reseñable y lo fangoso. ¿Qué pasó allí? ¿Es posible que tuviese tanta relevancia como para ser un punto de inflexión en nuestro baloncesto? ¿Qué supuso la victoria -sorprendente victoria- del Limoges para el futuro inmediato en Europa? Hablamos la pasada semana en esta sección que un jugador, Drazen Petrovic, anotó 62 puntos para ganar una final de Recopa con el Real Madrid y cuatro años más tarde, esos mismos puntos los anota un equipo ¡al completo! para llegar a la final…y en ella, ni tan siquiera, que fueron 59.

 

El gran favorito, Real Madrid, primeros en estamparse contra el muro

Una cita que todos los aficionados madridistas intentaron olvidar. Y lo hubiesen hecho -la memoria selectiva es maravillosa-, de no ser porque marcó una etapa en nuestro baloncesto. “Perdimos porque tuvimos miedo. Pero no entiendo que un equipo como el Real Madrid pueda tener miedo a nada”. La amargura de Arvydas Sabonis se inflamaba a cada momento. Desorientado, sobremarcado y ansioso, se desesperó contra sus compañeros y contra el mundo durante los infaustos 40 minutos de las semifinales ante Limoges. Fallar sus cuatro primeros tiros libres (quizás no haya fallado cuatro tiros libres consecutivos a lo largo de su carrera), forzar situaciones y mirar un escudo en la camiseta, frustrado, que tras muchos años partía como favorito en la gran cita europea y no se mostraban como tal. Junto a él, Ricky Brown, otro jugador con más características de pívot nato que de otra posición, se ahogaba en la zona ante la falta de espacios, en un avispero amarillo (Limoges, por causas publicitarias, cambió su histórica indumentaria verde, también producto de un antiguo e histórico sponsor, por un amarillo), del que uno de los dos intentaba salir de la zona para surtir al otro, de manera infructuosa. Se entorpecían, se obstaculizaban y cuando uno de los dos quería salir del sitio, exactamente pasaba eso: que estaban fuera de sitio.

El gran triunfador de la Final Four: Bozidar Maljkovic, junto al capitán Richard Dacoury.
El gran triunfador de la Final Four: Bozidar Maljkovic, junto al capitán Richard Dacoury.

Para saborear los buenos momentos de un club en su justa medida (en la actualidad, el Real Madrid sigue siendo el vigente campeón de Europa), hay que recordar la hiel de las malas citas. No pueden caer en saco roto. Y 23 años después, ésta sigue sonando a mueca descorazonadora. Antúnez, incapaz de arriesgarse a dar un pase interior comprometido (lo eran todos), con lo que acababa pasando al de al lado, sin atreverse a tirar desde el exterior cuando tenía oportunidad. Pero con José Lasa no mejoraba el asunto, pues en defensa, estampado e inoperante en todos los bloqueos, veía cómo Michael Young (que se exhibió desde el inicio, anotando las 4 primeras suspensiones y los 10 primeros puntos de su equipo) y Frederic Forte (tres triples en momentos importantísimos) dieron la puntilla a los blancos. Porque dentro del infierno colectivo vivido, en dos contragolpes (los dos únicos que se sacaron), Cargol y Antúnez perdieron el balón en la ocasión para acercarse a dos puntos en los últimos minutos. Clifford Luyk, entrenador madridista, asumió al final que quizás Antonio Martín, el único pívot con tiro exterior (anotó las dos suspensiones que intentó, incluido un triple), debió jugar más de los 10 minutos que tuvo en la cancha. El caso es que Biriukov, en entradas y arranques individuales (10 puntos) fue el único con dobles figuras en anotación a excepción de Sabonis (19 puntos) de todo el plantel que participó.

