MOMENTOS ÉPICOS: “DJORDJEVIC Y LA CANASTA MÁS LEGENDARIA DE LA HISTORIA”

MOMENTOS ÉPICOS: “DJORDJEVIC Y LA CANASTA MÁS LEGENDARIA DE LA HISTORIA”

Antonio Rodríguez

El momento más impresionante de la historia del baloncesto europeo.
El momento más impresionante de la historia del baloncesto europeo.

Final Liga Europea 91/92: Montigalá Joventut 70-71 Partizán Belgrado (16 de Abril de 1992)

A la Yugoslavia, la de antes, la unificada, había que jugarla de tú a tú aquella tarde de sábado. No quedaba otra. Era la lucha por el bronce y si se había dado una pobre mala imagen en semifinales ante la URSS, había que resarcirse en esta final chica por rascar metal. La Selección Española ya sabía de Petrovic más que de forma sobrada. Del otro Petrovic, de Radovanovic, Vrankovic y Grbovic. Pero para este evento, Kresimir Cosic, seleccionador yugoslavo, toda la caballerosidad que no tenían algunos de sus jugadores y mucho menos su asistente (Zoran Slavnic), trajo todo un ejército de jovenzuelos que pensaba convencido, que había que precipitar su “estreno”, porque iban para futuros fenómenos. No se equivocaba. Era junio de 1987, y por el Palacio de La Paz y la Amistad ateniense, en su Eurobasket, desfilaron hombres como Vlade Divac, mucho más maduro al que se presentó en el Mundial de España del verano previo -aquel de los pasos y los sollozos-, más los imberbes Zarko Paspalj, Toni Kukoc, Dino Radja y un base, desde Belgrado, llamado Aleksandar Djordjevic. Ya ven, cinco mozalbetes de los 12 elegidos. Y dieron estos cachorros rápidas señas de una identidad con carácter, pues en los primeros minutos ya, escarceos de Zarko Paspalj repartiendo mamporros con Andrés Jiménez, mientras que el gran Drazen sacaba de quicio a los hombres de Díaz Miguel. Sin embargo, fue un base de 19 añitos y uno ochenta y tantos, quien realmente nos llevó al lado oscuro con sus triples, entradas y pases. Sobre todo teniendo la fría capacidad de hacerlo en los momentos importantes, los que contaban. Castigar una no-canasta a nuestro favor, con una acción suya de triple, que convertía tales jugadas en 5 puntos de diferencia. El tal Djordjevic fue quien nos arrastró a la cuarta posición, donde no había ningún brillo de medallas. Un nuevo y diabólico geniecillo había aparecido en Yugoslavia.

Slavisa Koprivica, con su movilidad, creó muchos problemas a la defensa.
Slavisa Koprivica, con su movilidad, creó muchos problemas a la defensa.

RICARDO CONCHA VILANOVA nos solicita en nuestros “Momentos épicos”, uno de más duros en la historia del baloncesto español, directamente proporcional a su grandeza. La canasta más histórica, más recordada y venerada entre la mitología cestista del Viejo Continente se hace eco aquí: el triple de Aleksandar Djordjevic al Joventut de Badalona. No es Liga Endesa, aunque sí había un equipo de nuestra competición inmerso. Lastimosamente, el derrotado. Por ello, por todo lo que significó, hoy nos detenemos ahí, en Estambul, en esta petición concreta:

El triple de Djordjevic en la final de la Copa de Europa del 92 entre el Partizán y la Penya.

Aunque fue un palo para los aficionados españoles, hay que reconocer que fue un final trepidante y la irrupción de un grande en Europa como luego fue Djordjevic.

Djordjevic entró en escena en Europa con su club, Partizán Belgrado, cinco años después de la introductoria historia, como entraban las huestes victoriosas en conquistas y batallas en la antigua Roma: en desfile y por el arco del triunfo más imponente. Puede que no haya habido en la historia del baloncesto mundial, un lanzamiento tan decisivo, tan importante y tan bellamente ejecutado como aquel triple. Si tuviésemos que elegir un hecho cestita puntual en la historia de Europa, todos elegiríamos éste. Lo tuvo todo: urgencia, presión, decisión, riesgo, precisión y premio. El mayor premio de todos. Levantar por primera vez el trofeo de campeones de la recién estrenada Liga Europea. Aquellos jovenzuelos de Belgrado. Aquel Partizán.

