Arvydas Sabonis: La absoluta maravilla lituana de ciencia-ficción

Arvydas Sabonis: La absoluta maravilla lituana de ciencia-ficción
La absoluta maravilla lituana de ciencia-ficción

Javier Ortiz Pérez

Con Drazen Petrovic en la final de la Copa de Europa de 1986.
Con Drazen Petrovic en la final de la Copa de Europa de 1986.

Vamos con un grande, en todos los sentidos. Con uno de los más grandes, sin duda: Arvydas Romas Sabonis. Nadie duda de que se trata de uno de los mejores jugadores de la historia de Europa, del mundo y de la Liga española, donde nos regaló su juego durante seis temporadas, tres en Valladolid y tres en el Real Madrid. Sobre él no se puede decir eso tan tópico de que fuese un jugador ‘adelantado a su tiempo’ porque ni siquiera hoy en día hay tipos de 2,20 con su movilidad y visión de juego.

En realidad podría hablarse de que hubo dos Sabonis. O incluso tres, en una carrera marcada inevitablemente por las lesiones en el tendón de Aquiles, pero de las que supo emerger hasta darse el lujo de terminar en la NBA ya cumplidos los 30 años. A menudo se veía que hacía literalmente lo que quería: hacerse dueño de las dos zonas, coger los rebotes a una mano, tirar desde fuera, pasar sin mirar... Un prodigio inabarcable.

El primer Sabonis era simplemente el jugador perfecto. Nacido en un país minúsculo pero baloncestístico a tope como Lituania, su presentación en el Mundial de Colombia en 1982 con solo 17 años en la selección de la URSS impresionó a todos. Dos años antes, en un Europeo cadete, le había hecho 39 puntos a los sorprendidos españoles, que no vieron la forma de pararle.

Con el Zalgiris de su  Kaunas natal ya era titular, eludiendo magistralmente la llamada del CSKA, el equipo del ejército, que solía capturar todo el talento de las repúblicas bajo su control. La estratagema legal a la que se agarraron permitió quedarse a ‘Sabas’, que no dejaba de crecer a tres o cuatro centímetros al año y ponía esa envergadura al servicio de unas cualidades técnicas que, cuenta la leyenda, había adquirido cuando jugaba como base en categorías inferiores.

Tres años en el Real Madrid.
Tres años en el Real Madrid.

En Colombia estuvo por detrás de Belostenny y Tachenko en la rotación y en realidad su único partido con protagonismo auténtico fue el que disputó la URSS ante Colombia, un 143-73 en el que nuestro protagonista logró 28 puntos, 13 rebotes y 5 asistencias ¡en 23 minutos! 17 años, no hay que olvidarlo. Los soviéticos acabaron ganando el oro, pero lo mejor estaba por llegar.

En noviembre de aquel 1982, una gira ante equipos universitarios por Estados Unidos empezó a hacer correr la voz de que los ‘reds’ tenían a algo diferente entre manos. Especialmente significativo fue el pulso con Ralph Sampson, entonces estrella de la NCAA con Virginia, y que se saldó con un ‘combate nulo’. Sabonis (21 puntos, 14 rebotes y 4 tapones) demostró que podía competir ante un tipo cuatro años mayor que hizo 13 puntos, 25 rebotes y 9 tapones, un episodio contado con detalle en ‘Invasión o victoria’ (Ediciones JC).

A Sabonis le vimos por primera vez en España en el Mundial junior de 1983, disputado en Mallorca. A esas alturas ya era el jugador más destacado del equipo absoluto que, sin embargo, se había quedado sorprendentemente fuera de la final del Eurobasket al caer contra la selección española en semifinales.

Los soviéticos boicotearon los Juegos Olímpicos de 1984, lo que privó de ver el duelo ante Pat Ewing. La temporada siguiente el Zalgiris acababa con la hegemonía del CSKA a nivel local, pero la conquista continental se le resistía, con derrotas consecutivas en las finales de la Recopa (ante el Barça) y la Copa de Europa. En este último partido, frente a la Cibona de Petrovic, Sabonis empezó a dar muestras de un carácter iracundo: fue expulsado mediada la segunda parte por agredir a Nakic, que a su vez había golpeado a Kaprikas. Las opciones que tenía el Zalgiris de remontar (perdía por 7 puntos en ese momento) se desvanecieron. En 30 minutos le había dado tiempo a hacer 27 puntos y 14 rebotes...

La NBA, aunque no eran los mismos tiempos que ahora, obviamente, ya se había fijado en él, pese a conocer la imposibilidad de que pudiese salir del país por motivos políticos. Atlanta Hawks le seleccionó con el número 77 del ‘draft’ de 1985, pero la NBA lo invalidó por no cumplir los requisitos. Sí fue correcto que un año después, Portland Trail Blazers gastase su primera ronda (número 24) en él, con la vaga esperanza de tenerlo en sus filas algún día.