Conforme iban desgranándose los segundos, la sombra legendaria de Bozidar Maljkovic se hacía más grande. Al principio de temporada, ante sí, tenía un ejército de soldados que no harían ascos al combate por él, liderados por un americano, Michael Young, de talento ofensivo, pero para nada élite en Europa (algo más de una temporada en Valladolid cuatro años antes). Un base muy inteligente, disciplinado y sacrificado en Jure Zdovc…y ya. Porque un veterano en sus últimos días, como Richard Dacoury, un pívot nacionalizado que fue de los americanos cumplidores durante muchos años en el rival Villeurbanne, Willie Redden, un tipo ordenado de los que no cometen errores, como Frederic Forte en la dirección, dos ‘machacas’ de los tableros como Jim Bilba y Franck Butter, para acabar con un joven alero que ‘a veces sí, a veces no’, llamado Jimmy Verove, era de todo el arsenal que disponía. ¿Para llegar a cuartos de final? Francamente, no lo creíamos. Pero repetimos, eran soldados. Si viesen cómo bajaban los cinco al sprint para ocupar sus posiciones defensivas para no permitir contragolpes, cómo exprimían en ataque los 30 segundos de cada posesión y empezar una coreografía incesante de bloqueos ciegos, pantallas, carretones, todo desde el lado débil, para dar posibilidades a sus tiradores (es posible que nunca hubiésemos visto tal armonía en el lado débil de una forma tan notoria en nuestro baloncesto hasta ese momento), entenderíamos el sello de Maljkovic. Boza ideó todo aquello, no le importó que Michael Young lanzase en la competición -ojo al dato-, el 40% de los tiros a canasta del equipo, aunque las anotaciones fuesen bajas. Era una manera de funcionar que nunca abandonaron. Y así eliminaron al Olympiakos en cuartos de final y así se plantaron en esta Final Four.

Imagen de Sabonis en la semifinal, flanqueado por Bilba (delante) y Redden (tras él). Fue una constante.
Imagen de Sabonis en la semifinal, flanqueado por Bilba (delante) y Redden (tras él). Fue una constante.

Anotaciones bajas. El antibaloncesto, bla, bla, bla… Sus números anotadores sí que eran extremadamente parcos, sí. En la liguilla final de dos grupos de 16 más los cuartos de final (realmente fueron 15, por la exclusión a última hora de Partizán Belgrado por la sanción a Serbia), antes de llegar a esta Final Four, el promedio de puntos del resto, fue de 78.1 por partido. El del Limoges, 65.7, casi 13 puntos menos. Para la cita ateniense, aún bajaron, pues ellos sumaron 60.5 puntos. Es increíble pensar que con esas cifras sean campeones de Europa, sobre todo pensando que en la final, tuvieron un 3/20 en triples y anotaron 16 canastas en todo el choque. Sin embargo, a los rivales les dejaron en 53.5 puntos: el sonrojante 62-52 de la semifinal al Real Madrid y el 59-55 de la final ante la Benetton Treviso. Porque en la final, la racanería anotadora fue aún peor. Mucho peor.

La final para llegar a la “gloria”

Eran los nuevo ricos, los que a base de talonario se trajeron a Tony Kukoc de Split, a Terry Teagle de los Lakers y a Stefano Rusconi de Varese. La Benetton Treviso quería ser campeón de Europa, sobre todo en aquel año en el que los rumores y declaraciones de Kukoc ya se direccionaban hacia la NBA. Y sí, la gran final fue de atmósfera asfixiante. Ya no hubo ninguna buena racha de Michael Young. Ya no tuvieron a Frederic Forte anotando triples o a Jure Zdovc anotando en ‘la posesión decisiva’. No hubo nada de eso. Se subía andando, se movía el balón, se defendía incluso con los dientes, para que casi todas las jugadas acabasen igual: tiro forzado y rebote defensivo para dar pie a otra posesión con el mismo texto de la anterior. Señores, 35 canastas. ¡35 canastas fueron las que vio el partido! Cuántos equipos han anotado el mismo número en un encuentro. Ni con mucho llegan a una por minuto. Se pueden hacer la idea de lo que fue.

Inexplicablemente la Benetton, que tuvo el mando del marcador casi todo el encuentro hasta los últimos minutos, se olvidaba de Tony Kukoc. Y tipos como Iacopini, Mian o Rusconi intentaban decidir sin que el croata tuviese el balón en sus manos. El ex Laker Terry Teagle, tuvo buenos primeros minutos, donde anotó casi con exclusividad sus 19 puntos. Luego, un problema en una pierna le hizo ir renqueante toda la segunda mitad. Limoges personalizó su ejecución tanto defensiva como ofensiva en la figura de Jim Bilba. Gladiador bajo tableros, en defensa se vaciaba a cada posesión y en ataque, con rebotes, recibiendo balones doblados atacaba el aro, forzaba faltas… Aunque también simbolizó lo peor del repertorio de esta final: tras movimiento de balón de los suyos, recibe a unos cuatro metros del aro, abierto, en buena posición…para fintar y no tirar. Ya no se atrevían ni a lanzar desde ahí.