El héroe que pudo ser, Tomás Jofresa, y el que fue: Djordjevic.
El héroe que pudo ser, Tomás Jofresa, y el que fue: Djordjevic.

De su historia se ha hablado y escrito mucho, se han hecho documentales magníficos (ver “Informe Robinson” del Partizán de Fuenlabrada), se lleva poniendo como ejemplo de muchas cosas, casi 25 años ya. Ante dolorosos avatares bélicos, la historia con final de cuento de hadas. Ni un guión en el sumun de la inspiración quedaría tan perfecto, tras tantas vivencias acaecidas. Desde que Dusan Ivkovic se sorprendió que su base convocado, Zeljko Obradovic, no cogía el vuelo hacia Roma porque abandonaba la Selección Nacional en puertas del Eurobasket de Roma’91, dejando el baloncesto en activo de forma súbita, optando el cargo de entrenador de Partizán Belgrado que Dragan Kicanovic le ofreció por teléfono, todo fue una preciosa sinfonía de pasos sobre baldosas amarillas.

La circunstancia penosa y dramática fue, que a uno de nuestros equipos, el destino lo señalaría como el reverso más doloroso de la historia. Un club legendario, que con un fuerte apoyo económico en aquella ocasión, pudiera competir y superar a los mejores, hasta encaramarse como el verdadero favorito en pos del máximo título continental. Montigalá Joventut poseía un enorme material humano en su plantilla, un más que condecorado entrenador y el respaldo de toda una ciudad detrás, a la conquista de un sueño, el ser los mejores de Europa. No pudo ser…de la manera más trágica.

Volver a ver el partido, con los años, muy, muy a toro pasado, es caer en la sorpresa del baloncesto que se jugó en la pista del Abdi Ipekçi de Estambul en 1992, un 16 de Abril, un Jueves Santo en concreto. Aquella final quedó marcada por su última canasta, pero hubo mucho, mucho más (Existe en la red la emisión entera, mezclado con los comentarios radiofónicos de Andrés Montes en Antena-3 Radio). Un equipo veterano, que tuvo que tirar de tablas ante uno de sus días más aciagos en acierto anotador de toda la temporada, frente al grupo de veinteañeros, con un juego visto hoy, moderno, mostrando ramalazos de lo que sería el baloncesto quince, veinte años después.

Stevanovic y Silobad lucha por un rebote ante Morales.
Stevanovic y Silobad lucha por un rebote ante Morales.

Tirando de amistades y de viejos compañeros en otros viajes, me permití charlar con Nikola Loncar, usar de él, para que me contase aquella manera de jugar: “Pudimos entrenar mucho con el profesor Nikolic, que venía a Fuenlabrada” recuerda Loncar. “Los sistemas daban mucha libertad, pero eran complejos. Hubo que entrenar mucho para poder automatizar esas situaciones. Allí, el que bloqueaba, era bloqueado a continuación. Luego, el que entraba a canasta y doblaba balón a un compañero, tenía que ir a una esquina, abierto” apostilla el alero, que con 20 años aún sin cumplir en el momento que nos atañe, tuvo que saltar a pista de manera prematura, tras señalarle 3 rápidas faltas a Pedrag Danilovic, obligado a ser sustituido.

El baloncesto de Partizan Belgrado, de Zeljko Obradovic y por extensión, de Asa Nikolic, era irritante para los rivales, extraño para los comentaristas -que lo más que acertaban a decir era “están los cinco en movimiento de forma permanente”- y peculiar para el aficionado. Éste no era un equipo de jugadores fichados a golpe de talonario para jugar así o asao. Era más de “qué tenemos, así jugamos”. Y créanme, que la aparente -nunca- sencillez de sus gestos, de sus movimientos, eran una auténtica delicia. Gran número de jugadas tenían su génesis bajo el aro o en la linea de fondo. Desde ahí, era como si de repente se abriese un colorido pai pai, donde salían los tiradores abiertos tras bloqueos, dejando liberada la zona, desplegados por la pista de ataque, haciéndola grande, muy grande. Lo curioso es que, y esto es sello inconfundible de la antigua Yugoslavia, tiradores eran todos. Comprobar cómo bajo el aro, eran los bases y escoltas quienes bloqueaban a sus pívots, teniendo que aguantar las embestidas de los interiores rivales, y así salir abiertos para tiros desde media distancia, era algo no muy lógico en 1992, salvo algunas excepciones (el más claro escaparate de aquel flex offense en nuestro baloncesto de 1992, era Estudiantes). Sí, venerábamos aquel John Stockton que bajo el aro, con toda su gallardía y a veces inconsciencia, ponía bloqueos a los defensores de Karl Malone para que saliera liberado. Sin embargo, en Europa era un ‘rara avis’. Y ya fuese el grandullón  Zoran Stevanovic o Slavisa Koprivica, obtenían muchas ventajas, quedándose en la zona para recibir, darse media vuelta y anotar el primero, o recibir y jugarse un uno contra uno abierto el segundo.

