Alfredo Díaz de Cerio: Tras pelear en la zona, ahora es artista

Alfredo Díaz de Cerio: Tras pelear en la zona, ahora es artista

Javier Ortiz Pérez

Es un caso prácticamente único, y desde luego maravilloso, el de Alfredo Díaz de Cerio. Apenas ha ocurrido, en más de 2.000 jugadores que han aparecido por esta sección a lo largo de los años, que un ‘ex’ de la Liga Endesa sea en la actualidad artista. Sí, artista, porque este antiguo pívot, entre otros, del Cajabilbao, donde militó en la temporada 87-88, ha sido pintor de éxito desde que abandonó el baloncesto.

Con el Cajabilbao, esperando un rebote.

Díaz de Cerio nació en Madrid, pero se crió en Pamplona. Allí empezó con el basket “a los 12 o 13 años, en el colegio de Larraona. “Jugaba habitualmente al fútbol, pero probé y me decidí a continuar con el baloncesto”. Pronto destacaron sus cualidades, cruzándose con grandes ilustres de la canasta nacional. “Estuve un verano en una concentración nacional de la Federación Española  dirigida por Moncho Monsalve y de allí pasé a la cantera del Cotonificio de Badalona, donde fui entrenado por Josep María OIeart y Aíto García Reneses, en la temporada 82-83”, cuenta. Pero pronto volvió a Pamplona para jugar en el Larios. Sin embargo, a mitad de la 83-84 fue fichado por el Forum Valladolid. Allí estuvo casi tres años, hasta que en 1986 regresó de nuevo a su ciudad, reclamado por el Agramont, de Segunda División.

Su gran oportunidad en ACB llegó en 1987, cuando José Antonio Figueroa apostó por él para el Cajabilbao y se convirtió en la tercera opción entre los pívots tras los míticos Joe KopickiDarrell Lockhart. “Fue una temporada muy intensa. Éramos un equipo de media tabla luchaba contra otros muy potentes y de larga trayectoria, como el Estudiantes, Joventut, CAI Zaragoza… Real Madrid y Barcelona dominaban la competición”, apunta.

De Kopicki y Lockhart señala que “era una pareja muy fuerte y con ellos aprendí muchísimo: compañerismo, estrategia deportiva y por supuesto fundamentos técnicos. En cualquier caso, recuerdo a todos mis compañeros: Chinche Lafuente, Chus Llano, Cabezudo, Aitor Zárate… Formamos un equipo muy compacto donde la pieza fundamental fue el capitán Davalillo , con una particular personalidad que nos daba un carácter diferencial”.

La siguiente campaña fue cedido al Lostal de Torrelavega y terminó su trayectoria en la 89-90 de nuevo en casa con el Argaray de Pamplona en Primera B. Díaz de Cerio se define como “un jugador de complexión atlética y 2,05. Me caracterizaba la potencia en el salto que permitía taponar, rebotear  y realizar mates con gran facilidad, todo esto acompañado de una buena técnica tanto en el tiro como personal, un jugador elegante ante jugadores menos refinados pero de mayor dureza deportiva”.

Su retirada le permitió centrarse del todo en el arte, un mundo que conocía desde niño al ser hijo de un conocido pintor del mismo nombre. “Interiormente es algo que siempre estuvo ahí, pero mi dedicación completa se produjo a raíz de finalizar mi carrera deportiva. Es mi profesión actual y realizo exposiciones individuales, colectivas, certámenes y labores de comisariado. Mi pintura se caracteriza por ser una obra matérica. Utilizo, además del óleo, acero, aluminio, cobre y otros volúmenes, que conforman una tendencia totalmente contemporánea y vanguardista”, explica.

Nuestro hombre ve aspectos que conectan los dos universos en los que ha vivido: el del deporte y el del arte. “Tienen en común el esfuerzo, tanto físico como intelectual, y técnica para desarrollar la actividad y la dedicación, que implica el entrenamiento. A un nivel profesional ambas actividades están expuestas al público y por tanto a la crítica. En este sentido yo pasé de realizar una actividad colectiva, respaldada por una afición deportiva, a una actividad individual como es ser artista plástico, donde la defensa del trabajo de uno mismo es la propia autodefensa, donde la creación es única y personal”.

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