MOMENTOS ÉPICOS: “KEVIN MAGEE MARCÓ LA HISTORIA DE LA COPA DEL REY”

MOMENTOS ÉPICOS: “KEVIN MAGEE MARCÓ LA HISTORIA DE LA COPA DEL REY”

Antonio Rodríguez

Final Copa del Rey 83/84: CAI Zaragoza 81-78 F.C. Barcelona (01.12.83)

Siempre se da un tumulto inconsciente previo, una acumulación de casualidades, una mezcolanza de circunstancias dictadas por el azar, que activan el detonante para, presentadas todas a la vez, exploten delante de tus narices y te hagan abrir los ojos a lo que tienes delante: simple y llanamente, un momento histórico. Sin preveerlo, sin provocarlo. Se dan. Y metidos en el epicentro de todo aquello, se es consciente que ese escenario quedará para la historia. Y que estás ahí.

Sin suponerlo, se acreditaron 160 periodistas en Zaragoza. Se batieron récords, pues ni tan siquiera tal sede durante el Mundial de fútbol de España’82, acreditó tanto profesional de la comunicación. Era la Copa del Rey, sí, pero diferente.

Diferente, ¿por qué?

Kevin Magee, alzado por los aficionados, celebrando el título. Fue el héroe de esta Copa.
Kevin Magee, alzado por los aficionados, celebrando el título. Fue el héroe de esta Copa.

Pamplona, Ferrol, Almería, Badajoz y Palencia habían sido las sedes que acogieron la final de Copa en los 5 años anteriores (en formato similar al del fútbol en la actualidad). De todas ellas, Ferrol era la única con baloncesto de cierta élite (el OAR en 2ª División, había logrado el ascenso a la máxima categoría). Las demás, sedes a las que había que promocionar el baloncesto. Esa era la mentalidad de aquellos años. Asegurar pabellones repletos y el hecho de poder degustar un evento así en ciudades sin baloncesto, lo hacía. Era como la llegada de un gran circo. Aficionados ávidos de ver a sus ídolos, a los Brabender, Corbalán, Epi y Sibilio en directo, en su ciudad, era un reclamo muy importante. En 1983, esto cambió.

Y esta es la petición que nos hace RICARDO CONCHA VILANOVA:

 “Kevin Magee en la final de la Copa del Rey de 1983, que ganó el CAI Zaragoza al F.C. Barcelona. Cómo en una sola temporada, un jugador puede convertirse en mito y leyenda de una afición. Y ser el líder de un equipo al que posteriormente se han ido incluyendo otras leyendas como los hermanos Arcega, derrotando a todo un Barcelona. Que en paz descanse uno de los jugadores por los que empecé a amar este deporte”.

En esta edición era sede Zaragoza, plaza asentada en la recién creada ACB. No era una final, sino una cita como la actual Supercopa: semifinales y final en dos días consecutivos. Y no se disputada una vez acabada la liga, sino como en la actualidad, en su ecuador, tras la “primera vuelta” (que realmente era la conclusión de los dos grupos, par e impar en los que se dividía nuestra competición). Lo que contaba para los medios y su presencia, es que de allí saldría el campeón de la Copa del Rey. Así que, “vamos para allá”, que esto parece nuevo e interesante.

El musculado pívot barcelonista Mike Davis, en una acción de la final.
El musculado pívot barcelonista Mike Davis, en una acción de la final.

¿Parece? Dicen que al margen de ser bueno, hay que parecerlo. Pues aquí se dio el caso contrario. Las previsiones eran buenas, pero se debían confirmar. Había que ‘ser’. Y llegó Real Madrid -¿cómo no?, con una sola derrota hasta ese momento- y llegó el F.C. Barcelona, campeón nada menos que en las 6 últimas ediciones. Curioso idilio el del club azulgrana con la Copa, cuando en estas 6 temporadas, tan sólo se alzó con el título liguero en 2 ocasiones. Y llegó el Joventut Massana, que se presentó como primer clasificado de su grupo, el impar, por delante del Barça incluso. El gran baloncesto desarrollado por el equipo de Aíto García Reneses en las 14 primeras jornadas, con la aparición de un nuevo americano llamado David Russell un par de meses antes, hizo que algunos aventurados le dieran la etiqueta de favoritos. Y para cerrar la cuadratura del círculo a la Copa, el anfitrión, el CAI Zaragoza, clasificado con la piel de los dientes en la última jornada, derrotando al Hospitalet en tierras catalanas con final igualadísimo, privando a éstos de meterse en el grupo de los 8 primeros de la liga precisamente (lo que con una caída en picado inesperada, llegaron a descender cuando concluyó la temporada). Ya tenían el circo completo.