Aunque a decir verdad, quien de ahí sacaba ventajas, era el gran Pedrag Danilovic. Este escolta, que contaba con 22 años y 2.02 de estatura, cuando salía hacia el exterior tras los citados bloqueos y recibía, era baloncesto en estado puro. Y como tal baloncesto, solía acabar en canasta. El bueno de Harold Pressley bien hacía en seguirle y sujetarle en la primera finta de tiro. Malamente ya su primer bote, segundo bote entrando a canasta. Si se levantaba en suspensión a medio camino, con su estatura, con su mecánica de tiro lanzado desde atrás, desde tan arriba, ya era imposible. Y Danilovic se convirtió en un martillo pilón con sus 25 puntos, a pesar de tener que sentarse durante varios minutos, más de los esperados, por señalizarle tres faltas personales en los primeros 8 minutos de juego (dos de las tres, por cierto, inexistentes. Pero del arbitraje nos referiremos luego). Jordi Pardo, que también saltó a pista para sujetarle durante algunos minutos, se vio más impotente aún. En definitiva, rompían convencionalismos muy marcados a principios de los 90, donde aún los postes eran postes, los aleros aleros y todos tenían posiciones muy marcadas.

Jordi Villacampa. Sin palabras.
Jordi Villacampa. Sin palabras.

Rafa Jofresa, Jordi Villacampa, Harold Pressley, Corny Thompson y Juan Antonio Morales fue el quinteto que Lolo Sáinz puso en liza. Aleksandar Djordjevic, Pedrag Danilovic, Ivo Nakic, Slavisa Koprivica y Zoran Stevanovic, los que utilizó Obradovic, el entrenador novato con poco más de 30 años. Y en los primeros parciales, nervios, muchos nervios. Que a Djordjevic en la primera jugada, se le escapase el balón por la línea de fondo, era muy raro. Que Pressley fallase bajo el aro o que Villacampa no acertase con sus tiros, acelerados y precipitados, mostraban la temperatura del choque desde los primeros parciales.

Quien quizás intente olvidar ese día más que nadie, era el líder espiritual de los verdinegros: Corny Thompson. El pívot estadounidense, en una oportunidad histórica tras una brillante carrera europea, en su carácter y papel de líder, intentaba tomar protagonismo en ataque. Un tiro fallado, y otro y otro. Suspensiones desde el poste alto, su especialidad, finalizadas con el mismo sonido del ‘¡clanc!’. Thompson falló sus primeros seis lanzamientos a canasta, forzó algunos tiros libres al filo del descanso (anotó su primer punto a falta de 04:03 para el descanso) y se mantuvo romo en la segunda mitad, evitando seguir tirando -solamente un lanzamiento más-. En total, 5 puntos de tiros libres y un 0/7 en tiros de campo. Pressley, negado también de cara al aro en la primera parte, sí tuvo protagonismo en la segunda mitad, no por el acierto en el tiro, sino por la brega, por lucha en la zona y buenos rebotes ofensivos que hicieron soñar a la parroquia verdinegra durante minutos.

El choque también tuvo su toque sangriento, cuando Jordi Villacampa, empujado por Vlada Dragutinovic, en el intento que se viera más notoria la falta, abrió los brazos de manera ostensible y en estas que pasaba por allí Stevanovic, recibiendo un codazo del alero verdinegro en la ceja y comenzó a sangrar de forma profusa. Aún de manera involuntaria, todos miraron, con diferentes razones, a los árbitros. Y es que lo del israelí Virovnik y el suizo Leemann rozaba lo exasperante, para un lado y para otro, cargando con infinidad de faltas (muchas de ellas inexistentes, como ya comentamos en las señalizadas a Danilovic, entre otras), compensando número de faltas, convirtiéndose Virovnik en una de las “referencias” del partido con su sinfonía de pito, todo ello aderezado con los hilarantes comentarios en Televisión Española, que tampoco se cortaban.

