Albert Sala: El empresario catalán que ve el basket como escuela de vida

Albert Sala: El empresario catalán que ve el basket como escuela de vida

Javier Ortiz Pérez

El de Albert Sala es uno de esos nombres sepultados por la historia de la Liga: al fin y al cabo solo disputó tres partidos (16 minutos) entre las temporadas 86-87 y 87-88 con el Cacaolat Granollers. Tenía apenas 20 años y su carrera en primera fila acabó ahí, pero asegura que el baloncesto fue una escuela de vida para él. Y no le ha ido mal en ella: es un empresario que ha impulsado numerosas iniciativas, ahora más centradas en la asesoría fiscal, “pero he tenido hasta discotecas”, cuenta.

Dos imágenes cuando era un joven jugador: en color, con el primer equipo del Cacaolat Granollers. En blanco y negro, con 14 años.

Sala era un escolta-alero de 1,97, “bastante atlético, delgado, saltarín. Lo mejor que se me daba eran las entradas a canasta”. Tras pasar por el fútbol y la natación, se abrazó al baloncesto en el colegio. “Estábamos cuatro o cinco chicos más o menos altos que nunca habíamos hecho basket y nos hicieron caso. Inscribimos al equipo en la liga escolar y el primer año no hicimos gran cosa, pero en el segundo la ganamos. De ese equipo nos fichó a varios el Granollers y empecé algo más seriamente”, comenta.

Era aquel el Areslux de un Essie Hollis que dejaba clara su condición sobrehumana en cada partido. Sala llegó con el tiempo al primer equipo, ya con el nombre de Cacaolat, junto a otro junior, José Manuel Lara. “Tuvimos la suerte de estar dos años entrenando cada día con los profesionales y también viajando”, apunta. 

Pero llegaron las lesiones y empezó a jugar dolorido. Eso le hizo replanteárselo todo: “Tenía que operarme del tendón rotuliano y decidí tomármelo un poco con calma teniendo en cuenta la opinión del doctor. Cuando me recuperé hubo ofertas para jugar fuera de Cataluña, en Tenerife y Burgos, pero opté por volver a estudiar. No quise jugármelo todo a una carta con el baloncesto”.

Continuó en Segunda, en equipos como Mollet y Vic, lo que le permitía estudiar al mismo tiempo Económicas. Con 27 años lo dejó definitivamente cuando su estado físico volvió a deteriorarse más de la cuenta. Pero eso no quita que la canasta le evoque recuerdos especiales y una conexión directa con su día a día desde entonces. 

“Me he dedicado a montar empresas y lo he hecho con la misma intensidad con la que jugaba al basket. De ahí saqué la competitividad, las ganas de ganar. Me formé como persona en  las pistas. Se juntaban doce personas que son todas de diferentes ámbitos, pero éramos iguales en el vestuario y jugando. La implicación y el juego de equipo me ha servido mucho en la vida. Ves mundo, conoces a gente diferente. Por ejemplo: me relacionaba mucho con los americanos de la época. Era el que les sacaba un poco de fiesta”, dice.

Según su versión, “sin lesiones hubiese sido un jugador de ACB, aunque no una estrella”. Estuvo un tiempo desenganchado del baloncesto, pero volvió a seguirlo con fuerza a raíz de que sus dos hijos, Gerard y Jana, empezaron a jugar.

CONOCE MÁS HISTORIAS DE JUGADORES DE LA MANO DE JAVIER ORTIZ

En la actualidad, con su familia.