José María Fernández Villagrán: Pura pasión por el basket desde Lebrija

José María Fernández Villagrán: Pura pasión por el basket desde Lebrija
Pura pasión por el basket desde Lebrija

Javier Ortiz Pérez

Machacando el aro con el Caja San Fernando.
Machacando el aro con el Caja San Fernando.

José María Fernández Villagrán echó una mano como junior al Caja San Fernando que consiguió el ascenso en 1989 y, dos temporadas después (90-91), llegó a debutar en la máxima categoría (44 minutos en 5 partidos).  Un cuarto de siglo después continúa siendo un apasionado del baloncesto, tal como nos narra él mismo.

“Empecé a practicar deporte gracias a la figura de esa gran persona que es mi padre. Él fue el que me inculcó el amor por el deporte. Empecé, como no, a jugar a fútbol por un corto periodo de tiempo. Después jugué a balonmano y no se me daba nada mal. Tras perder dos años seguidos la final de Sevilla con mi pueblo, Lebrija, fue cuando apareció mi entrenador. Manolo Delgado fue el que me reclutó y con mucha paciencia me enseñó a jugar. Yo ya era infantil. Ganamos con Lebrija a todos en la provincia de Sevilla y arrasamos en el campeonato de Andalucía. Recuerdo que no solo éramos niños de 12 años. Una piña, éramos amigos, éramos un equipo. Ahí fue cuando empecé a jugar a baloncesto. Un gran comienzo con un gran padre, un gran entrenador y con grandes amigos.

Pasé a jugar en cadetes con el Real Madrid. De vivir en un pueblo, a la capital. De ir a entrenar en bici, al metro. Con 14 añitos, no tenía a mis padres a mi lado, por lo que al principio no fue fácil. Pero al poco tiempo empecé a jugar y eso tapaba lo demás. El primer año estuvo muy bien y me hice con mi sitio, pero el mejor fue el segundo. Jugué mucho y bien hasta el punto que ese verano me llamó la selección española juvenil. Cuando terminé la concentración y no me había dado tiempo a deshacer las maletas, me llama Alberto Pesquera y me dice que quiere verme. Me convenció para que viniese al primer equipo del Caja San Fernando. ¡Volvía a mi tierra!

Debuté contra Mayoral Maristas. Salí a intentar parar al gran Mike Smith. Recuerdo sobre todo dos sentimientos y ninguno de ellos eran nervios. Tenía ansiedad porque ya me habían dicho que jugaría. Que era el que tenía que intentar pararlo por tener un físico parecido. Y tenía rabia porque quería reivindicarme como jugador. Sentía que merecía más minutos en aquel equipo, que me los ganaba en los entrenamientos. Cuando terminamos me sentí muy satisfecho y desahogado por el trabajo realizado. Para mí fue un gran partido, aunque perdimos. 

Con sus dos hijos.
Con sus dos hijos.

Yo era un jugador muy físico. Jugaba por instinto y muy ofensivo. Abusaba de mi salto. Era un escolta de 2 metros con buena visión de juego. Podía jugar fuera y dentro dependiendo de mi defensor. Anotador compulsivo y ganador. Sobre todo ganador.

Ahora soy empresario. Tengo una franquicia de Phone House en Lebrija. Los negocios no están en su mejor momento. He formado con dos amigos de toda la vida una escuela de baloncesto y también me dedico a enseñar a niños como a mis dos amores.

Y sigo jugando a baloncesto con grandes amigos y jugadores. Matamos el gusanillo en la liga de Jerez, aunque después de cada partido duele hasta el alma. Pero dicen que “sarna con gusto, no pica”. Mis rodillas ya no quieren, jugar pero el baloncesto aún tiene un sitio en mi vida. Lo disfruto como cuando era niño. Con amigos y por gusto, que es como se debería practicar cualquier deporte”.