Wally West: Pequeño legado humano en el Maristas

Wally West: Pequeño legado humano en el Maristas

Javier Ortiz Pérez

Intentando taponar a Sabonis.
Intentando taponar a Sabonis.

Wally West solo tuvo cinco partidos en el Mayoral Maristas de la temporada 88-89. Ser el sustituto del lesionado Ray Smith suponía un listón demasiado alto y acabó saliendo del equipo después de apenas un mes. “Era un buenazo. La pena es que no estuvo mucho con nosotros, no me extrañaría que ahora fuera entrenador, se pasaba el día enseñando cosas y corrigiendo a los más jóvenes una  muy buena persona”, comenta Miguel Luna, que compartió vestuario con él en Málaga.

La huella de West fue pues más humana que deportiva, quedándose en los 11,4 puntos y 6,4 rebotes. Era un trotamundos que pasó diez años en Europa, entre Francia, Suiza y España. Pese al poco tiempo que permaneció en la capital de la Costa del Sol, siempre la recordará por el sitio en el que nació una de sus hijas.

No he podido contactar directamente con él, pero sí he encontrado una entrevista bastante reciente en la que habla un poco de todo. Al menos en 2013 vivía en el condado de Madison, en Georgia, donde ejercía de entrenador escolar.

Nacido en Chicago en 1958, empezó a jugar bastante tarde al baloncesto, simplemente porque “era alto”. Pero progresó tan rápidamente que logró una beca para jugar tres años en el Boston College a las órdenes de Rick Pitino. “Me abrió los ojos a cosas muy distintas”, recuerda.

Sus buenas actuaciones le sirvieron para entrar en la quinta ronda del ‘draft’ de 1980 (número 94) por Utah Jazz, pero no conseguiría plaza en el equipo. “Había demasiados buenos jugadores allí. Tú eres solo uno entre un montón de hormigas. Supone entonces que no iba a conseguir el sueño, pero quería seguir jugando al baloncesto”, relata.

Enseñando movimientos en un campus.
Enseñando movimientos en un campus.

Decidió entonces venir a Europa, de donde guarda “muchísimos buenos recuerdos”. “Mi hija mayor nació en España y mi hijo mayor, en Francia. Viví en París, en Ginebra”, relata. Así hasta 1990, cuando decidió terminar su carrera ‘overseas’ y regresar para empezar a ser entrenador, primero como asistente en LaGrange College.

Permaneció otra década en los banquillos universitarios hasta que tomó la decisión de asentarse en un sitio concreto por motivos familiares. “Se lo prometí a mi mujer”, resume. Así consiguió primero un trabajo como director ejecutivo del Boys&Girls Club de West Georgia, en el que permaneció de 2000 a 2009. Guió a la organización a varios premios nacionales, incluyendo el de mejor programa educacional del 2005.

En el 2009, tras completar un master, trabajó en Roanoke, Alabama, en un ‘high school’, antes de asentarse de nuevo en Georgia en el Morgan County’s Crossroads. “Comparto lo que he vivido con los chicos y mantengo mi mundo organizado. Es como un laboratorio de enseñanza”, concluye.