O no expuesto del todo aun. ¿Saben cuál fue el verdadero sello de éxito de esta nueva liga con la andadura de la llamada Asociación de Clubes Españoles de Baloncesto, ACEB (ACB)? Al margen de un nuevo sistema de competición, incluyendo playoffs, al margen de unos presidentes emperrados en que este invento del baloncesto tenía que calar en nuestro país –sobre todo, tras la plata del Eurobasket francés del verano previo-, incluso al margen que a partir de ahora cada equipo podía disponer de dos extranjeros, lo que verdaderamente conectó con el aficionado, germinó con el aviso previo desde los despachos de los clubes a todos los agentes de jugadores en los meses estivales previos: “No queremos americanos de segunda fila. Queremos los buenos. Los segundas-rondas del draft, los últimos descartes NBA”. Había que aspirar a parecerse a Italia, había que importar verdaderas estrellas. Y por eso, junto a nuestros ídolos, nuestros Essie Hollis, Mike Phillips o Nate Davis, llegó Terry Stotts a Estudiantes, y por tal motivo aterrizó –nunca mejor dicho- David Russell a nuestras canchas. Y a falta de tres jornadas, con la obligación de ganar los tres encuentros del CAI Zaragoza y poder clasificarse para su propia Copa, llegó Kevin Magee, el tipo firmado por los Phoenix Suns, pero que preferían desde Arizona que se foguease primero por Europa, cayendo en Zaragoza.  Y Stotts, Russell y sobre todo Kevin Magee, eran otra cosa.

Mike Davis marcando a Jimmy Allen, el otro americano del CAI
Mike Davis marcando a Jimmy Allen, el otro americano del CAI

Kevin Magee fue el culpable por el que el Real Madrid tuviese una derrota al llegar a la cita copera, como de lograr la victoria en Alcalá de Henares ante Cajamadrid, como de lograr el billete para este evento a la sombra de la Ciudad Condal, en Hospitalet. Sí, Kevin Magee era otra cosa. Y ya era ídolo tras tres jornadas tan sólo, de cara a esta Copa del Rey. Añadan que en semifinales ganó al Joventut de Badalona (87-83) anotando 36 puntos y capturando 12 rebotes y comprenderemos la dimensión del personaje. Así, se llegó a la final frente al F.C. Barcelona.

            Epi, con 40 puntos –en una locura de 16/22 en tiros de campo, sin existir aún la línea de 3-, fue el artífice para que los azulgranas derrotase al Real Madrid en la otra semifinal (102-100), lo que provocó una riada de aficionados que se desplazaron desde la Ciudad Condal para apoyar a los suyos in situ. Y un frío 1 de diciembre, que para nada se notaba dentro de un pabellón –el Municipal de deportes, el “huevo”-, pues estaba abarrotado, se jugó la final que cambió la historia. Porque para dar un giro y destacar puntos de inflexión en los libros, se deben avalar con resultados deportivos. Era el momento.

            Manel Bosch, José Luis “Indio” Díaz, Fernando Arcega, Jimmy Allen y Kevin Magee, fue el quinteto titular que colocó el argentino León Najnudel por los locales. Nacho Solozábal, Chicho Sibilio, Juan Antonio San Epifanio, Marcellus Starks y Mike Davis, los utilizados por Antonio Serra. Díaz y Sibilio se arrancaron como los dos jugadores más destacados en anotación, ante la extraña ineficiencia de Epi en sus primeros lanzamientos. Mike Davis tomaba, sin embargo, su relevo en puntos, mientras que Marcellus Starks y Kevin Magee, marcándose mutuamente, tenían una lucha bajo tableros enconada, como no teníamos costumbre ver en nuestras pistas. El que los cuatro jugadores interiores fueses americanos, con su filosofía de juego duro, fue una novedad ante nuestros ojos. Una deliciosa novedad.

