Martín Ferrer: Fidelidad y pelea

Martín Ferrer: Fidelidad y pelea

Javier Ortiz Pérez

En el Guadalajara.
En el Guadalajara.

Martín Ferrer solamente estuvo bajo la disciplina de dos clubs en toda su carrera, que no fue corta. A lo sumo tres, si no tenemos en cuenta que el Guadalajara, en los tres años que pasó allí, desde la 91-92 a la 93-94, era vinculado del Real Madrid, la entidad por la que fichó siendo apenas cadete. Como blanco llegó a formar parte de la plantilla que ganó la Euroliga en 1995. Y después permanecería una década jugando para el Baloncesto León en una ciudad en la que se acabó afincando definitivamente. Así pues, mucha fidelidad, una característica que se unía paralela a su estilo sobre la pista: un ‘4’ pequeño (2,03), pero muy peleón, que luchaba por cada rebote con enorme empuje.

Ferrer nació en Palma de Mallorca y empezó jugando al baloncesto “casi de casualidad”, sostiene. Lo hizo en un equipo impulsado por la Peña Madridista de la ciudad. Cuando el primer equipo del Madrid llegó a la isla para jugar un amistoso, allí le llevaron a él, que a los 12 años ya estaba en el 1,80 aproximadamente. “Dijeron que me querían ver, así es que hice unas pruebas y con el tiempo acabé interesándoles, ya con 15 años. Para mí fue duro tener que coger el avión e irme a Madrid, pero fue una gran experiencia estar en un gran club tanto tiempo”, narra.

Siendo junior, como otros como Isma Santos, José Lasa o Ricardo Peral, acabó fogueándose en el Guadalajara, con el que llegó a lograr plaza deportiva en ACB en 1993. “Fue una época estupenda. Con las ‘advertencias’ de los veteranos, nos dimos cuenta de que el tema iba en serio, que había que salir más a ganar que a divertirnos, como estábamos acostumbrados. Aprendimos mucho y nos partimos el alma. El primer año fue el más duro, pero luego, con Ángel Jareño, que es como mi padre, conseguimos algo espectacular. Era tremendo entrenar con Perry Carter, que era un tío durísimo”, apunta.

Regresó al primer equipo del Real Madrid en 1993, como cuarto-quinto pívot. “Vi que mejoraba muchísimo trabajando todos los días con gente como Sabonis, Arlauckas o Antonio Martín, pero también que era complicadísimo jugar más minutos de lo que lo hacía. Al final fue mejor que me marchase”. Su destino en 1996 fue León, ya para siempre. “Tenía muy claro que no quería ser uno de esos jugadores que estuviesen todos los años de un lado a otro. Me gustó el sitio y a veces perdí dinero y oportunidades por no marcharme, pero lo asumí bien. Fui muy feliz en el León”, agrega.

Defendiendo a Tim Perry con el León.
Defendiendo a Tim Perry con el León.

Como se puede imaginar, fueron diez años con temporadas mejores y peores, tanto en ACB como en LEB. Las lesiones ensombrecieron bastante su trayectoria: el ligamento cruzado un año y el menisco otro. Pero trazaba entonces una relación especial con el club que iba más allá de lo deportivo. La hinchada se identificaba con sus capacidades, las de un tipo que no daba nunca un balón por perdido. Fue capitán durante buena parte de su etapa allí.

Con distancia, quizás su evolución natural hubiese sido la de ‘3’. “Zeljko Obradovic intentó que me alejase un poco del aro, pero no era lo mío. Yo no era un jugador digamos ‘de calidad’, que pudiese tener mucho tiro, sino más bien luchador ahí abajo. Hacía mis canastas pero porque las trabajaba mucho”, recuerda. Así sumó en total 139 partidos en la máxima categoría con números modestos (4 puntos y 2,1 rebotes en 14 minutos).

Su retirada en el 2006 no significó que se marchase del club, del que fue coordinador de cantera entre otros puestos. Cuando desapareció, ha seguido vinculado al mundo de la formación, primero en las escuelas municipales y actualmente en el Colegio Leonés, un centro de enorme tradición en el basket de categorías inferiores. “Hago un poco de todo allí”. Sí. Como en la cancha…

Imagen del 2010.
Imagen del 2010.