MOMENTOS ÉPICOS: “Y YUGOSLAVIA, AL FIN, ES DERROTADA”.

MOMENTOS ÉPICOS: “Y YUGOSLAVIA, AL FIN, ES DERROTADA”.

Antonio Rodríguez

Eurobasket Francia’83. 2ª jornada: España 91-90 Yugoslavia (27.05.83)

 “Preparaos para vivir emociones fuertes, aquí, en Limoges”. Antonio Díaz Miguel, en la rueda de prensa de la víspera al inicio de la competición.

Y Drazen Petrovic entra a canasta y su tiro forzado golpea contra el tablero, tocando apenas el aro. Y allí, Radovanovic, solo, sin oposición alguna, como una aparición en el lugar adecuado, coge el balón en el aire, lo suelta dulcemente en la canasta, para que se pasee por todo el aro, girando en tres cuartos de su recorrido…y acabe repelido, despedido, fuera. ¡Ganó España! ¡Ganó España! Por primera vez en la historia de nuestro baloncesto, se derrotaba a los yugoslavos. Que ya tocaba.

Inaccesibles, inabordables, nos sacaban de nuestras casillas. Así eran los balcánicos. De hecho, como un combate a quince asaltos, quince eran las ocasiones en las que claudicamos ante Yugoslavia a lo largo de la historia. Mundiales, Europeos, Juegos Olímpicos o del Mediterráneo, daba igual: el resultado era el mismo. Buscando la esquina y no tirar la toalla en los primeros, pegando duro ya en los últimos rounds. En Bélgica’77 se jugó muy bien sin presión ante ellos, aunque sin creer que les podíamos vencer. En los Juegos de Moscú, ante los futuros campeones olímpicos, ejecutamos nuestro mejor baloncesto de aquella cita, pero eran otra galaxia aún (95-91).  La golfada del árbitro estadounidense Manuel Reynoso en Colombia un año antes en la lucha por el bronce (119-117), exasperó hasta la conducta más paciente. Si no era por una cosa, era por otra. Pero en Limoges, había una diferencia: la necesidad apretaba.

Espectacular mate de Sibilio delante de Radovanovic (ACB Photo / Archivo Nuevo Basket).
Espectacular mate de Sibilio delante de Radovanovic (ACB Photo / Archivo Nuevo Basket).

El sistema de competición no  daba margen a error y Díaz Miguel, seguro del equipazo que tenía entre sus manos, soltó aquella declaración con el mayor convencimiento. “Preparaos para vivir emociones fuertes”. Dos grupos de seis, con dos plazas para semifinales por grupo. Sin cuartos de final. Tal cual. Italia era el día clave, el día del debut. Porque les teníamos asignados en nuestro grupo más los citados yugoslavos, junto a los anfitriones franceses  -muy preparados para la cita-, uniéndose la cenicienta Suecia y los combativos griegos, que no eran lo de ahora, pero tenían ya a Gallis y a Giannakis. A priori, Italia, Yugoslavia y los españoles…asumiendo que los franceses no dieran el susto a alguien –que lo dieron-, eran quienes jugaban baza.

E increíblemente Juanito Corbalán falló en el debut. Por salir de la presión de manera rápida, por zanjar el partido en su última jugada, por…qué sabemos. Ni queremos plantearnos más aquel pase largo de Corbalán cuando ganábamos por un punto, que cortó Villalta y que acabó en canasta de Marzorati sobre la bocina, dejándonos con la derrota más amarga y con un palmo de narices en puertas de un gran debut. El “capi” se retiró desolado, arropado por sus compañeros. Un genio como él nunca entenderá aquella decisión tomada.

Por eso, el morlaco a lidiar al día siguiente, Yugoslavia, aparecía entre una papeleta más que preocupante. No ganar era tener que jugar del quinto al octavo puesto. Nuestra Selección, la que al fin se había aupado en la élite mundial, capaz de auparse a ser cuartos en los Juegos de Moscú’80, cuartos en el Eurobasket Praga’81, cuartos en el Mundial de Cali’82. Lo dicho: la necesidad apretaba. Corbalán, Epi, Sibilio, Martín y Romay, los de siempre, eran quienes formaron parte del quinteto titular. Slavnic, Kicanovic, Dalipagic, Radovanovic y Zizic, por los yugoslavos.