Para que eso ocurriese tuvieron que pasar diez años en los que ‘Sabas’ estuvo incluso a punto de dejar el baloncesto. Sus problemas en el tendón de Aquiles se fueron multiplicando y eso le hizo perderse muchos partidos, incluyendo el Eurobasket de 1987. Pero los Blazers contribuyeron a que se recuperase, ayudando a que fuese operado en Estados Unidos cuando los doctores soviéticos no encontraban la solución.

Con la selección de Lituania.
Con la selección de Lituania.

1988 fue el año de su regreso tras una temporada prácticamente en blanco. Y qué regreso. La tortura a la que sometió a David Robinson (otro número 1 del ‘draft’) en la semifinal de Seúl fue de las que hacen época. Y tanto sufrimiento se vio recompensado con el oro olímpico, que a continuación mostraría orgulloso en España tras cerrar un laborioso contrato con el Forum Valladolid presidido por Gonzalo Gonzalo, un ambicioso empresario.

Empezó a mover hilos, a viajar una y otra vez a la Unión Soviética, a buscar dinero para poder hacer tangible una operación incierta. Acabó venciendo una a una todas las trabas que ponía el Soviet Sport, el organismo del régimen comunista que establecía las normas. Y es que los obstáculos fueron numerosísimos y no se resolvieron hasta muy última hora. En su momento se habló de que el precio de la operación era de un millón de dólares, de los que el 90% se quedarían en las arcas de la ‘Madre Rusia’. Una clave para poder afrontarlo fue vincular la imagen del jugador a la de una colonia, que en principio se iba a llamar ‘Arvydas’ y acabaría siendo ‘Triple de Sabonis’, del fabricante español Victor di Milano, aunque otras versiones indican que esto fue una simple ‘tapadera’ financiera para lavar dinero.

Al trato hubo que añadir, para una mejor adaptación de Sabonis, que le acompañase Homicius. Ambos y sus respectivas parejas vivieron en el mismo edificio durante el año que coincidieron en Pucela, muy cerca de la plaza Mayor, rechazando el ofrecimiento que habían tenido de estar en una urbanización a las afueras.

“No me agradan ni las toallas ni la decoración”. Los periodistas de Valladolid se quedaron impactados cuando se le preguntó por el piso al pívot y respondió esto. Se pudo subsanar poco a poco, porque el presidente del Forum no quería que sus estrellas estuviesen a disgusto lo más mínimo. De hecho, a Sabonis se le llegó a construir una cama a medida de 2,30 de largo con 14 puntos de apoyo.

La expectación fue enorme desde su llegada. Al pabellón Pisuerga acudieron unos 3.500 aficionados al primer entrenamiento, apenas para verle echar unas carreras y un pequeño partido a las órdenes del entonces técnico local, Javier Casero. Aquello debió impresionarle porque el jugador salió de su habitual hieratismo y, olvidándose un momento de las toallas y la decoración, hizo una declaración entusiasta: “El Fórum es un equipo que no me ofrece solo dinero, como alguien piensa, sino la posibilidad de recuperarme definitivamente de mi lesión y de conocer otra cultura y otro tipo de baloncesto”. Eso sí, torció el gesto cuando le preguntaron por su supuesto carácter difícil. “Hay muchos tipos de personas. Nada más. Yo vengo a jugar al baloncesto y nadie me puede exigir que sea más o menos simpático. Además, no me preocupa que la gente diga que no me adapto, que soy antipático y cosas por el estilo. Solo me preocupa jugar bien”, respondió.

Pase por la espalda en Portland.
Pase por la espalda en Portland.

La NBA estaba ya en su pensamiento: “Sé que tengo calidad para jugar allí, pero todo depende de mi pie”. Pasarían seis años hasta que sucediese: primero, tres temporadas en Valladolid en las que empezó recibiendo críticas y acabó siendo insuperable.

Ese ‘segundo Sabonis’, el que echaba mano constantemente de su calidad para mover dificultosamente su corpachón, metido en kilos, acabó fichando por el Real Madrid, que llevaba una larga época sin ganar la Liga por la hegemonía primero del Barça y después del Joventut. Fueron tres años de blanco en los que primero se dedicó a dominar lo doméstico (dos Ligas y una Copa) y después a sacar una espina que llevaba quince años metida: la Copa de Europa. Fue absolutamente clave en todos esos éxitos, ofreciendo exhibiciones cada vez que era necesario.