Atenazados por los nervios y entre el rosario de faltas (ahora le tocaba el turno a Rafa Jofresa, cargado con tres), entró Tomás Jofresa en la primera parte, y él trajo el símbolo de alegría, de frescura típico de la Penya. En pocos minutos, anotó 8 puntos en cuatro entradas a canasta, mostrando la mordiente y la fe que quizás el equipo anhelaba. Al descanso, con una suspensión de Mladan Silobad sobre la bocina final, se llegó al descanso con el marcador en contra para los verdinegros (34-40). Sus 11/26 en tiros de campo, les delataban como una muy mala primera mitad en ataque.

Entre ese panorama de los hombres de Obradovic, quien mandaba, ordenaba y decidía, era Aleksandar Djordjevic. El director de 24 años, repartía juego, se marcó 12 puntos al descanso (para un total de 23) entrando a canasta, forzando faltas y lanzando triples, en ocasiones donde sus defensores no pensaban que se fuese a levantar -ni tan siquiera hacían el gesto de puntearle, convencidos que no se atrevería desde ciertas distancias-. Es un hecho que no se hablaba con Danilovic, y que tras toda una temporada ignorándose fuera de la pista, llegó el momento del descanso en las semifinales ante la Phillips Milán, en el que en los vestuarios, cuentan que hablaron por primera vez y dijeron que esa situación había que zanjarla, por absurda y por el bien del equipo, que debían acabar con tan tensa tesitura. “Tenían egos muy fuertes” aclara Loncar. “Fue por una jugada  de no pasarle uno a otro al principio de temporada,  una discusión tonta. Pero que desde entonces intentaron evitarse”. Hasta que llegó esta Final Four.

Nikola Loncar es alzado por un jovencísimo Zeljko Rebraca.
Nikola Loncar es alzado por un jovencísimo Zeljko Rebraca.

En la segunda mitad, los tintes eran más blanquinegros todavía. Una magnífica zona de ajustes ordenada por Obradovic rompió más los esquemas del Joventut, que con circulación de balón sin apenas amenazas, entró en parálisis ofensiva, lo que llevó con dos mates de Danilovic (el primero superando un uno contra uno magnífico y el segundo tras robo de balón), a un preocupante 43-53 el electrónico a falta de 13 minutos, con tiempo muerto de Lolo Sáinz.

Entrando en los 10 últimos minutos de partido, a mayor consistencia defensiva de los badaloneses, unida al cansancio y a los nervios de los yugoslavos, que alargan y alargan sus posesiones sin encontrar provecho alguno, aparece un arma con el que la Penya se aferra como a la vida: el rebote ofensivo. Juanan Morales nuevamente en pista (sustituyendo a Carles Ruf, preferido éste a Ferrán Martínez, recién salido de complicadas lesiones) y junto a Harold Pressley, se disfruta de más posesiones. Si Villacampa seguía desacertado (5/12 en tiros), se podía seguir insistiendo. Además, dos triples casi seguidos de Tomás Jofresa primero (magnífico, con 18 puntos) y Harold Pressley después, colocaban el marcador, al fin, con la delantera para el Montigalá Joventut a falta de 06:38 para el final: 61-60, culminando un parcial de 9-0. Parecía que lo peor ya había pasado.

Desde ese momento, la tensión hace olvidar el cansancio, pero también el acierto. Los yugoslavos parecen ahora los jóvenes inexpertos que son, mientras que la Penya, gracias a balones robados de Tomás Jofresa -sobre todo-, fuerza contragolpes y faltas. El problema, que no materializaba los tiros libres (64%) y eso entraba dentro del terreno de la tragedia, pues hay que matizar que estaba instaurado aún el uno más uno. El marcador no avanza. Se entra en los últimos 5 minutos con 63-62 a favor, que se amplía a un 65-62 con otro robo del menor de los Jofresa  y culminado por Villacampa. Tres puntos a favor y sobre todo, el control. Claro, que todo volaba de un plumazo cuando Danilovic pierde la posesión momentánea del balón, retrocede para recuperarlo, avanza y se levanta como metro y medio más alejado de la línea de tres puntos, anotando un triple que corta el hipo. Y empata a 65.

