Salvador Balcells: Falta de centímetros y una espalda maltrecha como enemigos

Salvador Balcells: Falta de centímetros y una espalda maltrecha como enemigos

Javier Ortiz Pérez

Medía 2,01 y jugaba de pívot, lo que en la década de los 90 empezaba a constituir un problema: la altura media en España estaba creciendo y ya no bastaba con tener un ‘2’ como primer dígito para situarte solvententemente en el interior, si es que tampoco tenías un gran cuerpo. Fue el caso de Salvador Balcells, que asume que no llegó mucho más lejos al baloncesto de élite que una fugaz aparición en el Ferrys Lliria de la temporada 91-92.

Con el Castellón 93-94. 

“Estaba un poco entre dos aguas. Era demasiado lento para ser alero y bajo para ser pívot. Por eso seguramente no llegué a triunfar”, dice hoy en día, una pila de años después, cuando ejerce como agente de viajes para la empresa Halcón en el área de Barcelona. La vocación de buscar otros horizontes la demostró recientemente, cuando pidió una excedencia y estuvo viviendo un año en Sídney (Australia). Ahora ya ha regresado a su puesto después de atesorar muchas experiencias.

Muy lejos queda su infancia. Nacido en Esplugues de Llobregat, llegó a ser seleccionado en las pruebas para la cantera del Barcelona, pero le enviaron a un equipo filial en Sants en el que solo duró un año. Siendo cadete se marchó al Joventut, donde permaneció varias temporadas “hasta que en edad junior no le gusté a un entrenador que entró y me marché”.

Su siguiente destino fue al sur, aunque también oliendo el Mediterráneo: el proyecto de cantera del Lliria le reclutó. Con Andreu Casadevall al mando, entrenó a menudo con el primer equipo y vivió su estreno en la recta final de la temporada. Aunque fuese a modo testimonial, es un recuerdo que no se olvida.

Sin embargo, el club no contó con él para la siguiente temporada, la 92-93, y buscó equipo por la zona “porque tenía pareja por allí”. “No les interesé. Hicieron un equipo para competir por estar más arriba y bajaron. Me quedé en Castellón”, comenta. Sí. En La Plana estuvo dos temporadas en Primera B (aunque ya había quitado la ‘B’ de su denominación oficial, por cierto), pero terminaría regresando a Cataluña “a equipos de Segunda catalana, en plan semiprofesional, como el Maristas Ademar Badalona o el Prat”.

Su abandono definitivo de las pistas se precipitó cuando tenía 28 años. “Me centré en estudiar y en el trabajo y estaba claro que en el baloncesto no me iba a hacer millonario. Además, tuve una hernia discal y me operaron”, apunta.

Ahí se cerró su época en el baloncesto, porque sus intentos posteriores de volver en equipos modestos y de veteranos chocaron con los problemas de espalda.  Tras el ‘paréntesis’ australiano, vive en Sant Pere de Ribes, muy cerca de Sitges.

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