Tres triples de Tony Kukoc de manera consecutiva en los últimos minutos, levantaron los ánimos y sueños de los italianos cuando los franceses estaban por delante, tras acarrear desventajas de hasta 10 puntos, que en tal tesitura, se antojaban inalcanzables. Pero la fe ciega del Limoges, algo inexpugnable, les hacía sacar una acción positiva en el momento oportuno, mayoritariamente forzar una falta y tiros libres. Un rosario de ellos culminó los minutos finales. Y ahí no les temblaba la mano, obrando el milagro poco a poco, hasta el 59-55 definitivo.

Michael Young era el motor anotador de este Limoges.
Michael Young era el motor anotador de este Limoges.

El título era para ellos, el primer equipo francés de la historia en proclamarse campeón de Europa. Durante cuatro días consecutivos, el baloncesto y este equipo en particular, fue motivo de la portada del prestigioso diario L’Equipe, algo impensable hasta ese momento. Pero se lo ganaron. Bozidar Maljkovic se erigió como el verdadero héroe de esta Final Four. Un entrenador, por primera vez, se erigía como el absoluto protagonista. Un señor con mucho baloncesto en su cabeza, que nos maravilló a todos con lo que dejó hacer en aquellos talentos de la Jugoplastika y que decidió con acierto que con su nuevo equipo, esta era la manera de ganar. Maljkovic tuvo conversaciones durante toda la temporada con el Joventut para recalar en Badalona la siguiente temporada, tras el anunciado adiós de Lolo Sáinz, y que tan sólo la crisis económica verdinegra, que ya era un hecho, frustró aquel fichaje, debiendo buscar algo más accesible y barato. Tampoco les fue mal para que doce meses después, quedaran campeones de Europa.

Tony Kukoc lloró amargamente esa derrota. Lo reflejó la televisión en la pista y un buen rato después, cuando Maljkovic fue al vestuario italiano a saludar, la estrella croata impresionó a su ex entrenador, porque aún seguía llorando. Estas fue una de las consecuencias inminentes tras aquella Final Four. Los griegos del PAOK Salónica, supuestos anfitriones de la cita que se las prometían felices -cayeron ante la Benetton en semifinales-, se sintieron robados por el arbitraje y fue curioso cómo tras el tercer y cuarto puesto que vencieron, unos cinco mil aficionados abandonaron el recinto sin ver la final, a modo de protesta. Extraño ver cómo el palacio de La Paz y la Amistad no estaba lleno por primera vez, en la mencionada final. A propósito, con comportamiento ejemplar. Ningún mínimo altercado. Algo que se temía mucho tras el infierno que supuso la final de la Recopa turinesa un mes antes, con los fans del Aris en pleno ‘apogeo’.

Para el Real Madrid, fue un palo muy duro. Maljkovic decía que les faltaban dos jugadores para ser campeones, posiblemente para quitar carga y culpa al entrenador, Clifford Luyk. El caso es que su presidente, Ramón Mendoza, que prefirió llevar a los suyos al hotel Hilton, porque decía que le traía buenos recuerdos de la última vez en la que se hospedó allí con el equipo (la famosa Recopa de Petrovic), regresó a Madrid tras la semifinal ante el Limoges, sin tan siquiera haber visto a los jugadores tras la derrota y despotricando en su contra: “Hemos perdido con el peor de los cuatro participantes. A los jugadores les ha faltado valentía” fueron algunas de las lindezas, mientras que el secretario de la sección, Mariano Jaquotot, defendía el proyecto y la sección a capa y espada. El título liguero un mes después acalló muchas voces y levantó la moral de un equipo hundido.

La alegría final. No lo podían creer. Pues imaginen los demás.
La alegría final. No lo podían creer. Pues imaginen los demás.

 

¿Cambió el Limoges de Maljkovic y este triunfo el curso del baloncesto europeo?