En esta ocasión, exasperante fue la circulación de balón y el acierto de los yugoslavos. Los españoles, en zona 2-3, veían ir el balón de un lado para otro para rematar en suspensiones que todas acababan en canasta. Dalipagic, tan apagado y apático en su temporada recién finalizada en el Real Madrid, era su máximo exponente, marcándose un 6/7 en los primeros minutos. Para que vean el nivel, él fue quien provocó el único error en los 11 primeros lanzamientos de los balcánicos. Sean Slavnic o Kicanovic, su 10/11 llevaba implícito un 12-22 en el marcador, nada halagüeño para nuestros intereses. Con dos errores consecutivos en sus tiros, la racha seguía: 11/14, 12/15, 13/16. Increíble. Decir que llegaron al descanso con un mareante 22/29 en tiros, es entender lo que se vio en el pabellón del Limoges. ¿Alguien puede igualar eso? A su técnica individual, aún estábamos lejos. Sus fintas de tiro, pases, inversión de balón…y esa cosa que tenían que solos, abiertos, no fallaban nunca. Nunca. (NOTA: Hay que pensar también que, al no haber línea de tres, las defensas eran más cerradas y se podía considerar tiro de larga distancia a unos 6 metros del aro). Un equipo veterano como el balcánico, fraguado en la década de los 70, en fundamentos estaba varios peldaños por delante respecto a nuestro país, respecto a cualquier país. Mantenían el núcleo que les hizo campeones en 1973, en 1975 y 1977.

España al menos tenía una cosa: aseguraba los rebotes. Nuestros mocetones, los dos Fernandos, Martín y Romay, imponían su ley bajo tableros. No los defensivos, que de esos había pocos –aunque cuando se incrementaron en la segunda parte, fueron portaviones bajo los aros, capturando todos los balones-, sino ofensivos. Y al menos, Fernando Martín no se veía atrapado en la ridícula situación de tener cuatro faltas en el minuto 6 de encuentro, como el día anterior. España interceptaba balones e intentaba correr lo que nuestro rival no quería. De otra manera no se entendía que Josip Djerdja, seleccionador yugoslavo, solicitase tiempo muerto, ni el ajustado 18-22, cuatro puntos tan sólo en mitad de sus mareantes porcentajes de lanzamientos. Epi, con 4/5 en estos primeros minutos, junto a los 11 puntos de Sibilio en la 1ª mitad, más el tener a Fernando Martín corriendo en los contragolpes (como hombre alto, lujo al alcance de pocos), nos insuflaban ánimos de seguir compitiendo.

 La presión de Epi y Sibilio sobre Slavnic en la última jugada del partido (ACB Photo / Archivo Nuevo Basket).
La presión de Epi y Sibilio sobre Slavnic en la última jugada del partido (ACB Photo / Archivo Nuevo Basket).

Dos errores consecutivos en el tiro yugoslavos, nos parecieron haber encontrado un maná donde aferrarnos. Era un espejismo. Anotaron sus siguientes 9 lanzamientos y ahora sí que el marcador resultaba muy peligroso a la vista (29-41 a 07:30 del descanso, ampliado a un 30-43). Díaz Miguel intenta reaccionar a sus jugadores, anestesiados ante las posesiones que debían defender al borde de los 30 segundos de posesión. Cambia a defensa individual e incorpora a López Iturriaga en cancha por Sibilio. Y los hechos le dieron la razón: primera jugada con Itu y su primer contragolpe culminado tras robo de balón. Se reacciona y era como azuzar las ascuas del brasero en defensa, porque provocamos pérdidas y en los mejores minutos de los españoles, se corrió de forma constante, al fin, sumando contragolpes a puñados. El aficionado francés que vuelve a decantarse por nuestros colores y animan a rabiar nuestras canastas. Entre galopadas nuestras y suspensiones de Vilfan, se reduce la desventaja para que en la retirada al descanso, el vetusto marcador electrónico marque un 48-54 y la obligación a seguir creyendo en la última posibilidad que quedaba.