            El arbitraje, en aquellos años, no estaba a la altura del nivel que nuestros jugadores de élite ofrecían. Simplemente, no estaban acostumbrados al ritmo de juego rápido ni a la intensidad impuesta. Enormes tapones eran señalizados como faltas sin ser conscientes que ya había jugadores con aptitudes atléticas como para volar y detener el balón muy arriba, sin necesidad de tocar al adversario, o disputas por la posición, al mínimo contacto, que eran sancionados. En esos años se hizo un trabajo profundo y una reconversión a pasos agigantados sobre un nuevo modelo a enjuiciar las acciones que aparcaría a un lado el baloncesto “antiguo”. La llegada de la ACB trajo eso también. Si se querían estrellas, había que dejarles jugar como estrellas. En la final de la Copa, aun señalizando algunas infracciones de otra época, retazos aún de excesiva rectitud, sí que se dejó jugar. Y el apelativo de “saltaban chispas” en la zona se pudo acuñar, por primera vez en nuestro baloncesto patrio, en esta final de Copa del Rey. Un tipo como Kevin Magee, que era especial, que tomaba una posición ganada y no cedía ni un milímetro hasta que no recibía el balón, que cambiaba y se iba al otro lado a repetir el rito, que Jimmy Allen hacía lo mismo con Davis, era un espectáculo nuevo para nosotros. “Están jugando como hombres. Nada ajeno al baloncesto” declaraba orgulloso León Najnudel.  “El arbitraje es normal. Propiamente de equipos de gran potencia” recalcaba el colegiado Marcé, que junto a Gárate, fueron los encargados de arbitrarlo. “Y nos debemos de acostumbrar a esto. Es fuerza. Estos jugadores tienen mucha fuerza y no podemos limitarles nosotros”, fue una muy positiva adaptación a la que no todos estaban acostumbrados. De Pedro Barthe o Nacho Rodríguez Márquez, comentaristas televisivos, salían expresiones como que aquello parecía más un combate de boxeo que baloncesto. Muy pronto calaría en ellos este nuevo baloncesto y callarían en tan atrevidas e ignorantes aseveraciones.

            La final se iba tiñendo de un ritmo muy rápido y velocidad. Nacho Solozábal y Manel Bosch imprimían el tempo adecuado a los jugadores que dirigían. Sibilio y Epi por un lado, como “Indio” Díaz y “Charly” López Rodríguez por otro, eran estirpe del típico jugador español que encontraba su hábitat natural en la velocidad de transiciones. El aficionado se divertía viendo la igualdad reinante, hasta que los azulgranas, que dominaban más el rebote y empequeñecían la anotación de Magee en la primera mitad, a causa de su defensa zonal, comenzó a coger distancias, hasta un 38-47 con el que se llegó al descanso. Sí, Magee estaba discreto, pero las acciones que hacía… El californiano ganaba posición cerca del aro. Con las piernas flexionadas y con el rival marcándole por delante, no se le veía. Pero cuando un balón bombeado se dirigía hacia sus inmediaciones (ver vídeos de aquella época es volver a valorar la precisión y el dominio que se tenía en el pase), saltaba como una ballesta, majestuoso, atrapaba el balón, volvía a caer muy flexionado, para volver a impulsarse con su fuerza y su anchura de hombros, encontrando el hueco entre el bosque de brazos y anotar suavemente la canasta. Era un tipo de una corpulencia natural (ni tocaba las pesas) descomunal. Discreto en la primera parte, sí. Pero el aroma que desprendían sus acciones eran de otro baloncesto, como una bola de cristal que nos topaba con lo que llegaría en los años venideros a nuestra liga. Así de maravilloso era.

Kevin Magee, ante el doble marcaje de Starks y Sibilio.
Kevin Magee, ante el doble marcaje de Starks y Sibilio.