 Ni sí ni no, sino todo lo contrario. Y aquí entramos ya en el terreno del mito y en las secuelas palpables que dejó este campeonato. Curiosamente, el mismo juego que sirvió para alabar a este Limoges que llegase a la Final Four, sirvió para defenestrarle después. Con el paso de los años, Boza Maljkovic continúa manteniendo los mismos argumentos: “Como entrenador, tienes dos caminos, sabiendo que tu equipo tiene poco talento ofensivo. Puedes jugar al ataque, run and gun, perder por 20 puntos y no ganar ningún título, pero quedar bien con la gente. Que te saluden, pero que nadie te respete” declaraba en una entrevista en Cuadernos de Basket nº 7. “El camino que elegí fue trabajar duro, estar el doble preparado física y tácticamente que tu rival, jugar con gran disciplina, hacer sufrir a todos los equipos grandes en Europa y poder ganar algo importante. Tú juegas en ataque como te permite tu propia defensa”.

Hay un momento en la retransmisión de TVE de esta final que observando el discurrir ofensivo, el comentarista Joan María Gavaldá afirma que “viendo este partido, sabiendo que la final de la Recopa de hace un mes entre el Aris Salónica y Efes Pilsen acabó con 50-48, me pregunto a qué estamos jugando”. Limoges fue la cabeza visible, la señal en la que todos se fijaron. Pero bien es cierto que se iba dando esta tendencia. Griegos y turcos ya aplicaban el agotar los 30 segundos en movimiento de balón y jugadores. Las defensas eran cada vez más fuertes y las rotaciones aún eran muy cortas, con lo que a mayor exigencia y entrega defensiva, menos frescura a la hora de atacar y por tanto, menos puntos.

Una de las cuatro portadas que el Limoges acaparó del diario L'Equipe.
Una de las cuatro portadas que el Limoges acaparó del diario L'Equipe.

El baloncesto español no estaba alejado de aquello. Empezaron a aflorar cantidades importantes de dinero debido a fuertes sponsors y cada vez se arriesgaba menos, temerosos por la derrota. Amarrar más las posesiones y también menos puntos. Vean este cuadro y compruébenlo:

“Sí que cambiamos la forma de jugar, especialmente en defensa. En una charla hace años en Madrid, Sergio Scariolo dijo que yo había cambiado entre Split y Limoges, la distancia entre atacante y defensor, que era mucho más corta. Los defensores de mis equipos entraban casi al estómago del atacante con balón” declara Bozidar Maljkovic, reconociendo que sí se cambió en aquel escaparate ateniense. Y unos jugadores que defienden así, no se les puede pedir transiciones rápidas porque tienen que, llamémosle, descansar en pista. Miren en la estadística de la final, los minutos que jugaron cada uno.

El problema fue de continuismo de los países emergentes (Grecia y Turquía) y de otros asentados, con el añadido que Zeljko Obradovic hizo campeón al Joventut un año después, jugando de esta misma manera. A partir de ahí, se ‘globalizó’ por todo nuestro continente. “Muchos de mis sistemas de ataque se siguen utilizando hoy en día. Sistemas que habíamos hecho con el profesor Asa Nikolic” puntualiza Maljkovic. “Especialmente con cuatro jugadores en línea con mucho movimiento sin balón. Por ejemplo, ahora se juega demasiado pick&roll porque está de moda. La gente sigue la moda y eso no me gusta. Diría que hay una crisis de ideas en el baloncesto europeo, porque todo el mundo juega igual”.

 Efectivamente, no es nada criticable que Limoges jugase así para ganar. Fue un recurso en un momento dado. Sin embargo, un recurso que él mismo extendió en Panathinaikos, para proclamarles campeones de Europa tres años después, cuando contaba con Dominique Wilkins, hombres altos rápidos como Ekonomou y en definitiva, podía elegir jugadores con más libertad que en el club francés. ¿Por qué no lo hizo? Baloncesto que se parecía bastante al mostrado con Unicaja, pero que fue muy diferente al que utilizaba con el Real Madrid, al que les devolvió el título liguero tras cinco años de sequía, en 2005, ante uno de los mejores equipos de la historia de la Liga Endesa, el Tau Cerámica, y con peor plantel que los vitorianos.

Aquel Limoges dejó huella. Richard Dacoury levantó el trofeo de campeones en la mayor sorpresa de la historia de la competición (a propósito, trofeo que se negaban los serbios de Partizán a devolver, aludiendo que no les dieron la oportunidad de defenderlo). Y eso es algo que no les quita nadie. Su influjo fue tan poderoso que, ya lo ven: crearan o no tendencia, sí fueron el escaparate para una nueva corriente. Fea, pero corriente al fin y al cabo, que inundó las pistas del Viejo Continente durante toda la década de los 90.