En la 2ª mitad, volvemos a la zona (para que nos anote Dalipagic otra suspensión) y ya de manera definitiva y en la siguiente jugada, cambiar a la aguerrida individual. Y vuelven las carreras, porque ahora se fuerzan errores en el tiro. Corbalán llega a culminar en canastas nuestro juego rápido, partiendo de los rebotes de Fernando Martín. La diferencia de los yugoslavos en el tiro, es obvia: 11/30 en la 2ª parte. La mitad de las canastas que en los primeros 20 minutos, aunque sí es cierto que viajaron mucho más a la línea de tiros libres, sobre todo su pívot Ratko Radovanovic, que lanzó hasta 21 tiros libres (NOTA: hay que recordar que el sistema de lanzamientos en libres, hasta los Juegos de Los Angeles un año después, consistía en dos tiros en falta dentro de bonus, y tres tiros en caso que se fallase alguno, si la infracción provenía de acción de tiro).

¡Se empata a 60! Y hasta nos pusimos por delante 62-60 entre el jolgorio de la grada. Las rentas eran mínimas y la tensión porque ninguno se descolgara, máxima. Curiosamente, el árbitro alemán Metzger (¡qué desastre!), que nos había sacado de nuestras casillas en la primera parte, la toma ahora con los yugoslavos, que no entendían ninguna de sus señalizaciones en su contra (nadie las entendía, de hecho). Al minuto 30, con Iturriaga corriendo –esa alegría que sólo él daba- y logrando una canasta, se empata a 76 nada más pasar el ecuador de la 2ª mitad. Y a falta de 5 minutos, en las mismas: 85-85.

Final de partido que se avecina, frente a Yugoslavia… el destino no podía volver a ser tan cruel como en las 15 ocasiones previas, como el día anterior. El checo Yahoda señala dos faltas en ataque de chiste a Sibilio, pero para los yugoslavos también había ración: a una canasta de Epi con empujón previo, el banquillo monta en cólera y se les señala técnica. Se entra en el último minuto con empate a 90, con Andrés Jiménez (21 añitos para el jugador del Cotonificio) encarando nuevamente la línea de tiros libres, tras bregar en la zona como un jabato. Y como segundos antes, volvió a anotar tan sólo uno de ellos: 91-90 y 51 segundos en juego. Toda la incertidumbre y el mayor estado de nervios en la pista, en las gradas…en nuestras casas.

El júbilo de los españoles. Se ganó a Yugoslavia por primera vez (ACB Phto / Archivo Nuevo Basket).
El júbilo de los españoles. Se ganó a Yugoslavia por primera vez (ACB Phto / Archivo Nuevo Basket).

Los yugoslavos que agotan la posesión hasta el final, jugándosela con una suspensión de Vilfan que no entra, pero con la mala suerte que el rebote largo cae en manos de Zoran Slavnic, que les asegura la última posesión del choque con 21 segundos por desgranar. A la presión española al hombre-balón, al dos contra uno (foto 2), Moka Slavnic, aturdido, al menos mantiene la calma como para dar un pase…al chavalín. El chavalín era un Drazen Petrovic con 18 añitos, que había saltado a pista en el último minuto –que hay que echarle bemoles-. Y como este chavalín no entendía de temores ni de refrenar sus impulsos, se encamina hacia canasta lanzando una suspensión corta en su entrada, muy forzada, muy bien defendida, que golpea al tablero con tanta potencia que apenas toca el aro. Y en el rebote, ahí que aparece Radovanovic, sin defensas, sin obstáculos, atrapando el balón a dos manos y sin dejarse caer al suelo, en palmeo lo deja sobre el aro…para que el destino, caprichoso él, le diera la espalda y, como contamos en la introducción, hiciese la corbata en todo su recorrido y acabe saliendo, hasta que un manotazo español lo envió fuera de banda mientras sonaba la bocina final.

Se había logrado. La victoria era un hecho. Yugoslavia, nuestra gran bestia, aquella con la que perdimos una final en casa en 1973 tras derrotar a los soviéticos, a la chulería implícita en su juego y su carácter, al fin se la podía tachar del amargómetro. La explosión de júbilo, de abrazos en la pista, estaba más que merecida. Y ese alegrón no fue aislado en este campeonato. Al día siguiente, no tragamos saliva ni nada frente a Francia. Pero eso fue otra historia y lo que venía a continuación iba a ser tan, tan bonito… Javier Ortiz os lo contará la próxima semana.

ESTADÍSTICAS DEL PARTIDO