La segunda parte se inició por los mismos derroteros que la finalización de la primera. Mismas rentas, mismos aciertos. A los azulgranas se les complicó su guión cuando Starks, jugador duro como pocos y que tan bien estaba sujetando a Magee, cometió su cuarta falta cuando el marcador indicaba un 48-58 y debió ser sustituido por Juan De La Cruz, que mientras sí cumplía en ataque, en defensa no era lo mismo, claro está. Los caístas aprovecharon la tesitura y forzaron más el correr y romper la zona con más convencimiento. La furiosa reacción zaragozana hacía vibrar al pabellón mientras que Díaz y López Rodríguez eran los exponentes de una posibilidad, la de adelantarse en el marcador, que con una increíble canasta de Kevin Magee, con dos jugadores colgados de su brazo, y aun así pudiendo levantar el balón para anotar y sumar un tiro adicional, puso el pabellón patas arriba cuando adelantó a los locales 61-60 por primera vez.

A partir de aquí, el baloncesto se convirtió en un maravilloso deporte donde todos anotaban, atrapados en una concentración máxima, que se traducía en embriaguez anotadora por todos. Era maravilloso. Manel Bosch, el base badalonés del CAI, resultó muy importante en tiros de larga distancia para romper la zona, mientras que Jimmy Allen (16 puntos y 9 rebotes) junto a Magee (19 puntos y 13 rebotes), a la hora de la verdad, era cuando aparecían y marcaban diferencias. En los azulgranas, regresado del banco Starks que anotaba tiros calientes (16 puntos) y con Epi mucho más afinado (23 puntos), lograban un hipnótico péndulo de 1 punto arriba, 1 punto abajo.

Con dos canastas consecutivas de López Rodríguez sin respuesta visitante, el CAI se va por 5 puntos (77-72) a falta de 03:10 para el final, con el tiempo muerto de Antonio Serra intentando parar esa atmósfera de euforia que daba la afición a los jugadores locales. Tras él, los nervios de un equipo que sin esperarlo, empieza a verse campeón, pero que sabe frenar en defensa a los azulgranas, hacen que el marcador se ajuste a un 79-78 con dos tiros libres de Solozábal…o al menos debiera, porque un punto se perdió por el Municipal de deportes, que reflejaba un 79-77, ante el reclamo del banquillo del F.C. Barcelona. Dio igual, pues un robo de Magee anticipándose al pase dirigido a Davis, originó un contragolpe y la canasta de López Rodríguez en los últimos segundos, para casi certificar el triunfo con un 81-77. Se paró el juego, decidieron que eran 2 segundos los que restaban tras la canasta, a los que dio tiempo una falta y tiros libres de Epi, que anotando el primero –y dejando el 81-78 definitivo-, lanzando a fallar el segundo, acabó con un rebote del junior Francisco Javier Zapata y la bocina final.

La locura se desató en Zaragoza, con invasión de campo, con algún ‘torero’ que alzó a hombros a Kevin Magee, que ya hay que tener valor. Con Manolo “el del bombo”, que en los momentos anteriores de incertidumbre tras la canasta de López Rodríguez, en la espera mientras los árbitros decidían cuanto restaba, pues el reloj estaba a cero, con Serra bramando por aquel punto que le birlaron, algunos aficionados invadieron la pista…y Manolo que cogió el trofeo de campeones, posado a pie de pista sobre una base, sin nadie que lo custodiase, y se lo llevó al banquillo maño ofreciéndoselo a los jugadores que allí estaban, hasta que alguien le dijo que lo volviese a dejar en su sitio. Éxtasis y pequeñas locuras, en definitiva, de una heroicidad impensable en la ciudad a orillas del Ebro.

El CAI Zaragoza, campeón de Copa. Aquella nueva travesía en nuestro baloncesto ya tenía un aval: cualquiera podía ser campeón. No había terreno vedado para nadie. Y eso fue muy importante. Fue una primera gran victoria para aquella apuesta de una nueva era, un nuevo horizonte. El impacto baloncestístico fue enorme por toda nuestra geografía. Y lo que es el la buena estrella y un destino que parecía marcado, hicieron que ante una expectación máxima, López Iturriaga y Mike Davis liándose a mamporros, más la chapuza del Comité disciplinario y manchasen aquella liga, fuese borrado y olvidado por doce fenómenos que consiguieron la medalla de plata en unos Juegos Olímpicos en el corazón de Hollywood. Y aquello ya, fue el acabose.

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