Rob Lock: Piloto de aeroplano soy

Rob Lock: Piloto de aeroplano soy
Con la universidad de Kentucky.

Javier Ortiz Pérez

Ya, la canción de El Último de la Fila no tiene nada que ver con el baloncesto, pero yo la saco a colación para el titular con la historia de Rob Lock, pívot del Valvi Girona durante un par de temporadas (94-95 y 95-96). Curiosamente, ambas campañas las empezó en el equipo y ninguna de las dos pudo terminarlas, la primera por lesión y la segunda de mutuo acuerdo.

Lock era un tipo duro, el típico pívot blanco grande y bastante corpulento. Estaba en 2,08, pero quizás aparentaba más. El caso es que era un buen intimidador y no tenía mala mano. En los 34 partidos que totalizó en Fontajau promedió 13,5 puntos y 6 rebotes. Quizás en este último apartado habría que haberle pedido más. Lo mejor de él era que teniendo al lado a jugadores como Francesc Solana, Tod Murphy o Deon Thomas no necesitaba mucho el balón para sentirse importante.

Producto de Kentucky, consiguió el puesto 51 en el ‘draft’ de 1988, elegido por Los Angeles Clippers, con los que jugaría 20 partidos únicamente aquella campaña (1,5 puntos y 1,6 rebotes en 5,5 minutos). Su no muy extensa carrera profesional se desarrolló fundamentalmente en Italia, aunque también pasó por el Limoges. Allí curiosamente le sustituyó el mismo hombre que ocupó su puesto en Girona en su segunda campaña, Tim Kempton. En aquel 1996 disputó sus últimos partidos, con 30 años. Quería pasar página en su vida y abrazar uno de sus sueños: vivir en el aire, o vivir del aire, quizás.

Es una historia muy especial. Resulta que nuestro hombre fundó una empresa en Polk City (Florida) que ofrece a los turistas paseos con biplanos clásicos, casi como los que hicieron famosos hermanos Wright en los orígenes de la aviación. De hecho, la empresa se llama Waldo Wright, que es el personaje ficticio que interpreta Lock, el piloto.

Aquí hay un buen reportaje que lo explica con detalle.”En realidad no me gusta volar, no me gustan las turbulencias”, cuenta, casi seguro que con algo de sorna. Los trayectos son cortos, a baja altura y con una velocidad máxima que no suele superar la de un coche. Seguro que es una emoción profunda porque la cabina no está cubierta.

La afición le viene al antiguo pívot por su padre, que era piloto y mecánico de aviones. Desde muy pequeño respiró ese ambiente. “Había dos cosas que quería hacer cuando era niño: jugar en la NBA y ser piloto. He conseguido ambas, así es que me siento muy afortunado”, añade.

Tiene, desde luego, sentido del espectáculo, ya que dirige el pequeño aparato con gorra, gafas protectoras y caracterizado de época. Estudió marketing en Kentucky y sabe qué teclas tocar con el cliente. Montar su propio negocio le impulsó a dejar el baloncesto pronto (“hay veces que tienes que avanzar en tu vida”), aunque seguro que mientras jugaba ya pensaba en ello. No en vano, invertía parte de sus ganancias en comprar aeroplanos antiguos, que él mismo iba restaurando. Al final, se ha convertido en su modo de vida.