La más contundente llegó sin duda el 31 de octubre de 1995, en Ourense, con el récord de valoración en la historia de la Liga: 66, frutos de 32 puntos, 27 rebotes, 3 asistencias, 5 robos, 5 tapones y 6 faltas recibidas, unos números que no han sido superados desde entonces  y que está complicado que se rebasen. En acb.com se rememoró aquella monstruosidad en 2005, aunque el propio protagonista no recordaba con claridad “porque han pasado muchos años y muchos partidos desde entonces”. Nunca pareció querer darse mucha importancia.

Entonces apuntaba la 94-95 como su mejor temporada aquí: “El equipo estaba muy unido y el ambiente era fantástico. En Valladolid lo pasé muy bien pero el potencial deportivo era inferior. Guardo muchos amigos de ambas etapas”.

Despedida de nuevo en Kaunas.
Despedida de nuevo en Kaunas.

Sabonis seguramente le tenía ganas al Ourense, que menos de un año antes, en diciembre de 1994, le había sacado de sus casillas en un violentísimo final de partido en el Palacio de los Deportes. Tras ser agredido por la espalda, se enzarzó con varios jugadores del rival y acabó expulsado. Y el Madrid, que parecía tener controlado el choque en ese minuto final (77-72), perdió el partido (78-79). Las quejas de nuestro protagonista hacia el colectivo arbitral eran frecuentes: se quejaba de que recibía muchos golpes cada partido y que a él se le consentía bastante menos.

Ganó la Copa de Europa (entonces denominada Liga Europea) en Zaragoza en 1995 en una final ante el Olympiacos en la que Fassoulas no pudo con él, pese a los problemas de faltas (23 puntos en 25 minutos). Especialmente bien se entendió con Joe Arlauckas durante dos años. Quizás la mejor pareja interior que haya tenido nunca el Real Madrid.

España se quedaría ya siempre en su corazón. Atraído por el buen clima malagueño, se compró una casa en la Costa del Sol donde pasaba mucho tiempo. Sus hijos crecieron allí. Incluso en la temporada del ‘lock-out’ NBA recibió una seria oferta del Unicaja que finalmente rechazó, aunque se lo pensó muy mucho. Hubiese sido fantástico verle jugar de verde y morado en el Martín Carpena, ¿verdad? Los 235 partidos ACB que acumuló entre Valladolid y Madrid no se movieron (20,3 puntos y 12,4 rebotes en 33 minutos, qué angelito).

En Portland hicieron bien en esperarle y consiguieron al fin sus servicios, aunque fuese en una tercera versión propia menos dictatorial. Desde 1995 a 2001 y, con un año de paréntesis, en la 2001-02 ofreció un buen rendimiento: 521 partidos entre liga regular y ‘playoffs’ con 12 puntos y 7,3 rebotes (24,2 minutos). Fue curioso verle en el partido de los ‘rookies’ con esa edad. Siempre pareció estar allí de paso, en un baloncesto y una cultura con la que no se identificaba demasiado. Era una isla de raciocinio dentro de aquellos talentosos y disparatados ‘Jail Blazers’ que nunca llegaron a asomarse a las finales pese a que lo rozaron.

Aún le quedaron fuerzas, con 39, para acabar retirándose en su Zalgiris  y ser el jugador más valorado de la Euroliga 2003-04. En 2011 se dio la alegría de entrar en el Hall of Fame, aunque también protagonizó un susto monumental al sufrir un infarto del que parece haberse recuperado bien. Su senda, formados en el Unicaja, la han seguido Tautvydas (ahora en el Leyma Coruña) y Domantas (Oklahoma City Thunder). Zygimantas lo dejó hace no mucho tras pasar por la EBA en el Pozuelo. ‘Crónica en rosa’: los tuvo con Ingrida Mikelonyté, una miss lituana.

En las gradas del Martín Carpena, en el 2014.
En las gradas del Martín Carpena, en el 2014.

En los últimos años se ha convertido en una especie de patriarca del basket lituano, primero como presidente del Zalgiris como luego de la propia federación. Y es que siempre ha sido un gran adalid de su país. Después de 1989 ya quiso seguir jugando con la URSS para emprender la refundación de la selección lituana, impulsada tras la independencia de las repúblicas bálticas. El bronce logrado en Barcelona-92 (la leyenda dice que no pudo recogerlo en la ceremonia porque se le ‘fue la mano’ con la celebración) fue uno de los momentos más especiales para él, que contribuyó al mismo metal cuatro años después en Atlanta. Un año antes, en Grecia, denunció que la FIBA les había robado el oro en el Eurobasket para facilitárselo a Yugoslavia en una épica final.

En fin, mil historias para un artículo que no se acabaría nunca, un mito viviente y un ‘what if’ inevitable y nunca resuelto: ¿qué hubiera pasado si no hubiera tenido problemas físicos y hubiese ido a la NBA en su plenitud?