Matías Marrero: Pívot de dos metros justos con un corazón a prueba de infartos

Matías Marrero: Pívot de dos metros justos con un corazón a prueba de infartos

Javier Ortiz Pérez

Todo un clásico del baloncesto canario este Matías Marrero, un pívot nacional ‘de los de antes’, no muy sobrado de centímetros pero sí de capacidad de lucha y de recursos, sobre todo en la parte final de su carrera, en la que puede decirse que ‘se las sabía todas’. Hay un aspecto muy llamativo sobre él: siendo de la isla de Gran Canaria, desarrolló toda su trayectoria profesional en la de Tenerife, donde se asentó.

Su inicio en el mundo de la canasta tuvo una ruta ya transitada por muchos otros: “La verdad es que en el colegio jugaba al fútbol, pero como vieron que era muy alto, me pasaron al baloncesto. Y ahí me quedé ya”. Marrero llegó a los 2 metros justos, lo que entonces (hay que situarse al principio de los años 80) casi obligaba a colocarle en el juego interior.

En acción contra el Real Madrid, temporada 87-88 (Foto: Gigantes).

Fue el Náutico el que le incorporó a sus filas en Primera B en 1983. Por aquel entonces la categoría solo permitía un extranjero, lo que le convertía a él en especialmente valioso. Durante tres años destacó, pero en la 86-87 fichó por el considerado ‘eterno rival’: el CB Canarias (entonces Cajacanarias, ahora Iberostar Tenerife), que le hizo debutar así en la Liga ACB. 

“Fueron muy buenos años. Nos gustaba el baloncesto, pero también éramos un grupo de amigos, gente estupenda con la que compartir los partidos y los entrenamientos”, comenta.

En aquel Cajacanarias, trufado de buenos jugadores tanto americanos (Eddie Phillips y Mike Harper) como nacionales (Carmelo Cabrera, Germán González…) él ocupó el papel de relevo interior junto con otro imprescindible de las islas como Manolo de las Casas. “Yo hacía mi trabajo. Era un ‘sparring’ en los entrenamientos y en los partidos salía a hacer lo mismo. No le tenía miedo a la pelea”, recuerda, con humildad.

Disputó cinco temporadas consecutivas como aurinegro, con un total de 125 partidos y promedios de 2,5 puntos y 2,6 rebotes en 15 minutos en pista. Tras el descenso a Primera B de 1991 permaneció una campaña más en La Laguna, cerrando su trayectoria en la misma categoría primero en el San Isidro y finalmente volvió al Náutico Tenerife.  

Se retiró del baloncesto profesional bastante pronto, con 31 años, en la 93-94. Nunca saldría de la isla, aunque asegura que en su momento tuvo ofertas de equipos como el Baskonia. “Aquí me igualaron lo que me ofrecían y se está muy bien”, dice. Después ha trabajado durante 20 años como supervisor en una cadena de supermercados, pero tuvo un susto descomunal hace tres, cuando sufrió un infarto de miocardio que afortunadamente superó. 

“Se me quedó el corazón con solo un 30% de funcionamiento y me tuvieron que hacer un doble ‘by-pass’, pero conseguir salir adelante. Eso sí, tuve que dejar el cigarro. Fue una buena advertencia de que tenía que hacer las cosas mejor para cuidarme”, cuenta. Ahora, con  54 años, vive con tranquilidad, sin ocupación laboral, disfrutando del tiempo y también de los recuerdos de un baloncesto que, como pone de relieve, “era muy diferente al actual”.

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