Curtis Borchardt: ‘Center’ extraordinario, sobre todo en Granada

Curtis Borchardt: ‘Center’ extraordinario, sobre todo en Granada
‘Center’ extraordinario, sobre todo en Granada

Javier Ortiz Pérez

Machacando en Granada.v
Machacando en Granada.

¿El mejor ‘5’ puro en la Liga Endesa en lo que va de siglo? Cada uno tendrá su opinión, pero Curtis Borchardt fue un auténtico grande con la camiseta del Granada (y un poquito con la del Valladolid), un jugador contracultural por muchas cosas. Fue una suerte que, exceptuando un par de años en la NBA y otro en Francia, desarrollase toda su carrera profesional (no muy larga, todo hay que decirlo) en España.

Borchardt, con su estilo lento y su poco atleticismo, dominaba los partidos a su antojo en las dos zonas, sobre todo en la del rival. Contaba con algo muy valioso: fundamentos técnicos y conocimiento del juego. Parecía saber lo que iba a pasar a cada momento: dónde iba a caer rebotado ese balón, dónde iba a mostrarse débil su defensor, dónde estaba un compañero para doblar un balón.

Hijo de Jon Borchardt, profesional de fútbol americano, es seguro que las lesiones le impidieron tener una trayectoria más lujosa. Ya en la época universitaria padeció problemas al respecto en la prestigiosa (académicamente) Stanford. Eso no le impidió ser All-American en 2002 y entrar en el ‘draft’ de aquel año con el número 18, escogido por Orlando Magic. Tras ser traspasado a Utah, se pasó la primera campaña en blanco por un serio problema en la muñeca. En sus dos años con los Jazz no pasó de tener un papel muy secundario (3,1 puntos y 3,3 rebotes 13,5 minutos, 83 partidos en total) y después se vio implicado en el mayor traspaso de la historia (13 jugadores). No consiguió quedarse en un equipo para el que parecía destinado: los Boston Celtics.

Que fuese cortado en Massachussets y luego en los Memphis Grizzlies cambió la historia del Granada, que encontró en él el pívot en el que agarrarse durante cuatro temporadas consecutivas de ensueño: MVP en la 2006-07 (15,2 puntos y 10,5 rebotes, nada menos), trece veces jugador de la semana y cinco del mes. Santo y seña también fuera de la pista, donde se implicó al máximo en la comunidad. Su esposa, Susan King Borchardt, que había sido jugadora de la WNBA con Minnesota Lynx, hasta entrenó a niñas en la ciudad.

Poco importaba que de vez en cuando tuviese que parar, que el hombro le diese una guerra eterna, que los dolores fuesen persistentes, que hubiese un riesgo importante en cada renovación. Al final, acababa llevando al equipo justamente donde se necesitaba. Clavó lo que dijo el día de su presentación: “Me considero un jugador defensivo, capaz de rebotear, taponar y defender, pero también sé jugar en ataque, sobre todo en la pintura y en el poste bajo, que es donde más daño puedo hacer a los rivales (...). Mi objetivo a priori no es volver a la NBA, ahora lo que quiero es jugar bien, hacer una gran temporada en Europa y ya se verá qué decido después. Porque si estoy bien aquí, ¿por qué no quedarme aquí?”. Siempre desoyó el interés de otros clubs, como el Estudiantes, cuya proposición incluía un lugar para su mujer en el equipo femenino. Y es que suele contarse la historia de que Borchardt llamó a Raúl López, su ex compañero en Utah, para preguntarle por Granada cuando recibió la oferta. Oriol Humet, por entonces uno de los directores deportivos ‘de moda’ en la Liga, supo mover bien sus cartas.

Defendiendo a Pau Gasol con Utah Jazz.
Defendiendo a Pau Gasol con Utah Jazz.

Pero todo termina en esta vida. En la 2009-10 jugó unos pocos partidos en el Asvel Villerurbanne, pero pareció lejos de su mejor nivel. En la siguiente regresó a España para intentar salvar al Valladolid sin éxito. Mostró destellos de lo que fue, pero no el mismo tono dictador que tenía en Granada. Acababan ahí 103 partidos en la Liga Endesa con 12,7 puntos y 9,6 rebotes en 28 minutos.  “Desde la universidad, las lesiones han sido parte de mi vida. Muchas muy duras, siempre con recuperación a largo plazo, y es algo que jamás pude controlar. Por eso cuando estoy bien me concentro, porque eso sí está en mis manos. Con salud puedo controlar cómo hacerlo en la pista. Trabajar contra las lesiones no es nada difícil para mí”, contaba en acb.com. No volvería a jugar, pese a que solo tenía 32 años.

Ahora vive en Beaverton, muy cerca de Portland. Empezó a trabajar en una empresa inmobiliaria en Seattle, pero no estaba contento porque “quería trabajar en una profesión en la que pudiera relacionarme y ayudar a la gente a un nivel superior”. Así es que la dejó para estudiar Fisioterapia. Tiene su lógica para un hombre que ha pasado tanto por las manos de los fisios. “Como jugador tuve muchas experiencias positivas en esta área, incluyendo las horas que pasé con David Urbano, que era el ‘fisio’ del Granada. Además, me entusiasma mucho que ha crecido el valor y el rol de los fisioterapeutas en el ámbito de la salud”, añade.

Le va bastante bien: ya solo le quedan unos meses para terminar la carrera y está sacando excelentes notas, aunque saca tiempo para cuidar de los cuatro niños que ya tiene con Susan. No se ha desconectado del baloncesto de élite y ha colaborado con los Blazers. “Me gusta intentar demostrarme a mí mismo que soy capaz de destacar en una carrera diferente, a la vez de poder estar en contacto y tener la oportunidad de trabajar y ayudar a deportistas, como hicieron conmigo otros fisios en su día”. Entre sus proyectos está abrir una clínica con Susan, “una experta en preparación física y prevención de lesiones”.

Como se ve, no han perdido de vista Granada: ayudaron a Adriana Rodríguez, a la que Susan entrenó allí, a encontrar universidad donde jugar y estudiar (William Jewell, en el estado de Missouri). Por cierto que la chica es hija de Antonio Rodríguez Franco, un baloncestista ya fallecido muy recordado en la ciudad nazarí del que en su momento hablamos aquí.

Valladolid, última etapa en su carrera.
Valladolid, última etapa en su carrera.

 

 

 

Imagen familiar.
Imagen familiar.