Manolo Pérez, el guerrero de Carranque

Manolo Pérez, el guerrero de Carranque

Javier Ortiz Pérez

Manolo Pérez es buen ejemplo de producto genuino de la cantera de Unicaja que llega a asomarse al primer equipo con cierto protagonismo durante un momento determinado. En su caso, en la segunda mitad de los 90, cuando acumuló 14 partidos en tres temporadas distintas (96-97, 97-98 y 98-99). Era un pívot pequeño (2,00), pero rocoso, dispuesto a la batalla contra el que se le pusiera por delante, pero que tendría una carrera corta, torturado por las lesiones.

Pérez es del mismísimo barrio de Carranque, más malagueño que los espetos. Su inicio en el baloncesto fue bastante tardío, con 14 años. “Era grande y mi tío tenía un amigo que a su vez tenía un amigo que trabajaba en Los Guindos. ‘¿Por qué no lo llevas allí?’, le dijo. Me hicieron una prueba y al año siguiente ya estaba en el cadete B del Caja de Ronda, que era como se llamaba entonces el club”, recuerda.

Su progresión fue rápida hasta el punto que apenas seis años después estaba debutando con el primer equipo de la mano de Javier Imbroda. “Fue la recompensa que medio. Íbamos ganando contra el Barcelona y me puso a defender a Dueñas, que me saca dos cabezas”, señala entre risas. La temporada siguiente, la 97-98, tuvo más oportunidades con los problemas de interiores que sufrió el equipo con la repentina marcha de Jamie Feick. “Hubo una revolución  y nos quedamos sin pívots. Imbroda tiró de los de casa y salí un par de partidos de 20 minutos. Ante el Manresa estuve defendiendo a Bryan Sallier hasta que me echaron por faltas. Y frente al Baskonia fue hasta titular”, añade.  Sin embargo, sus cualidades físicas y técnicas no le facilitaron asentarse en la liga: era bajo para jugar por dentro y los intentos de situarle como alero por parte de Paco Alonso no llegaron muy lejos a nivel ofensivo. “Defendía al alero y atacaba como ‘4’. No tenía buen tiro”, reconoce.

Después de ser cortado para hacerle hueco en la plantilla a Pablo Laso, se marchó a la LEB, al Breogán que dirigía Paco García. En esa categoría podía tener más posibilidades y demostró ser útil como interior de rotación, colaborando al ascenso en 1999. “Fue bonito. Era la primera vez que salía de casa”, resume. Fue entonces cuando el cuerpo empezó a quejarse. “Empecé con las lesiones. En Melilla me llamaban ‘el Pupas’. Salía de una y entraba en otra. El tendón de Aquiles, el pectoral, la rodilla... Tiene un buen boquete en el cartílago. Estuve intentando recuperarme. Tras casi dos años sin jugar. Unicaja y los médicos se comportaron muy bien conmigo”.

En Calpe llegó a firmar, pero llegó a debutar. E intentó coger impulso en EBA, haciendo buenos números en EBA, pero en Peñarroya la rodilla ya no le respondía. “Forcé demasiado la otra y tuve una tendinitis crónica en el tendón rotuliano”. Eso precipitó su retirada. Volvió a Málaga, pero poco después se trasladó a Sevilla, donde, siendo un hombre muy familiar, lleva ya 14 años trabajando como vigilante de seguridad: “estoy teniendo suerte. No estoy de cara al público y estoy tranquilo”.

Así acaba por ahora la historia de un canterano malagueño. “Si no me hubiera fastidiado la rodilla, la cosa hubiera ido de otra manera. Yo era un jugador de equipo. Los entrenadores siempre estaban contentos conmigo”, concluye.