El momento de mayor gloria, donde parecía que se podía asegurar el título, llegó con un triple de Tomás Jofresa, tras excelente pase de Juan Antonio Morales (68-65), continuado con una nueva posesión de balón, tras fallo de Rebraca. Restaba 01:30 para la conclusión. Un tiro franco, en la zona, de Harold Pressley tras recibir pase bombeado, quedará en su memoria pasa siempre. Si hubiese entrado, con cinco de diferencia, casi con toda probabilidad hubiese sido un título para Badalona. Pero erró, Tomás Jofresa  baja corriendo por inercia para defender el contragolpe, pero se olvidó de su marca por segundos y lo más que le dio tiempo fue ver a Djordjevic cuando ya se levantaba para anotar el triple. Se empataba a 68 el choque. Partizán físicamente estaba muerto y colapsado. Pero aún le quedaba alguna salva. Se entra en el último minuto.

Jordi Villacampa se enoja, grita y se golpea las manos de frustración y rabia, tras fallar un nuevo uno más uno cuando restaban 37 segundos. En cambio, ve que Morales, milagrosamente recupera el rebote ofensivo y en su lucha, sufre la falta personal de Danilovic. Era su quinta. Juanan Morales era peor lanzador de libres que Villacampa y en él recaía todo el peso en una nueva opción de uno más uno.  En esta ocasión, se vuelve a errar el primer lanzamiento…y el milagro persiste, pues la posesión tras un rechace largo, vuelve a ser verdinegra. Más concretamente, en las manos de Tomás Jofresa, el más joven de todos.

Corny Thompson, desde el poste bajo mira el marcador mientras levanta la palma de su mano pidiendo a su compañero que espere, que no ataque aún, que espere. Tan sólo había tiempo para una posesión. Que espere, que espere.

A falta de 15 segundos, Tomás Jofresa hace un amago para entrar y a Djordjevic lo deja clavado. Ya ha tomado una decisión: atacar la canasta. Se va en uno contra uno de su par ante la presencia de Stevanovic y con el salto y la gran coordinación que atesoraba, hace un rectificado, se sostiene en el aire, lanza un tiro corto que da tres veces en el aro y acaba entrando a falta de 11 segundos, ante los gritos de euforia verdinegros y estudiantiles en la grada. Muchos años después, aún se recuerda cuando el balón lo tocó Morales. Claro, sabiendo el desenlace.

Cuando entra la canasta, Juanan Morales que había ido por el rebote, cogió el balón con ambas manos e instintiva e instantáneamente, lo soltó. El gesto fue suficiente para no dejarle botar en el suelo y que Slavisa Koprivica, que estaba a su lado, se lo encontrara justo en su regazo. El pívot yugoslavo, tras tener su control, lo primero que hizo fue mirar a su derecha, buscando a Sasha Djordjevic, que ya había iniciado su carrera hacia canasta esperando recibir el esférico.

Como declaró Djordjevic en “Informe Robinson”, él tenía la obsesión de correr y correr lo más rápido posible para poder tener una buena posición de tiro en los ocho segundos que le restaban. Solamente mirando el parquet, sin ver ni canasta y guiándose por las líneas del campo mientras botaba, Djordjevic se paró en seco, se levantó y giró el cuerpo para lanzar el tiro final. Tomás Jofresa culminó la mala suerte de la Penya cuando se tropieza en el momento que tenía que puntearle. Toda la majestuosidad del baloncesto estalla ante nuestros ojos en aquella suspensión. Nuestra rabia por ver cómo el balón entraba nos hizo ver que la había tirado de cualquier manera. En absoluto. Para ser una de las mejores canastas de la historia del baloncesto, todo debía ser perfecto: el momento, la situación, el evento…y por supuesto, el tiro. Y lo fue. Observen la foto. Su verticalidad, la altura que logra coger a pesar de llegar en carrera, su posicionamiento del cuerpo girado… La canasta del triunfo. El 70-71. El título europeo de Partizán y arena en las manos verdinegras. La euforia yugoslava. La decepción nuestra.

De nada sirvió que el Joventut hubiese sido espoleado en las gradas del Abdi Ipekçi por su afición y por la de Estudiantes, los ‘Dementes’ que se desplazaron y que se arrancaron en gritar “¡Campeones, campeones!” a sus rivales, cuando fueron eliminados en semifinales. De nada sirvió ser teóricamente mejor equipo y más veterano. El baloncesto tiene estos momentos, curiosos momentos en los que existe una mezcolanza de negro recuerdo, junto a una estela de resignación para nada dolorosa, en el que al cruzarse una sentencia de las más bellas e impresionantes de la historia, se claudica con total aceptación. Hay que ser Djordjevic para lograr una canasta así.

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