José María Mur: El pívot oscense-malagueño que acabó vendiendo cupones

José María Mur: El pívot oscense-malagueño que acabó vendiendo cupones

Javier Ortiz Pérez

Con la historia de José María Mur seguramente haya que empezar por el final, por a qué se dedica actualmente. Y es que en los últimos quince años ha sido vencedor de cupones de la ONCE en las calles de Torre del Mar, a unos 40 kilómetros de Málaga. “Siempre he tenido un problema de visión. Me dijeron que la miopía podía ser consecuencia de mi crecimiento a tirones y me saqué una minusvalía por ello. Un día pedí trabajo a Fundosa y a la semana me estaban llamando”, afirma este pívot oscense formado en la cantera del Unicaja.

Mur es feliz repartiendo suerte: en octubre del 2016 vendió el ‘Cuponazo’, que dejó 250.000 euros, en la llamada zona de la Azucarera. “Para mí este trabajo es una alegría, por encima de la crisis y demás. Te das cuenta de lo que es con lo que ha pasado en España”, comenta. Lo hace andando, no en un kiosko. “Estás con la gente, te mueves... A  mí es algo que me encanta”, destaca.

Unicaja 1992-93 

El baloncesto empezó para él en Barbastro por uno de los conductos habituales. “Era alto y mi hermano también jugaba”, recuerda. Se puso pronto en los dos metros y con 17 años, en verano de 1989, le salió la opción de marcharse a Málaga, algo que cambiaría su vida para siempre: “En el club les hablaron de mí y me llamaron para hacer una prueba que pasé”.

Completó allí su formación y hasta la casualidad le sonrió para debutar en ACB a pocos kilómetros de casa, en un Huesca La Magia-Caja de Ronda disputado a finales de 1990. “Martín Urbano, que ya me había llevado en el equipo juvenil, era el entrenador. Fue increíble. En teoría no iba a jugar porque solo viajaba como apoyo, ya que era junior. Estaba mi familia en la grada, que había ido a verme. Íbamos ganando de 20 y consiguieron también verme en la pista”, afirma. Hasta le dio tiempo a hacer una canastita.

En Unicaja, ya tras la fusión con el Maristas, aguantó hasta 1993 sin conseguir hacerse un hueco en la rotación (17 partidos en dos temporadas). Luego saltó el Mediterráneo para jugar en Melilla, en Primera B, donde logró el impuso suficiente como para cumplir otro sueño: fichar por el Huesca en la máxima categoría. Allí dispondría de más minutos en la 95-96, una temporada agridulce. “Fue raro que no hubiese acabado allí antes. Fue un año muy bonito. Nos salvamos, aunque por temas económicos bajamos. Estuve otro año más en LEB con gente como Salva Guardia y Willy Villar”, recuerda.

A partir de entonces solo habría dos años más de baloncesto: uno en LEB con el Inca, donde se rompió el ligamento cruzado anterior, y otro en EBA con el Archena. “No podía retirarme sin haber conocido a Moncho Monsalve como entrenador. Es un tío genial”, afirma sobre esa última temporada en la localidad murciana, el último en las canchas antes de coger el nuevo camino de los cupones, aunque hubo un tiempo intermedio en el que ejerció como comercial.

“Me casé, hice mi vida en Málaga. Y pensé que ya no me compensaba el baloncesto y que las rodillas tenían que servirme para toda la vida. Lo pensamos y así lo decidimos”, resume. Eso sí, no se ha desvinculado del todo de la canasta: tiene el título de entrenador de base y sus dos hijos, Iker (17 años) y Luis (12, ya 1,85 de estatura) juegan, este último en Unicaja. “He ido a muchos campeonatos con ellos y disfruto mucho viéndoles progresar y jugar”, concluye.

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Con sus hijos, Luis e Iker