Miguel Sánchez: Los escasos minutos en Villalba de un ingeniero

Miguel Sánchez: Los escasos minutos en Villalba de un ingeniero
Miguel Sánchez entrando a canasta con el Arquitectura y en la actualidad.

Javier Ortiz Pérez

Miguel Sánchez (alero de 1,94) colaboró en la temporada 84-85 con el Collado Villalba. Según los registros estadísticos, solamente disputó un partido en la máxima categoría (8 minutos). No había apenas datos sobre él en la propia acb.com hasta que le hemos encontrado. Y él mismo nos cuenta su historia en primera persona.

“Mi aparición en el Collado Villalba fue un poco singular y, sobre todo, muy fugaz. Manolo de la Nuez se lesionó de gravedad a mediados de octubre de 1984 y me llamó Eduardo Ayuso, que me había entrenado en otros equipos. Estaba en ese momento en el servicio militar en Ávila y por tanto, con un cierto disgusto, fuera de la órbita de equipos y proyectos interesantes del baloncesto de Madrid. Aquella llamada me causó gran ilusión. La expectativa de estar al lado de buena gente con la que había coincidido con anterioridad (Ramón Goenechea, Javier Lorente, Chema Fernandez, Iñigo Lería, Pablo Elizalde) también ayudó a decidirme.

Entrando a canasta con el Arquitectura. 

Al tener que trasladarme a entrenar y jugar fuera de la región militar de mi destino, el permiso vino del general al mando del cuartel, aunque sin problema. Justo un par de días antes de aquella llamada de Eduardo, había empezado a salir con la que hoy es mi mujer. Ella, que no había visto jamás un partido de baloncesto, se mosqueó mucho cuando el primer día le di plantón «porque me iba a entrenar a baloncesto a Villalba»; no entendía nada de «aquella oportunidad». Menos mal que el día siguiente vio la reseña en el diario ‘As’.

Recuerdo sobre todo entrenar y jugar con Ben MacDonald y Leonard Mitchell. Fue una gran experiencia. Nunca había entrenado con americanos. El ritmo e intensidad de entrenamiento era similar al que siempre habíamos tenido en otras categorías, pero el potencial físico era muy superior al que estaba acostumbrado.

En esos meses tuve la ocasión de entrenar, convivir con grandes jugadores y jugar en la ACB (algún minuto de la basura, contra Caja de Ronda en el pabellón Ciudad Jardín). Lo veo como una buena experiencia en general, que me obligó a tomar unas decisiones de las que ahora me sigo ratificando, sobre todo cuando veo que la lealtad no es algo que esté de moda en los tiempos que corren. No duró mucho la estancia porque al poco tiempo los directivos cesaron a Eduardo debido a unos malos resultados que no se corrigieron tras su cese. Yo me fui también, por lealtad hacia él.

Mi padre nos inculcó a los ocho hermanos las bondades del deporte. Comencé en minibasket a los 8-9 años, en Corazonistas de Madrid. Recuerdo que el San Viator --de los hermanos Redondo, Estrada y otros, entrenados por Pepe Domaica-- nos dio para el pelo en varias finales. Luego, todavía en categorías inferiores, varios amigos del colegio pasamos al Vallehermoso y, finalmente, al junior de Canoe. Allí me convertí en uno de los junior que jugaban con el equipo de Segunda entrenado por Eduardo Ayuso, que luego subió a Primera B.

Tras Canoe jugué varios años en la Segunda de Madrid con Arquitectura y, luego, con Dribling. El año de Dribling fue muy especial y relevante para mí, pues subimos a Primera B en la fase de Melilla y coincidí con unos jugadores magníficos: Nacho Trillo, Pedro Fajardo, Manu Rodriguez, Javier Lorente, y otros; pero, sobre todo, porque nos entrenó Pedro García, con Luismi Segovia de preparador físico. Pedro fue un hombre bueno, que de no ser por el maldito cáncer que se lo llevó, estaría seguro en la lista de los grandes entrenadores nacionales. El año siguiente tuve que dejar de jugar porque me tocaba ir al servicio militar.

Después, jugué varios años en San Patricio: conviví con otro buen grupo de gente, y con otro magnífico entrenador, Eduardo Rojo. Una rotura del tendón de Aquiles en 1991, en Italia, jugando en Varese una liga equivalente a la Segunda de aquí, me apartó definitivamente de las competiciones.

Jugué por diversión, compatibilizándolo con mis estudios. Aunque tuve algunas oportunidades de jugar más alto, todas fuera de Madrid, con la inspiración y consejos de mi padre preferí seguir en la universidad. Había que compaginar estudios y baloncesto; él siempre me recordó que lo primordial eran los estudios. De esa época guardo magníficos recuerdos vinculados con jugadores, entrenadores y árbitros (como partes esenciales del juego) y por haber viajado por diferentes ciudades.

Como jugador, era bastante currante y peleón. Jugaba de ‘3’ y de ‘4’, corría como el que más, y defendía siempre al límite (era muy faltón). No tenía más remedio que hacer eso, dado que fui siempre muy delgado y no muy dotado físicamente. El rebote se me daba bien, y tenía siempre buenos números en esa faceta. No fui nunca un gran anotador.

En la actualidad

Desde 1985 soy ingeniero del Consejo de Seguridad Nuclear, aunque he estado también durante una larga etapa de profesor en ICAI. Ya no juego. Lo haría si no fuese porque mis lesiones han causado un gran trastorno a toda la familia. Hago running, pádel, pilates y veo baloncesto. Mis hermanos (incluidos los políticos), hijos y sobrinos también juegan o han jugado. Me alegra que disfruten de este deporte como lo hice yo, pero sobre todo que crezcan de la mano de la familia del baloncesto, y que algunos valores que rigen nuestras vidas los hayamos aprendido de este deporte.

Siempre jugué al baloncesto porque me lo pasaba bien, pero sobre todo porque el baloncesto era una forma de vida que complementaba mis estudios. Aún jugando de manera amateur, mi dedicación fue de profesional (con 4-5 entrenamientos semanales). El baloncesto y su gente me enseñó a formar parte de un equipo, a trabajar y disfrutar en grupo, a luchar por un fin, a asumir las derrotas, a aprender de ellas, a aceptar el papel que te toca, a ayudar al compañero y a respetar al equipo contrario. Todo eso lo puedes llevas luego a la vida personal y profesional. Mi primer jefe, me reconoció en cierta ocasión que un aspecto de mi CV que le convenció para contratarme, fue que había practicado deporte de equipo y que venía de familia numerosa (también de jugadores de baloncesto).

Esta oportunidad me ha traído a la memoria a muchas personas importantes en mi vida que desde el baloncesto me han aportado enseñanzas y vivencias que me han hecho tal como soy. Ha sido un privilegio compartir tantas vivencias, entrenamientos, partidos, viajes, conversaciones, risas con jugadores, entrenadores y árbitros. Gracias a todos”.

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