Pete Ezugwu: Saliéndose del discurso

Pete Ezugwu: Saliéndose del discurso
Con el Breogán, machacando la canasta del Joventut (Efe).

Javier Ortiz Pérez

Nkechinyelu Peter Ezugwu jugó una temporada y pico en la ACB: primero acabó la 2000-01 (que había iniciado en Melilla en LEB) en el Joventut y después, la siguiente, la pasó entera en el Breogán. No fue un jugador de grandes números en nuestra liga (6,5 puntos y 3,4 rebotes en 16 minutos), aunque sí un reserva valioso y que no ocupaba plaza de extranjero al tener pasaporte británico. No le recuerdo con los 2,04 que cuentan las páginas oficiales, sino más bien un dos metros pelaos que se hacía fuerte en el rebote gracias a su corpulencia.

Cuando he contactado con Pete Ezugwu me he encontrado con una sorpresa: se ve que es una persona con inquietudes que no idealiza su periodo como deportista. Más bien todo lo contrario. Sí es tópico dice que tiene un “gran recuerdo de España, con gran baloncesto, rica cultura y maravillosa comida” y que “los aficionados eran muy apasionados y realmente veían el baloncesto como un espejo para sus ciudades, dándoles un lugar donde poder expresarse y sentir orgullo por ellas”.

Lo elaborado de esa última frase es solo el preludio de una declaración muy chocante que realmente se sale fuera del discurso habitual. Y que contiene buenas dosis de idealismo. Se retiró hace dos años y, aunque dice que “amaba el baloncesto”, “nunca fui un jugador de baloncesto”. “Lo que quiero decir es que siempre tuve sueños más grandes, cambiar vidas, influir en la sociedad y proponer mejoras. Ahora soy el presidente y fundador de una empresa llamada Future Stars Internacional y también presido su fundación de caridad que intenta ayudar a miles de niños en Phoenix (Arizona) y expandirse por el mundo”, escribe.

El objetivo de la fundación es “mediante el deporte y programas educacionales, potenciar a todos los niños de nuestras comunidades a luchar contra el acoso escolar, la violencia y el abuso, integrando niños autistas y discapacitados con los demás para crear una dinámica de aceptación progresiva, tolerancia y crecimiento”.

“Trabajamos con muchos grupos locales y hemos tenido bajo nuestro cargo a 10.000 niños en los últimos dos años desde que empecé con la empresa y la fundación”, explica. Los fondos son propios y también gubernamentales, además de donaciones privadas. Puede mirarse más a fondo qué hacen en la empresa (www.fsiellc.com) y en la fundación (www.fsgf.org).

Según Pete, “aunque el baloncesto me dio mucho, como profesional sentí que es un mundo horrible. Agentes, directivos y a veces jugadores crean un envoltorio de superficialidad y falsos objetivos que llevan a pensar que no es un mundo real. Venir de una familia en el que mi padre y mi madre eran doctores me hizo ser reservado ante la posibilidad de ser jugador profesional. Mirando atrás, conocí a buena gente, pero no hice nada por la humanidad. Ayudé a muy poca gente. Los baloncestistas profesionales rara vez tienen motivaciones generosas. Mi vida empezó de nuevo hace dos años, cuando me retiré y empecé a construir esta increíble organización. Quizás opte a la política en la ciudad en la que vivo para ayudar a la comunidad más todavía”, apunta.

El director europeo para los campus que organiza es Gabrielle Grazzini.